Eugene Ionesco
Vivimos en una época que presenta nuevas formas de arrestos totalitarios, que, ante el ocaso de los antiguos mandatos, rivalidades y fanatismos políticos y religiosos han venido a reemplazarlos.
Una de estos, propuesto desde la televisión, la opinión política, la medicina alternativa y la opinión común es lo que arbitrariamente he definido como optimismo totalitario y que intentaré explicar brevemente a continuación.

Vivimos en una época que presenta nuevas formas de arrestos totalitarios, que, ante el ocaso de los antiguos mandatos, rivalidades y fanatismos políticos y religiosos han venido a reemplazarlos.
Una de estos, propuesto desde la televisión, la opinión política, la medicina alternativa y la opinión común es lo que arbitrariamente he definido como optimismo totalitario y que intentaré explicar brevemente a continuación.
Empezaré diciendo la obviedad de que cualquier forma de totalitarismo es condenable por cuanto implica una limitación de la libertad además de ser una expresión de la intolerancia. A veces esta forma de coerción nace de una convicción y otras, como es el caso de la que me ocupará a partir del próximo párrafo, se proclama desde la burda autoridad que otorga la superioridad cuantitativa.
Como toda época la nuestra está atravesada por convenciones, clichés y lugares comunes[1] que serán seguramente evidentes en un futuro ciclo histórico ya que en la contemporaneidad nos es muy difícil darnos cuenta cabal de nuestros tics. En mi opinión el optimismo totalitario es uno de ellos y se evidencia en el rechazo a toda opinión crítica o dramática, quizás por un reflejo supersticioso (no olvidemos que algunos grupos sociales sostienen que nombrar lo feo o desagradable equivale a atraerlo, como si la ignorancia de algo fuera su antídoto) o quizás como estrategia psicológica. Lo cierto es que está presente en todas partes y se corporiza en la mirada complaciente del que aprueba y enfrenta todo, aún lo malo, con buena cara confundiendo fortaleza con conformismo, temple con hipocresía, positivismo con superficialidad.
Que un individuo, por alguna de las razones antes mencionadas, adopte esta forma de pensamiento es simplemente cuestionable, que la pretenda del prójimo, una torpeza imperdonable.
Debo decir que es posible elogiar el optimismo totalitario desde el punto de vista técnico; de ninguna manera desde el espiritual.
Gracias a la nueva bola de cristal de la divulgación científica sabemos por ejemplo que la risa provoca la liberación de endorfinas, conocidas como las hormonas de la felicidad y contribuye además a la segregación de (sic) serotonina, dopamina y adrenalina. Si esto es cierto debemos concluir que es sumamente ventajoso optar por el optimismo, y la “mirada positiva” de las cosas de la vida, como lo es elegir una carrera con promisión económica o el depósito en un banco fuerte (frase que por estos días de desastres bursátiles parece un oxímoron).
No discutiré ninguna de estas cosas, más bien me inclino a pensar que sus argumentos son reales e incluso comprobables, pero está el tema de la conciencia, esa incómoda presencia que puede ser social (en el caso de las preocupaciones por el resto de las personas) o individual pero que significa siempre una responsabilidad. La conciencia de un mundo “poco prometedor”, por decirlo de algún modo, encuentra su expresión en un derecho capital: el derecho a criticar, a oponer, en definitiva a pensar y expresar argumentos que cuestionen el statu quo, porque cuestionando, criticando, tomando partido y categorizando encuentra una forma de separar lo bueno de lo nefasto.
Naturalmente este no es un enfoque estratégico, como no lo es ninguna crítica al poder, pero es preciso hacer notar que obtener beneficios personales no es la única meta del hombre, aunque sea la más extendida en nuestro tiempo y otra forma de imperativo social. Entre muchas otras posibilidades está la búsqueda de la verdad, que es de naturaleza desinteresada y que se realiza casi siempre en un sentido contrario al de las sendas de la prosperidad.
Alguna vez escribí que encontraba en mis incertidumbres mucho de lo más genuino de mi psicología, alegando que mis dudas me eran más propias que mis pensamientos y creencias, que, como todos sabemos, se pueden inculcar, motivar y condicionar. Las dudas en cambio son tan nuestras como el ADN, porque ellas expresan nuestra inquietud frente a lo que se presenta como norma, frente a lo establecido.
Mi admirado Paulo Freire, al hablar de la concientización (término caro a sus pensamientos y acción política) dice que esta se produce cuando la persona sale del estado mental de ingenuidad que caracteriza a los niños. Salir de ese estado significa aproximarse a un conocimiento adulto de la realidad, en el caso de Freire para modificarla por medio de la educación, en otros para transformarla en arte, en muchos para sacar partido de ella.
Es innegable que por estos momentos el mundo huele mal. No aburriré intentando enumerar alguno de los infinitos males contemporáneos, solo quiero señalar unos pocos aspectos lúcidos que sintetizan mi posición frente a él.
En una entrevista recopilada en el libro El hombre cuestionado, Eugene Ionesco dice que todo lo que el hombre hace termina volviéndose en su contra (en nuestra contra), y pone por caso las revoluciones, la técnica y la política. Esta me parece una verdad innegable que comprobé hace poco leyendo el Galileo Galilei de Bertolt Bretch. En un momento de esta notable obra teatral Galileo dice a un sacerdote temeroso de la ciencia que debemos creer en la razón, que la verdad está en ella y que el hombre debe rendirse ante sus descubrimientos. El libro se salva por ser una apología de la búsqueda de la verdad y el derecho a la libertad pero no por argumentos como este que han demostrado con creces su falsía ¡Cuánto sufrimiento ha traído al hombre la técnica desplazándolo del trabajo y embobándolo con sus espejismos!
El escepticismo tiene entonces un gran motivo de existencia: la comprobación de que el mundo se mueve casi exlusivamente por la búsqueda del poder y que, como señala Sabato en sus diarios de España, el mal es la fuerza principal del mundo mientras el bien ocupa la retaguardia e intenta, rezagadamente, contrarrestar su devastadora acción.
¿Qué nos queda entonces además de la angustia de vivir, de la desesperación, del miedo al lobo del hombre?
En principio nos queda la rebeldía personal como violento ejercicio de una libertad amenazada brutalmente por la realidad contemporánea. Y la rebeldía nace del descontento y la indignación.
No la apología de la amargura sino el derecho a protestar contra lo que la ocasiona.
Luego está la acción.
Todos los días veos en la cara de mis alumnos de la escuela del Bajo Flores donde trabajo, las huellas de la carencia, las marcas de la violencia. Contra eso me rebelo y es una de las razones de mis empeños docentes. Ante un mundo que les retacea los bienes y les impone profusamente los males yo intento oponer lo mejor de mi persona intentando reconocer las condiciones de mis alumnos para potenciarlas.
En la acción cultural que realizo me mueven similares estímulos con la intención de valorar al máximo esos escasos momentos donde podemos contribuir a ejercer la mínima libertad de imaginar y abandonarnos a la contemplación de mundos mejores. Por eso me desespera la liviandad del hombre moderno que ante la urgencia del momento hace como si nada pasara y vive mal, educa mal y reclama para sí el derecho a gozar de la vida en medio del sufrimiento de la mayoría; o hace mal arte enredado en las boberías de la moda, la superficialidad o en la ambición de notoriedad[2].
Esto habla de la insensibilidad de seres que viven entre el ruido, la basura, la fealdad y la injusticia con una sonrisa impostada. Alguien los llamó los “súper adaptados” en contraposición a los “inadaptados”, aquellos a quienes el orden de cosas imperante no conforma, ni satisface, y entre los cuales me cuento.
A propósito de aquellos Ernesto Sabato escribe en Antes del fin: “Hoy el hombre está al borde de convertirse en un clon por encargo: ojos celestes, simpático, emprendedor, insensible al dolor o trágicamente preparado para esclavo”; y lo dice sabiendo que hay esclavitudes muy bien pagas ...
A propósito de aquellos Ernesto Sabato escribe en Antes del fin: “Hoy el hombre está al borde de convertirse en un clon por encargo: ojos celestes, simpático, emprendedor, insensible al dolor o trágicamente preparado para esclavo”; y lo dice sabiendo que hay esclavitudes muy bien pagas ...
Por eso termino esta nota con el reclamo por la libertad negada para expresar el descontento aunque desentone en la fiesta, nombrar la insatisfacción aunque suene antipático y pronunciar el grito aunque dañe la sensibilidad de los presentes, sin olvidar que el sufrimiento es uno de los motivos que justifican el arte porque, como decía Gide, “No se hace buena literatura con buenos sentimientos” -¿se imaginan a la literatura sin ese sufriente estudiante llamado Raskolnikov, o sin el atribulado Hamlet?-y sobre todo porque es una manera de asegurarnos la vigilia, nuestro deber ético fundamental en medio de la ignominia imperante para contrarrestar el aletargamiento de aquellos que de puro insensibles hacen el mal sin saberlo y combaten a los que, muchas veces con gesto adusto, luchan en una causa ética. La actitud crítica nos facilitará esa vigilia y el ser apocalípticos, en términos de Umberto Eco, nos sostendrá en ella porque, como dijo Donne “Nadie duerme en la carreta que lo lleva de la cárcel al patíbulo”.
Hasta la próxima
Pablo Izurieta
[1] a propósito una vez le escuché decir a un profesor universitario algo interesante: “los clichés no hacen bien ni mal, simplemente empobrecen”
[2] “Tras Auschwitz, no se puede hacer poesía”, sentenció Theodor Adorno, uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX, y miembro eminente de la Escuela de Frankfurt




