
Mediante la literatura se pueden vivificar las moradas de los hombres (recordemos la inolvidable novela La casa de Manuel Mujica Láinez), en la vida real en cambio son las personas comunes las que con su diario hacer constituyen la vitalidad de un lugar.
En el caso de un teatro la actividad está guiada fundamentalmente por la pasión. No condeno a aquellos que imaginan a la cultura ornada con brillos y que se acercan a sus “templos” con la ilusión de teñirse de ellos, pero declaro que más me interesan los que son guiados por el entusiasmo. A estos últimos me los imagino esperando ansiosos la noticia de la programación de la temporada con la esperanza de encontrar en ella alguno de sus títulos preferidos o, en las noches de función, trajinando el foyer o los pasillos del teatro con la ansiedad del amante.
Buenos Aires cuenta con una innegable pasión por la ópera, que probablemente deba algo a la presunción de status que mencionábamos arriba, y que se evidencia en el nutrido grupo de amantes del género que, con su obstinada asistencia, son los verdaderos sostenedores de las producciones locales.
El pasado jueves 6 de noviembre, presenciando el homenaje a Puccini que tributó el Teatro Colón pude ver a muchos de esos seguidores que esperan la reapertura del teatro ansiosa y apasionadamente. Los escuchaba comentar las demoras de las obras del teatro en los pasillos del foyer con la angustia del que se ha visto privado de uno de sus hábitos más queridos y entrañables. Ellos son el motivo principal para optimizar los trabajos de restauración devolviendo a la ciudad uno de sus espacios artísticos más emblemáticos.
Mientras se siguen realizando los trabajos de recuperación la conducción del primer coliseo nacional sigue trabajando en dos aspectos que nos parecen importantes: el aliento de la producción de opera en otros teatros del país y la promoción de jóvenes valores del arte lírico argentino.
El concierto aludido estuvo señalado por esto último. El motivo era la celebración de los 150 años del nacimiento de Puccini, el lugar fue el foyer del teatro que lució lujoso, ornado además con una exposición de trajes que usaron grandes figuras de la ópera que pasaron por el teatro Colón. Los participantes, tres cantantes que hacían su debut como solistas en el Colón: Marcela Paturlán, Natalia Raselli y Ariel Paltrinieri.
En el caso de un teatro la actividad está guiada fundamentalmente por la pasión. No condeno a aquellos que imaginan a la cultura ornada con brillos y que se acercan a sus “templos” con la ilusión de teñirse de ellos, pero declaro que más me interesan los que son guiados por el entusiasmo. A estos últimos me los imagino esperando ansiosos la noticia de la programación de la temporada con la esperanza de encontrar en ella alguno de sus títulos preferidos o, en las noches de función, trajinando el foyer o los pasillos del teatro con la ansiedad del amante.
Buenos Aires cuenta con una innegable pasión por la ópera, que probablemente deba algo a la presunción de status que mencionábamos arriba, y que se evidencia en el nutrido grupo de amantes del género que, con su obstinada asistencia, son los verdaderos sostenedores de las producciones locales.
El pasado jueves 6 de noviembre, presenciando el homenaje a Puccini que tributó el Teatro Colón pude ver a muchos de esos seguidores que esperan la reapertura del teatro ansiosa y apasionadamente. Los escuchaba comentar las demoras de las obras del teatro en los pasillos del foyer con la angustia del que se ha visto privado de uno de sus hábitos más queridos y entrañables. Ellos son el motivo principal para optimizar los trabajos de restauración devolviendo a la ciudad uno de sus espacios artísticos más emblemáticos.
Mientras se siguen realizando los trabajos de recuperación la conducción del primer coliseo nacional sigue trabajando en dos aspectos que nos parecen importantes: el aliento de la producción de opera en otros teatros del país y la promoción de jóvenes valores del arte lírico argentino.
El concierto aludido estuvo señalado por esto último. El motivo era la celebración de los 150 años del nacimiento de Puccini, el lugar fue el foyer del teatro que lució lujoso, ornado además con una exposición de trajes que usaron grandes figuras de la ópera que pasaron por el teatro Colón. Los participantes, tres cantantes que hacían su debut como solistas en el Colón: Marcela Paturlán, Natalia Raselli y Ariel Paltrinieri.
Natalia Raselli se radicó en Buenos Aires en el año 2005 guiada por una pasión visceral por la ópera. Transita hasta el momento el camino de muchos artistas que vienen del interior a la ciudad capital, la única en el país que posee actividad lírica, integrando los coros de ópera en puestas de los teatros tradicionales, haciendo pequeños papeles en teatros alternativos y estudiando sostenidamente con los mejores profesores posibles, presentándose a audiciones diversas, y estando siempre al pié, al pié de las posibilidades y de las propias inquietudes y necesidades.
Ante tantos estímulos el artista puede disgregarse o por el contrario aferrarse a sus convicciones y fortalezas. Natalia eligió el segundo camino sostenido en los valores que mostró su actuación del pasado jueves. Como compañero y espectador de su trabajo puedo hacer una síntesis de su recorrido y decir que el último concierto fue la evidencia de sus mejores cualidades.
Es privilegio de un artista poder contar una historia; en los cantantes de ópera, que trabajan al calor de un drama, es un imperativo. Encarnar a un personaje requiere del dominio de matices, del poder de sugerir, de la capacidad de la diversidad, aspectos que los buenos cantantes de opera alcanzan no solo con el dominio de la voz. Natalia logra ese cometido con el agregado de una sensualidad y una gracia gestual que le es propia y que el tiempo no hace sino acrecentar.
Sabemos que en el arte importan por igual el cómo y el qué. Sobre el qué no hay discusión en la ópera, un género que, a la luz de su enorme popularidad ha ido depurando un repertorio encumbrando las obras maestras y desechando las menos valiosas. En el cómo están las diferencias entre los intérpretes y de él surgen las categorías. Hay cantantes con una voz poderosa que producen un impacto considerable en la audiencia; muchos de entre ellos se dedican al cultivo y fortalecimiento exclusivo del don vocal jugando a él sus mejores fichas.
No está entre estos Natalia Raselli quien ha elegido sabia e inteligentemente construir su arte en forma orgánica y al abrigo del espíritu de los personajes que encarna. La naturalidad que evidencia proviene en parte de esa atención al carácter del personaje que interpreta y en parte al conocimiento de su propia voz, lo que la lleva a indagar y desplegar sus posibilidades sin recurrir nunca al gesto forzado ni al abuso de las facultades físicas.
¡Saludemos a una artista que, en la mejor tradición del arte universal, elige conmover en lugar de impactar, transmitir en lugar de protagonizar, cantar en lugar de asombrar!
Esperamos que este concierto en el Colón sea el primero entre otros en teatros importantes, que sus sueños se realicen y que la ópera siga encontrando a cantantes sensibles para mantener vivo uno de los legados mas apasionantes de Occidente.
Salud.
Hasta la próxima.
Pablo Izurieta
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