martes, 25 de octubre de 2011

La novedad figurativa - nota crítica a la Exposición de Alvaro Izurieta en Santa Fe


“La novedad figurativa” es el nombre de la exposición que se inauguró el 13 de octubre a las 20, en el complejo de salas Luis León de los Santos del Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez de Santa Fe.


Si bien la metamorfosis pictórica del siglo XX trajo verdaderos aportes a la aventura creativa, el legado histórico de la figuración, continúa y continuará posibilitando expresiones personales y novedosas. En la Argentina esta tradición ha dado ejemplos que iluminan su cultura artística y de los cuales el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez es fiel depositario.


La obra de Alvaro Izurieta se inscribe en este apasionante legado, con fundamento y originalidad y con la particularidad de haber arribado en el actual momento de su madurez creativa a completar un legado con un fuerte acento identitario. Sus viajes de estudio a Europa, desde el primero -a finales de la década del setenta hasta el realizado en el presente año-, han marcado siempre un punto de inflexión en el camino del artista.

Mientras que en el primero se afirma el compromiso con el oficio y la tradición figurativa, los subsiguientes motivan el inicio de verdaderas aventuras creativas en torno a temas como el color y la audacia compositiva. Por obra y gracia de los códigos artísticos este conjunto de experiencias confluyen en un arte genuinamente argentino, que aparece como un proceso natural, no buscado, producto de vivir aquí, sentir como sentimos aquí y asumir la condición de identidad de una manera cabal.

Esto es evidente en el pudor y recato en la representación de las figuras, el tratamiento de los temas pictóricos universales desde un enfoque libre y diverso, las tonalidades del paisaje inconfundiblemente argentinos, inconfundiblemente serranos-, y otros aspectos que reflejan el drama -expresado en clave artística, es decir simbólica- de lo que somos: habitantes de la periferia acostumbrados a mirar los cánones desde demasiado lejos como para sentirnos parte central de los procesos trascendentes del arte universal, lo que nos obliga a ese exceso de la imaginación que nos inflama y convierte, como al resto de Sudamérica, en una reserva creativa del mundo.


Pablo Izurieta

domingo, 23 de octubre de 2011

El arte en los tiempos del confort


-Esta nota comenzó a escribirse en un colectivo de la línea 163 que va de Flores a Hurlingham, en el conurbano bonaerense al día siguiente de haber llegado de una gira de un mes en el extranjero-

Como me había pasado otras veces a la vuelta de un viaje la mirada se dirigía a esas cosas que los hábitos ocultan. De esta manera el trayecto me resultaba sorprendente desde la observación de los íconos publicitarios hasta los hábitos de la gente en la calle. En eso estaba cuando abrí el diario que tenía en mis manos con la intención de tener noticias recientes sobre el país. Se trataba de una publicación barrial que siempre incluye notas sobre los personajes famosos del Flores. Sin saberlo, ese modesto pasquín iba a mostrarme dos frases que motivarían mi reflexión por varios días. Ambas pertenecen a escritores del barrio de generaciones muy distantes. La primera tiene que ver con el título de esta nota y pertenece a César Aira. La segunda es de Roberto Artl, y será motivo de otra nota de este blog. En el artículo titulado El misterioso señor Aira, el entrevistado dispara: “Los artistas de hoy tienen una desventaja histórica: pertenecen al mundo del confort”. Luego la nota discurrió por otros derroteros dialécticos y, para mi pesar, no ahondó en el concepto mencionado. Al terminar de leerla bajé el diario y, más o menos a la altura de Liniers, ya estaba completamente sumido en la reflexión sobre esa frase. Lo que más me llamaba la atención era la palabra histórica, con su marca de algo implacable, inevitable, que sobrepasa nuestras pequeñas individualidades. Luego pensé, como dice la frase, en que la señal más fuerte de nuestro tiempo histórico es sin dudas el auge del confort.

Cualquiera puede observar que aún las personas humildes pueden gozar del acceso a bienes culturales y de entretenimiento impensados hace unos pocos años, por más que en este proceso haya mucho de engaño y nos encontremos ante los pequeños milagros tecnológicos hogareños como un sediento en medio del mar: rodeados de lo que necesitamos sin poder tomarlo. Naturalmente un hombre de clase media, que es de donde provienen habitualmente los artistas, puede acceder en un mismo día, y sin moverse de su casa, al catálogo de una biblioteca universitaria, a fragmentos del último recital de su orquesta favorita y a un clásico del cine. Estas circunstancias inauditas son la culminación de muchos esfuerzos humanos y una marca del actual estado de bienestar.

Ahora que estamos en regla con las obviedades podemos pensar en que quizás el confort aleje al hombre de las experiencias profundamente humanas, que son aquellas de las que el arte se nutre. Las grandes obras del siglo XX fueron realizadas en su mayoría por hombres y mujeres que vivieron grandes dificultades cuando no algunas de las calamidades propias del siglo como sus grandes y traumáticas transformaciones sociales, las guerras, dictaduras y penurias que las jóvenes generaciones de la clase media de buena parte del mundo no podemos ni siquiera imaginar. Aquella vieja película que mostraba a un joven Caruso tosiendo entre los sacos de harina de la panadería paterna o, más cerca nuestro, las biografías que describen al niño Piazzolla abriéndose camino a golpes en los suburbios neoyorquinos, pasaron hoy a formar parte de las leyendas del arte y nos suenan tan lejanas como las hazañas de Alejandro Magno o las crueldades de Robespierre.

Es preciso reconocer la invalorable riqueza de las experiencias básicas, que son las que nos ponen en contacto con el espíritu humano de todas las épocas.

El desamparo, el miedo, la muerte, la soledad, el hambre, la aventura, el peligro, el aire de las montañas en el rostro, el silencio en medio de la naturaleza y muchas otras experiencias activan lazos con remotas vivencias de los hombres que habitaron este mundo mucho antes que nosotros y nos hermanan con ellos, y quizás con los hombres futuros.

Si la búsqueda creativa se aleja demasiado de este venero comienza a recurrir a estímulos débiles y sofisticados, más o menos tecnocráticos y siempre ultrarracionales y artificiosos. El producto suele ser un arte universitario que indaga en juegos y retruécanos, pero rara vez se adentra en la simple experiencia de la imaginación pura o en la emoción lisa y llana considerando cualquier lazo con la tradición como un paso atrás en la aventura artística. Sin embargo, como siempre es preciso provenir de algún sitio, este ejercicio se produce al amparo de la invención de una escuela o tendencia, lugar de límites y alcances imprecisos donde caben todos los devaneos y todas las audacias a excepción de las que provienen de la simple imaginación infantil que mora en el interior de todo artista verdadero.

Arte vano, podríamos decir de aquél que encuentra una satisfacción en sí mismo expresado en el regodeo narcisista, cuando no de la factura, de los argumentos que explican una obra.

La capacidad del artista de “soñar el sueño de la sociedad”, en palabras de Sábato, le otorga al artista un rango particular y también una responsabilidad: buscar, cada uno en su camino, nada más y nada menos que la verdad. Al escribir esto pienso en la búsqueda desesperada de Gauguin, que estimaba su viaje a las Islas Marquesas como su principal obra. Ahora podemos sentir que viajó por sí mismo y por todos los artistas que buscan el origen, el auténtico símbolo de donde nacerán todos los recursos, la imagen primigenia que engendre todas las demás. El ídolo primitivo.

Pablo Izurieta, Buenos Aires, 2011