lunes, 24 de noviembre de 2008

Contra el optimismo totalitario

Eugene Ionesco
Vivimos en una época que presenta nuevas formas de arrestos totalitarios, que, ante el ocaso de los antiguos mandatos, rivalidades y fanatismos políticos y religiosos han venido a reemplazarlos.
Una de estos, propuesto desde la televisión, la opinión política, la medicina alternativa y la opinión común es lo que arbitrariamente he definido como optimismo totalitario y que intentaré explicar brevemente a continuación.

Empezaré diciendo la obviedad de que cualquier forma de totalitarismo es condenable por cuanto implica una limitación de la libertad además de ser una expresión de la intolerancia. A veces esta forma de coerción nace de una convicción y otras, como es el caso de la que me ocupará a partir del próximo párrafo, se proclama desde la burda autoridad que otorga la superioridad cuantitativa.

Como toda época la nuestra está atravesada por convenciones, clichés y lugares comunes[1] que serán seguramente evidentes en un futuro ciclo histórico ya que en la contemporaneidad nos es muy difícil darnos cuenta cabal de nuestros tics. En mi opinión el optimismo totalitario es uno de ellos y se evidencia en el rechazo a toda opinión crítica o dramática, quizás por un reflejo supersticioso (no olvidemos que algunos grupos sociales sostienen que nombrar lo feo o desagradable equivale a atraerlo, como si la ignorancia de algo fuera su antídoto) o quizás como estrategia psicológica. Lo cierto es que está presente en todas partes y se corporiza en la mirada complaciente del que aprueba y enfrenta todo, aún lo malo, con buena cara confundiendo fortaleza con conformismo, temple con hipocresía, positivismo con superficialidad.

Que un individuo, por alguna de las razones antes mencionadas, adopte esta forma de pensamiento es simplemente cuestionable, que la pretenda del prójimo, una torpeza imperdonable.
Debo decir que es posible elogiar el optimismo totalitario desde el punto de vista técnico; de ninguna manera desde el espiritual.
Gracias a la nueva bola de cristal de la divulgación científica sabemos por ejemplo que la risa provoca la liberación de endorfinas, conocidas como las hormonas de la felicidad y contribuye además a la segregación de (sic) serotonina, dopamina y adrenalina. Si esto es cierto debemos concluir que es sumamente ventajoso optar por el optimismo, y la “mirada positiva” de las cosas de la vida, como lo es elegir una carrera con promisión económica o el depósito en un banco fuerte (frase que por estos días de desastres bursátiles parece un oxímoron).

No discutiré ninguna de estas cosas, más bien me inclino a pensar que sus argumentos son reales e incluso comprobables, pero está el tema de la conciencia, esa incómoda presencia que puede ser social (en el caso de las preocupaciones por el resto de las personas) o individual pero que significa siempre una responsabilidad. La conciencia de un mundo “poco prometedor”, por decirlo de algún modo, encuentra su expresión en un derecho capital: el derecho a criticar, a oponer, en definitiva a pensar y expresar argumentos que cuestionen el statu quo, porque cuestionando, criticando, tomando partido y categorizando encuentra una forma de separar lo bueno de lo nefasto.
Naturalmente este no es un enfoque estratégico, como no lo es ninguna crítica al poder, pero es preciso hacer notar que obtener beneficios personales no es la única meta del hombre, aunque sea la más extendida en nuestro tiempo y otra forma de imperativo social. Entre muchas otras posibilidades está la búsqueda de la verdad, que es de naturaleza desinteresada y que se realiza casi siempre en un sentido contrario al de las sendas de la prosperidad.

Alguna vez escribí que encontraba en mis incertidumbres mucho de lo más genuino de mi psicología, alegando que mis dudas me eran más propias que mis pensamientos y creencias, que, como todos sabemos, se pueden inculcar, motivar y condicionar. Las dudas en cambio son tan nuestras como el ADN, porque ellas expresan nuestra inquietud frente a lo que se presenta como norma, frente a lo establecido.

Mi admirado Paulo Freire, al hablar de la concientización (término caro a sus pensamientos y acción política) dice que esta se produce cuando la persona sale del estado mental de ingenuidad que caracteriza a los niños. Salir de ese estado significa aproximarse a un conocimiento adulto de la realidad, en el caso de Freire para modificarla por medio de la educación, en otros para transformarla en arte, en muchos para sacar partido de ella.

Es innegable que por estos momentos el mundo huele mal. No aburriré intentando enumerar alguno de los infinitos males contemporáneos, solo quiero señalar unos pocos aspectos lúcidos que sintetizan mi posición frente a él.
En una entrevista recopilada en el libro El hombre cuestionado, Eugene Ionesco dice que todo lo que el hombre hace termina volviéndose en su contra (en nuestra contra), y pone por caso las revoluciones, la técnica y la política. Esta me parece una verdad innegable que comprobé hace poco leyendo el Galileo Galilei de Bertolt Bretch. En un momento de esta notable obra teatral Galileo dice a un sacerdote temeroso de la ciencia que debemos creer en la razón, que la verdad está en ella y que el hombre debe rendirse ante sus descubrimientos. El libro se salva por ser una apología de la búsqueda de la verdad y el derecho a la libertad pero no por argumentos como este que han demostrado con creces su falsía ¡Cuánto sufrimiento ha traído al hombre la técnica desplazándolo del trabajo y embobándolo con sus espejismos!

El escepticismo tiene entonces un gran motivo de existencia: la comprobación de que el mundo se mueve casi exlusivamente por la búsqueda del poder y que, como señala Sabato en sus diarios de España, el mal es la fuerza principal del mundo mientras el bien ocupa la retaguardia e intenta, rezagadamente, contrarrestar su devastadora acción.
¿Qué nos queda entonces además de la angustia de vivir, de la desesperación, del miedo al lobo del hombre?
En principio nos queda la rebeldía personal como violento ejercicio de una libertad amenazada brutalmente por la realidad contemporánea. Y la rebeldía nace del descontento y la indignación.
No la apología de la amargura sino el derecho a protestar contra lo que la ocasiona.
Luego está la acción.

Todos los días veos en la cara de mis alumnos de la escuela del Bajo Flores donde trabajo, las huellas de la carencia, las marcas de la violencia. Contra eso me rebelo y es una de las razones de mis empeños docentes. Ante un mundo que les retacea los bienes y les impone profusamente los males yo intento oponer lo mejor de mi persona intentando reconocer las condiciones de mis alumnos para potenciarlas.

En la acción cultural que realizo me mueven similares estímulos con la intención de valorar al máximo esos escasos momentos donde podemos contribuir a ejercer la mínima libertad de imaginar y abandonarnos a la contemplación de mundos mejores. Por eso me desespera la liviandad del hombre moderno que ante la urgencia del momento hace como si nada pasara y vive mal, educa mal y reclama para sí el derecho a gozar de la vida en medio del sufrimiento de la mayoría; o hace mal arte enredado en las boberías de la moda, la superficialidad o en la ambición de notoriedad[2].

Esto habla de la insensibilidad de seres que viven entre el ruido, la basura, la fealdad y la injusticia con una sonrisa impostada. Alguien los llamó los “súper adaptados” en contraposición a los “inadaptados”, aquellos a quienes el orden de cosas imperante no conforma, ni satisface, y entre los cuales me cuento.
A propósito de aquellos Ernesto Sabato escribe en Antes del fin: “Hoy el hombre está al borde de convertirse en un clon por encargo: ojos celestes, simpático, emprendedor, insensible al dolor o trágicamente preparado para esclavo”; y lo dice sabiendo que hay esclavitudes muy bien pagas ...

Por eso termino esta nota con el reclamo por la libertad negada para expresar el descontento aunque desentone en la fiesta, nombrar la insatisfacción aunque suene antipático y pronunciar el grito aunque dañe la sensibilidad de los presentes, sin olvidar que el sufrimiento es uno de los motivos que justifican el arte porque, como decía Gide, “No se hace buena literatura con buenos sentimientos” -¿se imaginan a la literatura sin ese sufriente estudiante llamado Raskolnikov, o sin el atribulado Hamlet?-y sobre todo porque es una manera de asegurarnos la vigilia, nuestro deber ético fundamental en medio de la ignominia imperante para contrarrestar el aletargamiento de aquellos que de puro insensibles hacen el mal sin saberlo y combaten a los que, muchas veces con gesto adusto, luchan en una causa ética. La actitud crítica nos facilitará esa vigilia y el ser apocalípticos, en términos de Umberto Eco, nos sostendrá en ella porque, como dijo Donne “Nadie duerme en la carreta que lo lleva de la cárcel al patíbulo”.

Hasta la próxima

Pablo Izurieta

[1] a propósito una vez le escuché decir a un profesor universitario algo interesante: “los clichés no hacen bien ni mal, simplemente empobrecen”
[2] “Tras Auschwitz, no se puede hacer poesía”, sentenció Theodor Adorno, uno de los pensadores más lúcidos del siglo XX, y miembro eminente de la Escuela de Frankfurt

domingo, 9 de noviembre de 2008

La pasión por la ópera. Natalia Raselli en el Teatro Colón de Buenos Aires



Mediante la literatura se pueden vivificar las moradas de los hombres (recordemos la inolvidable novela La casa de Manuel Mujica Láinez), en la vida real en cambio son las personas comunes las que con su diario hacer constituyen la vitalidad de un lugar.
En el caso de un teatro la actividad está guiada fundamentalmente por la pasión. No condeno a aquellos que imaginan a la cultura ornada con brillos y que se acercan a sus “templos” con la ilusión de teñirse de ellos, pero declaro que más me interesan los que son guiados por el entusiasmo. A estos últimos me los imagino esperando ansiosos la noticia de la programación de la temporada con la esperanza de encontrar en ella alguno de sus títulos preferidos o, en las noches de función, trajinando el foyer o los pasillos del teatro con la ansiedad del amante.
Buenos Aires cuenta con una innegable pasión por la ópera, que probablemente deba algo a la presunción de status que mencionábamos arriba, y que se evidencia en el nutrido grupo de amantes del género que, con su obstinada asistencia, son los verdaderos sostenedores de las producciones locales.
El pasado jueves 6 de noviembre, presenciando el homenaje a Puccini que tributó el Teatro Colón pude ver a muchos de esos seguidores que esperan la reapertura del teatro ansiosa y apasionadamente. Los escuchaba comentar las demoras de las obras del teatro en los pasillos del foyer con la angustia del que se ha visto privado de uno de sus hábitos más queridos y entrañables. Ellos son el motivo principal para optimizar los trabajos de restauración devolviendo a la ciudad uno de sus espacios artísticos más emblemáticos.
Mientras se siguen realizando los trabajos de recuperación la conducción del primer coliseo nacional sigue trabajando en dos aspectos que nos parecen importantes: el aliento de la producción de opera en otros teatros del país y la promoción de jóvenes valores del arte lírico argentino.
El concierto aludido estuvo señalado por esto último. El motivo era la celebración de los 150 años del nacimiento de Puccini, el lugar fue el foyer del teatro que lució lujoso, ornado además con una exposición de trajes que usaron grandes figuras de la ópera que pasaron por el teatro Colón. Los participantes, tres cantantes que hacían su debut como solistas en el Colón: Marcela Paturlán, Natalia Raselli y Ariel Paltrinieri.

Natalia Raselli se radicó en Buenos Aires en el año 2005 guiada por una pasión visceral por la ópera. Transita hasta el momento el camino de muchos artistas que vienen del interior a la ciudad capital, la única en el país que posee actividad lírica, integrando los coros de ópera en puestas de los teatros tradicionales, haciendo pequeños papeles en teatros alternativos y estudiando sostenidamente con los mejores profesores posibles, presentándose a audiciones diversas, y estando siempre al pié, al pié de las posibilidades y de las propias inquietudes y necesidades.
Ante tantos estímulos el artista puede disgregarse o por el contrario aferrarse a sus convicciones y fortalezas. Natalia eligió el segundo camino sostenido en los valores que mostró su actuación del pasado jueves. Como compañero y espectador de su trabajo puedo hacer una síntesis de su recorrido y decir que el último concierto fue la evidencia de sus mejores cualidades.
Es privilegio de un artista poder contar una historia; en los cantantes de ópera, que trabajan al calor de un drama, es un imperativo. Encarnar a un personaje requiere del dominio de matices, del poder de sugerir, de la capacidad de la diversidad, aspectos que los buenos cantantes de opera alcanzan no solo con el dominio de la voz. Natalia logra ese cometido con el agregado de una sensualidad y una gracia gestual que le es propia y que el tiempo no hace sino acrecentar.
Sabemos que en el arte importan por igual el cómo y el qué. Sobre el qué no hay discusión en la ópera, un género que, a la luz de su enorme popularidad ha ido depurando un repertorio encumbrando las obras maestras y desechando las menos valiosas. En el cómo están las diferencias entre los intérpretes y de él surgen las categorías. Hay cantantes con una voz poderosa que producen un impacto considerable en la audiencia; muchos de entre ellos se dedican al cultivo y fortalecimiento exclusivo del don vocal jugando a él sus mejores fichas.
No está entre estos Natalia Raselli quien ha elegido sabia e inteligentemente construir su arte en forma orgánica y al abrigo del espíritu de los personajes que encarna. La naturalidad que evidencia proviene en parte de esa atención al carácter del personaje que interpreta y en parte al conocimiento de su propia voz, lo que la lleva a indagar y desplegar sus posibilidades sin recurrir nunca al gesto forzado ni al abuso de las facultades físicas.
¡Saludemos a una artista que, en la mejor tradición del arte universal, elige conmover en lugar de impactar, transmitir en lugar de protagonizar, cantar en lugar de asombrar!
Esperamos que este concierto en el Colón sea el primero entre otros en teatros importantes, que sus sueños se realicen y que la ópera siga encontrando a cantantes sensibles para mantener vivo uno de los legados mas apasionantes de Occidente.
Salud.

Hasta la próxima.

Pablo Izurieta

viernes, 24 de octubre de 2008

Por una sociedad coral



Los productos del arte y las huellas de la cultura son la voz que expresa y sintetiza nuestra alma, el único e inalienable refugio de nuestra espiritualidad colectiva.

Creo que a veces nos definimos más por lo que ignoramos que por lo que asumimos y sistemáticamente nuestro pueblo ha desoído a sus mejores hombres, siendo la muerte del honorable Doctor Favaloro un insultante ejemplo, un símbolo, una herida que aún duele.

¿Qué puede aportar la cultura en el sentido de la cohesión social? Quizás encontremos parte de la respuesta en la constatación de que ésta es el resultado de la labor de un colectivo y que se va construyendo con el tiempo en forma de cadena. Un escritor es primero un lector, un músico es un ser sensible al sonido antes que un hacedor. Algo que parece tan simple como esto es en realidad un hecho complejo que vincula a los seres con lazos misteriosos más allá del tiempo y la distancia -la cultura como trama-.

Hace unos años uno de mis profesores universitarios dijo algo que me impresionó. Palabras más o menos era: “... aún cuando un músico suba a un humilde escenario de pueblo estará participando de la historia de la música”. Aunque la sentencia puede parecer arriesgada pienso que contiene al menos una parte de verdad, sobre todo si el artista siente profundamente la familiaridad con un legado.

Cuando los lazos se rompen el hombre se pierde.
Janos Lavin, el protagonista de la novela Un pintor de hoy de John Berger, dice en un momento: “Es difícil dar empleo a un artista, por eso es libre. Nadie sabe realmente en que utilizarlo. Así que hace ejercicios; crea colores y formas, el arte abstracto, hasta que se decida que hacer con él”. Esto desnuda lo que significa la libertad para el artista: aquello que reclama visceralmente para sí mientras lo domina el deseo de ser escuchado, de que su obra encuentre el eco, la respuesta con la que él sueña al hacerla.

La libertad, cuando está solo en las palabras, suele significar la adscripción a intereses del momento, a exigencias oportunistas. Es el compromiso el que libera y, a manera de ejemplo quiero traer a la memoria el compromiso de Diego Rivera con la historia de México, el de nuestro Atahualpa Yupanqui con la tierra argentina y el alma de los campesinos y en la gran obra que testimonia ambas afinidades -¿Y qué es el arte verdadero sino un compromiso con la belleza?-
Lo que Berger quiere destacar es que el artista se desarrolla cuando sirve a algo, cuando encaja en algo.
A propósito quisiera comentar lo que leí hace poco en un libro que repasa la historia musical del Brasil escrito por Mario de Andrade; en un capítulo dice: “... siendo la música la más colectivista de las artes precisa de la colectividad para poder realizarse. Sea la colectividad de los intérpretes, sea la de los oyentes está sobrada e inmediatamente sujeta a las condiciones de la colectividad. La técnica individual importa menos que la colectiva”[1]. Esta última frase me parece prodigiosa y, para contextos como el nuestro, incluso novedosa.
¿Qué ha motivado que los argentinos desestimemos la posibilidad de fortalecer nuestra técnica colectiva; que confiemos tan poco en nuestra capacidad de llevar adelante proyectos culturales independientes cuando somos todo semilla, todo germen? Quizás nuestros repetidos fracasos sociales e institucionales sean la respuesta, quizás nos haga falta fundar un nuevo credo sobre las ruinas de nuestras humeantes instituciones culturales apoyados en lo mejor de nuestra tradición.

Sea como fuere las crisis recientes nos han demostrado que pueden ser un alimento para la creación. Solo nos falta aprender a sostener los esfuerzos y a prolongar el entusiasmo hasta que los frutos queden depositados en un nuevo grupo, en una nueva generación.
Hasta la próxima

[1] Mario de Andrade, Música del Brasil

jueves, 9 de octubre de 2008

Sobrevolando la cultura nacional (3)

-tercera entrega-

El trono del rey

El último tema que queremos tocar en esta colección de notas sobre la cultura argentina es un aspecto que, originado en el momento mismo de la conformación de nuestro país, marca hasta la actualidad nuestra vida política, económica y social: el centralismo.

Esta condición determinada por una ciudad capital que acumula el monopolio del poder político y el poder económico, influye como es lógico en las políticas culturales de un país que declara poseer una forma de gobierno representativa, republicana y federal, no siendo en efecto ninguna de las tres cosas.

En materia cultural Buenos Aires es la sede de numerosas instituciones de carácter nacional, que sin embargo desarrollan su actividad fundamental en la misma capital irradiando excepcionalmente su labor a las distintas regiones de nuestro país -tal es el caso de la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Polifónico Nacional, el Ballet Folclórico Nacional, la Banda Sinfónica de Ciegos, el Coro Nacional de Jóvenes, el Coro Nacional de Niños, el Coro Polifónico Nacional de Ciegos “Carlos Larrimbe” y la Orquesta Nacional de Música Argentina “Juan de Dios Filiberto”-. Buenos Aires además concentra la sede de los diarios nacionales, las emisoras más importantes de radio, las principales editoriales, los canales de televisión de mayor alcance; todos estos elementos imprescindibles para la difusión de la actividad cultural. Simplemente como dato verificamos una estadística que indica que en la Capital Federal se invierten en cultura per cápita entre 90 y 100 pesos por año mientras que en el resto del país la inversión es de solo 30 pesos
[1].

Esta desigualdad, señalada entre otras en el agudísimo libro La Cabeza de Goliat (1946), de Ezequiel Martínez Estrada, determina que cualquier programa cultural de alcance nacional diseñado en Buenos Aires deba sufrir permanentes ajustes y modificaciones para ser viable en las regiones donde se implementa, ya que pocas veces los proyectos de este tipo contemplan las particularidades de cada región, muy diversas y peculiares en virtud de la enorme extensión de nuestro país.

En el libro mencionado Martínez Estrada se pregunta que pasaría si Buenos Aires, en su carácter de megalópolis, no existiera, para responderse inmediatamente “sería mejor”.

En esta línea de pensamiento propongo analizar qué le aporta Buenos Aires al interior y viceversa. Si consideramos lo caro que le sale el conjunto provincia de Buenos Aires-Ciudad Autónoma al interior estaremos respondiendo en parte al interrogante, con el simple dato de que el presupuesto nacional siempre se inclina a favor de aquél, aunque la población del interior sea mayor en su conjunto. Esta suerte de pendiente, que deriva los recursos de todo el vasto país a los pies del hombre de Corrientes y Esmeralda, como nombró Scalabrini Ortíz al porteño arquetípico, luce por lo menos injusta y es la causa de una tensión que de tanto en tanto (como ahora con el conflicto del campo) aflora en forma de crisis. Mientras tanto la distancia se mantiene y el país discurre por dos cauces distintos, con destinos diversos y hasta opuestos y con cosmovisiones que solo coinciden es ciertas pasiones epidérmicas.

En lo cultural el interior aporta los ricos y ancestrales valores de un legado que busca impulsarse y legitimarse desde la capital, el mismo que lograró en los años 60’ un movimiento con visos de universalidad. Y ahí está ese acervo que las regiones tienen para comunicar en voz baja, aquella que solo se escucha cuando el silencio y la intimidad lo permiten y cuando la sabiduría lo ha merecido.

Buenos Aires devuelve lo que le sobra de esa excesiva mirada sobre sí misma, que equivale en este caso a mirar hacia el exterior. Y lo que le sobra va del lumpen televisivo al descaro revisteril que se propaga infectamente por los hogares y hasta los pequeños cines y teatros del vasto –y dócil- interior. “A medida que pasan los años y los programas de televisión, las cosas se complican para peor. Lo que era un problema de la guaranguería de Buenos Aires se empieza a extender audiovisualmente por el interior”, dice Abel Posse en su libro Biblioteca Esencial (Emecé, 1991).

Qué pena da ver a pueblos rodeados de una naturaleza muchas veces deslumbrante y tan ricos histórica y culturalmente fascinándose con la impudicia que promueven cuatro o cinco alienados desde las productoras de televisión porteñas.

En este desigual comercio, agravado por la funesta globalización, se debate nuestra vapuleada cultura nacional a la espera de que los argentinos recuperemos la confianza en lo que podemos ofrecer a los demás y que alguna vez consideremos, aún en forma de remota posibilidad, que nuestro vecino pueda tener algo para comunicar al mundo.

Nos gustaría que estos pensamientos se entendieran menos como una diatriba contra la capital que como un modesto reclamo por la identidad, valioso manantial que cuanto más lejos está de la iconografía y los tradicionalistas más suele acercarse a la libertad.

Hasta la próxima


Pablo Izurieta

8 de octubre de 2008

[1] Dato expresado por el secretario de Cultura de la Nación, José Nun en la entrevista Luchar contra las tendencias, revista Ñ, Nº 257, del sábado 30 de agosto de 2008, Buenos Aires

jueves, 2 de octubre de 2008

Sobrevolando la cultura nacional (2)

-segunda entrega-

La fábrica de espejitos de colores

Hoy es casi una obviedad referirse al carácter colonialista de la cultura argentina; es un tópico por demás discutido en el pasado, que no por eso ha dejado de ser vigente; es más bien de esos asuntos que las modas intentan relegar pero que siguen influyendo en nuestra forma de ver y ejercer el arte, tema principal de este blog.

Desde la conformación de nuestro país existe entre nosotros una drástica división entre el arte clásico –académico, europeo, oficial- y el popular, agrupado habitualmente en conceptos reduccionistas muchas veces peyorativos como arte nativo, regional, americanista, indigenista, etc

Debido a factores de índole histórica, geográfica y cultural esta influencia impacta de diferente manera en la capital y el interior del país. En aquella encontramos una línea colonialista que se actualiza constantemente y que está marcada por una fascinación insólita por lo foráneo, traducida en una presunta afinidad (muchas veces más fanática y siempre más desmesurada que la original) por expresiones tan diversas y disímiles que resulta difícil asociarlas a un solo lugar geográfico, a una sola ciudad, en este caso, con fisonomía de isla cultural.

Salvo el breve interregno que marcó el auge del tango (décadas del 40’ y el 50’) la mirada del capitalino fue de la ópera al fox-trot, y de este al sinnúmero de estilos y corrientes que los centros de producción del espectáculo exportaban para los satélites culturales.

Hoy en día esta fascinación por lo extranjero está completamente asociada al desarrollo del mercado y lleva a desmesuras tales como el agotar funciones de un espectáculo antes que en ninguna otra parte del mundo con entradas que triplican en valor a las que se cobran en el país de origen.

No pretendemos acercarnos siquiera al determinismo o tiranía cultural, simplemente debemos reconocer la hegemonía de una cultura inserta en un medio que no es el original, además de lo insólito que resulta que una cultura (la argentina) revista mayor interés para los extranjeros que para aquellos a quienes está ligada histórica y geográficamente.

No se ataje el precavido sosteniendo que a el lo representa mejor la música de un sofisticado grupo inglés que una incomprensible baguala; es absolutamente probable y entendible en una ciudad como Buenos Aires que está mucho más cerca –culturalmente hablando- de Londres que de Tucumán. Identificaciones aparte, lo que resulta más difícil de perdonar es el desconocimiento
[1].

Es preciso reconocer una hegemonía para saber qué se está relegando; en este caso, la expresión vernácula, que, como suele suceder, resulta más denostada cuanto menos conocida es. Muchos sabemos lo difícil que es encontrar información o documentación sobre creadores argentinos y que difícil les resulta a los artistas del interior encontrar vías de contacto independientes de la conexión Buenos Aires.

A propósito de la música, he constatado más de una vez el desconocimiento de nuestra la producción nacional por parte de muchos de nuestros mejores intérpretes académicos. Esta ignorancia, que resulta inexplicable, lleva a veces a hechos insólitos
[2].

De ninguna manera pretendo dejar de reconocer los valores de la cultura universal pero me resisto a ver históricamente relegadas amplias zonas de la cultura propia que pueden aportarnos elementos y recursos válidos y vigentes. Después está el tema de las preferencias, pero estas son más bien personales y al hablar de cultura nos interesa la dimensión colectiva por sobre aquella.

No solo en la Capital se advierte esta característica colonialista. El llamado interior presenta un panorama complejo donde el colonialismo se reproduce a escala interna en la relación con Buenos Aires. Lo que provenga de la Gran Ciudad, resistida y admirada a la vez, tiene carta de prestigio y brillo de candilejas. Pero esto nos introducirá en el tema de la tercera entrega de estos ramplones (y arbitrarios) vuelos sobre aspectos de la cultura nacional: el Centralismo.

Hasta la próxima entrega.

Pablo Izurieta

Buenos Aires, 1 de octubre de 2008

[1] Ya señalaba Igor Stravinsky en su Poética Musical que una de las condiciones del intérprete clásico es conocer la música de su tierra
[2] recientemente he sabido de la cancelación del estreno de un concierto para guitarra y orquesta de autor argentino porque una orquesta profesional de provincias no podía tocarla ...

jueves, 25 de septiembre de 2008

Sobrevolando la cultura nacional

-primera entrega-

"Por amor al arte"

Si bien es cierto que nuestro país no ha hecho una costumbre del cultivo y disfrute del arte –el aserto es de Eduardo Mallea-, existe en una parte importante de nuestro conglomerado social (quizás por influencia de la labor de la generación del 80’, quizás por lo mismo que señalamos arriba, ya que lo que no se conoce se desdeña o se venera) una suerte de devoción por la cosas de la cultura, entendidas por buena parte de nosotros como algo puro, incontaminado, cercano a lo sagrado, venerable.

Esto habla claramente de una concepción romántica de la cultura, que se fundamenta y explica por la fuerte influencia europea de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, en plenos períodos romántico y neorromántico.

Varias evidencias lo demuestran, entre ellas la escisión entre los conceptos de arte y comercio; la idea de que las cosas del arte deben permanecer en la esfera de lo gratuito, de lo incontaminado por el dinero; la existencia de programas culturales que proclaman la gratuidad de su oferta pero nunca el intento de elevar el nivel productivo de los artistas, entre otras.

Los artistas argentinos convivimos con esta sombra que se corporiza a menudo cuando reclaman de nosotros esfuerzos altruistas, argumentando que “total, lo hacen porque les gusta”.
Otro costado de este mismo aspecto, y como contrapartida, lo constituyen aquellos esfuerzos titánicos llevados a cabo por nobles emprendedores de nuestro país que, con la sola fuerza de su pasión y entusiasmo, emprenden tareas quijotescas en medio de enormes dificultades (pienso ahora en los muchos entusiastas que en las grandes ciudades o en los pequeños pueblos de la Argentina conducen programas de radio, dirigen coros, escriben proclamas y pintan murales quitándole horas al sueño, como un gesto de resistencia cultural, reviviendo un recurso inalienable del ser humano).
De la misma manera que la cultura de un pueblo no puede fundarse sobre los casos excepcionales, tampoco puede hacerlo invocando la tarea de quienes dan todo sin recibir nada a cambio, porque es oportunista, porque no es justo y porque además estos esfuerzos muchas veces, y debido a su naturaleza, son efímeros.
Y no crean que esta es una diatriba más contra el estado, aunque si lo incluya. En lo personal, a la invocación a trabajar por amor al arte la he escuchado más veces de los propios colegas que de los funcionarios con que he tratado -por otra parte ajenos en todo a las experiencias e intereses artísticos-.

Mi breve experiencia en el extranjero me sirvió para ver que la cultura puede ser entendida de maneras muy distintas a la nuestra; por ejemplo en aquellas sociedades donde el arte está inserto en una cadena productiva que reclama ciertos méritos y que, al menos en lo económico, aparece como más justa.

El desafío consiste entonces en, sin abandonar el entusiasmo que nos es propio, trabajar en el sentido de profesionalización de la actividad artística como una condición ni más ni menos que de su supervivencia.

Hasta la próxima

Pablo Izurieta
Buenos Aires, 25 de setiembre de 2008

martes, 2 de septiembre de 2008

Prestar oídos

La expresión está pasada de moda, ¿la acción que sugiere también?.
La labor del intérprete musical es ardua; por un lado implica el dominio del instrumento elegido, lo que lleva muchos años adquirir, aún en el caso de los más dotados. En forma paralela se debe educar la sensibilidad y adquirir un criterio personal frente a las muchas posibilidades que ofrece la profesión, para luego dedicarse a ensanchar cada día el camino que se ha elegido.
Sin embargo esto no es todo; es simplemente una parte de un proceso que se completará adquiriendo su real sentido y dimensión en el contacto con el público. Para que ello se produzca es indispensable un compromiso de ambas partes, en principio del intérprete, para con el compositor, consigo mismo y con el oyente; este último deberá, por su parte, esforzarse para comprender lo que está sucediendo en el singular e irrepetible momento del concierto. Sin este pacto tácito entre ambas partes el hecho artístico simplemente no se produce –es como una cita entre dos personas a la cual una no asiste, o mejor, a la que acude un impostor que fingirá interés y, si se anima, hasta improvisará extrovertidos gestos y exclamaciones de aprobación-.
Ahora bien, el cumplimiento del compromiso al que aludimos otorga al público genuinos beneficios más allá, claro está, del goce estético. Por un lado lo proveerá de elementos para una crítica fundada y digna de ser tenida en cuenta; por otro la posibilidad de la aprobación o la reprobación igualmente fundadas (¿quién dijo que toda ejecución merece el aplauso?).“La música es un ruido sin sentido hasta que se encuentra con una mente receptora”, dijo el compositor alemán Paul Hindemith, invitándonos de alguna manera a un encuentro que, si se torna asiduo y exigente, terminará por darnos buenos públicos y contribuirá a la formación de mejores intérpretes. Por último nos parece oportuno rescatar la instancia del concierto público como una posibilidad de encuentro a través de un hecho estético (y por lo tanto elevado) que contribuya a enriquecer nuestra sensibilidad además de significar una experiencia franca y directa en este mundo nuestro de sustitutos y de máscaras.

lunes, 25 de agosto de 2008

La Cultura, ¿privilegio de pocos?


Hace poco vi la hermosa película “Balzac y la pequeña costurera china”. Los protagonistas son dos jóvenes universitarios que, junto a otros de su condición han sido enviados al campo por el régimen de Mao para realizar las duras tareas de labranza como parte de lo que se llamó la “reeducación campesina”. En las montañas y a través de unos viejos volúmenes salvados de la censura, descubren a Balzac.
En las admirables novelas del gran escritor francés, que leen en voz alta a la pequeña costurera del título de la película (apenas una adolescente hija de campesinos y analfabeta) los jóvenes descubren algo nuevo, exclamando uno de ellos que después de Balzac ha empezado a VER el mundo, como si hubiera despertado de un largo sueño para emprender la aventura del descubrimiento de la vida.

Nunca concebí a la cultura como algo distinto de un beneficio, de un regalo.
Quizás la sociedad y la escuela deban mirar a la historia con un espíritu más curioso y humilde porque probablemente, y mientras estamos embobados con lo que caracterizamos como “actual” o “divertido”, aguarden en aquella las respuestas a algunos de nuestros innumerables problemas.
No hay ninguna razón sustentable para que ignoremos las maravillosas obras que la humanidad ha producido en su transcurso siendo nosotros sus destinatarios naturales puesto que somos hombres y compartimos con todos los de nuestra raza rasgos únicos que nos identifican y hermanan más allá del tiempo y la distancia.

Como docente de Educación Artística en distintos niveles de enseñanza siempre he trabajado bajo la premisa “a los niños –y jóvenes- lo mejor”. Esto es: si puedo dejarme arrastrar por la destreza, carisma y buen gusto de un músico que, conocedor de su oficio, entrega lo mejor de sí desde un escenario; si puedo internarme en una pintura para percibir el mundo que nos muestra el artista enriqueciendo y verificando el propio; si puedo comprobar que alguien desde otro tiempo y un lugar muy distante del mío puede desde un libro por él compuesto hablarle a mi interioridad como probablemente ningún contemporáneo pueda hacerlo ¿porqué tengo que conformarme con productos diluidos, mediocres y grotescos que de ninguna manera hacen justicia a nuestra condición humana?


Es necesario decir que para que el milagro se produzca alguien debe mostrarnos eso que descubrió en un momento y que cambió su vida para siempre. Ese gesto generoso y libre nos ayudará a ver algo que maravilló y colmó a otros antes que a nosotros y que constituye el fabuloso legado de la humanidad.
Una vez que hemos admitido en nosotros ese tesoro –que comenzamos a VER algo nuevo, como el joven chino- este no nos abandonará hasta que decidamos olvidarlo o cambiarlo por otro- sería deseable que mejor que el anterior-.


El tiempo, la frecuentación y la curiosidad harán el resto y, más allá de convertirnos en expertos o no, seremos mejores gustadores de la vida y las bellezas del mundo. También es una manera de ser mejores seres humanos, más sensibles e inteligentes, porque, al igual que un hombre se realiza al lado de una mujer y viceversa, y el profesor lo hace en contacto con el alumno, nuestra interioridad crece cuando establece una correspondencia con elementos del mundo que sintetizan y a su vez describen al mundo todo.

Mentiríamos si dijéramos que para acceder al elevado goce de la cultura no debemos esforzarnos, ya que las mejores obras humanas reclaman de nosotros un espíritu curioso, una sensibilidad despierta y una predisposición del espíritu que revele entrega y un mínimo de conocimiento – algo así como una gimnasia de lo bello-; pero para esto no hay obstáculos más que los que nosotros mismos opongamos, ya que ni la edad, ni la condición social constituyen un impedimento.

“Haz tesoros que los hombres no puedan quitarte”

La frase escuchada en la niñez resonaba en mí mientras veía a los jóvenes chinos iniciar su aventura, que bien puede ser la de todos: la del espíritu y el conocimiento, para hacer la vida más grande e interesante.


Pablo Izurieta

El Taller del artista


Desde hace varios años, y algunas mudanzas, me acompaña entre mis cosas una pequeña reproducción del cuadro Alegoría de la pintura, de Vermeer. Esta obra, a la que también se conoce como El Taller del artista o simplemente El taller, muestra, en el apacible y silencioso idioma de este pintor, uno de los espacios más atrayentes de la creación artística, aquél donde nace la inspiración y donde el artista se topa cara a cara con sus miedos y también con la fantasía y el misterio del arte. Se parezca o no al inmaculado atelier de Vermeer, el taller es el sitio donde acontece el trabajo, ese hábito prodigioso desde donde el hombre se proyecta a los demás y saca lo mejor de sí.

El taller de un artista es un espacio de construcción permanente. Allí los objetos adquieren importancia más allá de su costo o valor económico mientras que otros se vuelven imprescindibles (¡cuanto le importan al pintor sus trapos, al escultor un viejo pedazo de madera que usa para medir las proporciones, al escritor un gastado lápiz con una goma en la punta con el que anota los márgenes de sus libros adorados!). La labor cotidiana va modificando el orden del taller creando nuevas constelaciones de objetos en torno al trabajo del momento, al fruto del presente. El artista convive con esos objetos que le sirven a sus fines concretos o que lo estimulan desde el silencio de su presencia (recuerdo ahora las figuras de cartón que poblaban una parte del estudio de Diego Rivera en San Angel Inn, en Estados Unidos e imagino el goce que le producía mirarlas).


En principio me gustaría distinguir los talleres de los artistas según el arte al que están dedicados. Quizás los que en mayor medida se acercan al imaginario colectivo sean los de los escritores, pintores y escultores, donde en el sedentarismo de la actividad los vincula necesariamente a ese espacio. En el caso de muchos músicos, bailarines o actores, el taller parece tener menor importancia porque mucho del trabajo ocurre en salas de ensayos, teatros, fosos de orquestas y los lugares donde se desarrollan las artes colectivas.

Vamos entonces a la búsqueda de los "ratones de taller". Hace un tiempo leí la entrevista a un escritor donde decía que cada día va a su taller (en este caso distante del domicilio) por la mañana, en un horario fijo, como si se tratara de un oficinista, y que se obliga a permanecer allí una determinada cantidad de horas, a veces produciendo, otras leyendo, otras pensando, pero siempre en el ámbito del trabajo; de esta manera encontraba la motivación para la invención.
En el contacto con las cosas del taller – un poco en serio, un poco en broma Camilo José Cela dijo una vez en una entrevista, “hay que querer a las cosas, no tanto a la gente”-, este recorte del mundo y este aislamiento, el artista va construyendo, como si de un edificio se tratara, su labor, sus hábitos, en definitiva: su obra.
La variedad de talleres y estilos de trabajo es enorme.
Escritores como Onetti, Cortázar o Sabato declararon alguna vez no tener una disciplina permanente de trabajo; otros, como García Máquez o Vargas Llosa se reconocen como trabajadores del arte, con una rutina diaria propia de titanes –muy curiosa era la forma de trabajo de Balzac con jornadas larguísimas de trabajo sostenidas a fuerza de café-.

En mi caso la rutina de trabajo es variable pero prefiero laborar por la mañana. Aún sabiendo que a esas horas la cabeza tiende a la dispersión ese es el momento donde mi mente suele estar más fresca y el cuerpo más fuerte.
El trabajo suele comenzar con la lectura, la escritura o la escucha de algo de música. Luego viene el contacto visual, silencioso con el material, y al final el trabajo práctico, en general por tramos cortos, de no más de una hora y espaciados entre sí por espacios de 20 minutos de descanso. Pienso que la etapa más importante del trabajo es el contacto silencioso con el material. Este momento ha ido cobrando importancia con el tiempo. En la lectura silente de una partitura, en la observación de cada detalle lejos de las limitaciones del instrumento, y en el ejercicio de imaginación que comporta he ido encontrando los momentos más felices de mi actividad creativa. Cuando era más joven la ansiedad de encontrarme con el sonido, de resolver los problemas de ejecución cuanto antes con más voluntad que intuición o inteligencia, me privaba de ese momento ahora capital. Creo, y en esto quizás estemos de acuerdo con artistas de otras artes, que uno debe ir al material cuando exista una idea previa en la mente, y mientras más acabada mejor. Aunque al cabo de muchos años de oficio este proceso se desarrolle inconscientemente pareciendo que es el material el que sugiere las formas, creo que todo nace de una idea previa –inconsciente o no- , de una inteligencia que señala y dirige el esfuerzo y el músculo.

De talleres varios

Hay gestos superfluos que son más literarios que efectivos, como por ejemplo el trabajo en un bar. Reconozco que varias veces lo intenté sin llegar a nada, ni siquiera una carta completa he podido escribir en esos sitios a los que indefectiblemente vinculo la charla y el encuentro. El ruido de la vajilla, además del que viene de la calle, y las innumerables instancias que ocurren durante una hora en un bar son demasiados estímulos para mi concentración. Creo que, como muchas otras cosas, estos tics nos llegan del imaginario de las vanguardias de comienzos del siglo XX.
Hemingway cuenta en París era una fiesta, del trabajo en los bares - el más famoso era Closerie des Lilas, pero también cita al Dome, al Rotonde y al Café des Amateurs-, lugares que sin dudas resultaban mucho más propicios para estar que los tristes y gélidos cuartos de hotel donde moraba con su mujer y un hijo pequeño a comienzos de la década del veinte. Sin duda la calidez del ambiente, la posibilidad de tener un baño cerca, y la profusión de alcoholes claro está, eran la verdadera causa de su afición a los cafés y no el supuesto poder inspirador de estos sitios.

En general el mejor sitio para trabajar es el más favorable a la intimidad y al silencio. Sin embargo hay notables excepciones.
Héctor Murena cuenta en su ensayo La pugna contra el silencio: Florencio Sánchez, cuenta que el autor de M’hijo el dotor y Barranca abajo trabajaba rodeado de gente de su entorno a las que pedía que hablaran entre ellas sin pausa. Así se encontrara en la habitación de un hotel, en un café o en la cocina de su casa necesitaba del bullicio, incluso del ruido, para poder trabajar, cosa que hacía sin pausas y de un solo tirón. ¿Cosa rara no?

En lo personal prefiero los talleres que albergan muchos libros y muchos discos y también donde hay lugar para el descanso y para recibir a un amigo.

Así luzca como un santuario o como un burdel, valoro al taller del artista como un espacio desde donde el hombre, tan pobrecito, tan carente de todo, cada día se construye alas como las del Icaro, para ver si esta vez puede volar como el quiere.

Hasta la próxima

Pablo Izurieta, julio de 2008

Hilda Herrera en Buenos Aires


Razón y emoción - Pathos y ethos

Desde la modernidad el pensamiento griego ha sido acusado de haber instalado en la conciencia de occidente una forma maniquea de percibir la realidad, donde los conflictos se expresan y resuelven en la lucha entre opuestos. Los ecos del racionalismo y el empirismo resuenan en nosotros ante cada experiencia. Debido al influjo del primero intentamos explicar o emitir una opinión ante cada nuevo evento, ante cada hecho que nos tiene de testigos.
Si hablamos de arte este proceso lleva necesariamente a un conflicto, pues la naturaleza de sus obras es sobre todo sensible e implica fundamentalmente a la emoción siéndole extraño cualquier otro proceso.
Confieso que en mí la mirada crítica es innata, casi espontánea, por eso, ante un hecho estético, debo esforzarme por liberar la sensibilidad de los vicios del pensamiento y de las estrecheces de la mirada del crítico. Pienso entonces: el sentimiento es un hecho completo e in-mediato (que no necesita de mediadores), el pensamiento en cambio es limitado, necesariamente un recorte de la experiencia; el sentimiento es indefectiblemente personal mientras que el pensamiento está modificado y condicionado por un sinfín de factores externos.
Como en casi todo los órdenes lo deseable es una proporcionada conjunción de los factores, tanto en la apreciación como en la producción. Hay artistas que poseen una obra llena de refinamiento mientras que su formación teórica es sumamente limitada. La erudición, por otra parte, no es sinónimo de estatura artística. La supremacía de un aspecto por sobre el otro es inevitable, la hegemonía un defecto –en lo personal he notado que en general los artistas demasiado emotivos abruman mientras que los muy cerebrales aburren-.
Creo que resulta beneficioso que el interés por el conocimiento y la curiosidad por diferentes expresiones y saberes acompañen los procesos creativos del artista logrando ese necesario equilibrio entre cultura e invención.

Hilda Herrera y el espejo de la emoción

En una pequeña sala de conciertos en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires Hilda Herrera presentó en una fría noche de agosto el recital “Argentina desde el piano”. Yo había conocido a esta pianista, compositora y docente cordobesa oriunda de Capilla del Monte, en un taller de música argentina que dictó en la ciudad de Paraná en el año 2001, adonde había ido invitada por el querido maestro Walter Heinze. Recuerdo de aquel seminario su extenso conocimiento de las numerosas especies de nuestro folclore y de la importancia que ella, instrumentista consumada, otorga a la poesía y a los poetas de nuestras canciones.
El recital de esa noche fue un hecho artístico pleno, surcado por la emoción y marcado por la variedad (característica innegable de nuestro folclore), el juego y la improvisación -esta última aparece en Hilda Herrera y en muchos de nuestro mejores músicos populares, menos como un alarde metódico que como un recurso natural y espontáneo propio del género folclórico-.
Hilda “Nena” Herrera ha hechos suyas las expresiones de la tierra y, en el camino que marcaron nuestros grandes artistas populares, con Atahualpa Yupanqui como emblema, ha construido su propia historia musical con retazos –es humanamente imposible abarcarla toda-de la música argentina. Esta simbiosis ha logrado que sus emociones lleven forma de tonadas, chacareras, tangos y milongas, a las que inevitablemente ha adornado con su impronta elegante, su aliento conmovido, su canto reverencial.
Una antigua zamba de autor anónimo fue el comienzo del recital; una chacarera de nuestro más grande maestro, Atahualpa Yupanqui, el cierre. Difícil imaginar un mejor comienzo y un mejor final. Entre ambas pasaron gatos, chacareras, tangos y la conmovedora interpretación de una milonga pampeana, entre obras propias y de otros autores.
La ausencia de un programa estampado en un papel, los comentarios entre graciosos y emotivos de la intérprete además de la concesión a algún pedido de la audiencia dieron al recital un tinte cercano, casi de respetuoso fogón criollo, si me permiten la expresión.
Sin embargo yo creo que a esto lo hizo Hilda Herrera para ocultar su modestia consciente de que su arte es arte mayor porque nace del corazón, porque es testimonio de su propia vida y de la de sus compañeros de ruta y porque además es el arte que aprendió de sus mayores.

Una vez terminando el concierto y mientras salía del teatro, me asaltó el crítico que había estado agazapado durante una hora y cuarto dentro de mí para preguntarse: ¿porqué nuestros maestros populares están casi siempre confinados a las pequeñas salas siéndoles esquiva la posibilidad de actuar en los teatros principales?, ¿porqué un ciclo llamado “Nuestros pianistas” presenta solo dos recitales completos de música argentina y de ellos uno solo, el de Hilda Herrera, música folclórica?, ¿porqué se siguen imponiendo las definiciones y categorías a la justa valoración de un arte –entendido esto a la luz del sentido limitado y peyorativo que tiene la palabra “folclore” en los ámbitos musicales “autorizados”-?; ¿a qué se debe la eterna lucha de los músicos folclóricos argentinos por encontrar un lugar digno y a la altura de su valía en la gran capital de la nación?

Quizás mis preguntas no tengan respuesta, incluso es posible que sean vanas y necesariamente postergables. Por suerte la alegría por el recital, que se prolongó en un bodegón cercano al calor de nuestra comida típica, se impuso a aquellas preocupaciones y el recuerdo de esa larga hora de arte fue más fuerte que cualquier consideración.
Una vez más ganó el sentimiento.

Pablo Izurieta


Buenos Aires, 3 de agosto de 2008