lunes, 25 de agosto de 2008

La Cultura, ¿privilegio de pocos?


Hace poco vi la hermosa película “Balzac y la pequeña costurera china”. Los protagonistas son dos jóvenes universitarios que, junto a otros de su condición han sido enviados al campo por el régimen de Mao para realizar las duras tareas de labranza como parte de lo que se llamó la “reeducación campesina”. En las montañas y a través de unos viejos volúmenes salvados de la censura, descubren a Balzac.
En las admirables novelas del gran escritor francés, que leen en voz alta a la pequeña costurera del título de la película (apenas una adolescente hija de campesinos y analfabeta) los jóvenes descubren algo nuevo, exclamando uno de ellos que después de Balzac ha empezado a VER el mundo, como si hubiera despertado de un largo sueño para emprender la aventura del descubrimiento de la vida.

Nunca concebí a la cultura como algo distinto de un beneficio, de un regalo.
Quizás la sociedad y la escuela deban mirar a la historia con un espíritu más curioso y humilde porque probablemente, y mientras estamos embobados con lo que caracterizamos como “actual” o “divertido”, aguarden en aquella las respuestas a algunos de nuestros innumerables problemas.
No hay ninguna razón sustentable para que ignoremos las maravillosas obras que la humanidad ha producido en su transcurso siendo nosotros sus destinatarios naturales puesto que somos hombres y compartimos con todos los de nuestra raza rasgos únicos que nos identifican y hermanan más allá del tiempo y la distancia.

Como docente de Educación Artística en distintos niveles de enseñanza siempre he trabajado bajo la premisa “a los niños –y jóvenes- lo mejor”. Esto es: si puedo dejarme arrastrar por la destreza, carisma y buen gusto de un músico que, conocedor de su oficio, entrega lo mejor de sí desde un escenario; si puedo internarme en una pintura para percibir el mundo que nos muestra el artista enriqueciendo y verificando el propio; si puedo comprobar que alguien desde otro tiempo y un lugar muy distante del mío puede desde un libro por él compuesto hablarle a mi interioridad como probablemente ningún contemporáneo pueda hacerlo ¿porqué tengo que conformarme con productos diluidos, mediocres y grotescos que de ninguna manera hacen justicia a nuestra condición humana?


Es necesario decir que para que el milagro se produzca alguien debe mostrarnos eso que descubrió en un momento y que cambió su vida para siempre. Ese gesto generoso y libre nos ayudará a ver algo que maravilló y colmó a otros antes que a nosotros y que constituye el fabuloso legado de la humanidad.
Una vez que hemos admitido en nosotros ese tesoro –que comenzamos a VER algo nuevo, como el joven chino- este no nos abandonará hasta que decidamos olvidarlo o cambiarlo por otro- sería deseable que mejor que el anterior-.


El tiempo, la frecuentación y la curiosidad harán el resto y, más allá de convertirnos en expertos o no, seremos mejores gustadores de la vida y las bellezas del mundo. También es una manera de ser mejores seres humanos, más sensibles e inteligentes, porque, al igual que un hombre se realiza al lado de una mujer y viceversa, y el profesor lo hace en contacto con el alumno, nuestra interioridad crece cuando establece una correspondencia con elementos del mundo que sintetizan y a su vez describen al mundo todo.

Mentiríamos si dijéramos que para acceder al elevado goce de la cultura no debemos esforzarnos, ya que las mejores obras humanas reclaman de nosotros un espíritu curioso, una sensibilidad despierta y una predisposición del espíritu que revele entrega y un mínimo de conocimiento – algo así como una gimnasia de lo bello-; pero para esto no hay obstáculos más que los que nosotros mismos opongamos, ya que ni la edad, ni la condición social constituyen un impedimento.

“Haz tesoros que los hombres no puedan quitarte”

La frase escuchada en la niñez resonaba en mí mientras veía a los jóvenes chinos iniciar su aventura, que bien puede ser la de todos: la del espíritu y el conocimiento, para hacer la vida más grande e interesante.


Pablo Izurieta

El Taller del artista


Desde hace varios años, y algunas mudanzas, me acompaña entre mis cosas una pequeña reproducción del cuadro Alegoría de la pintura, de Vermeer. Esta obra, a la que también se conoce como El Taller del artista o simplemente El taller, muestra, en el apacible y silencioso idioma de este pintor, uno de los espacios más atrayentes de la creación artística, aquél donde nace la inspiración y donde el artista se topa cara a cara con sus miedos y también con la fantasía y el misterio del arte. Se parezca o no al inmaculado atelier de Vermeer, el taller es el sitio donde acontece el trabajo, ese hábito prodigioso desde donde el hombre se proyecta a los demás y saca lo mejor de sí.

El taller de un artista es un espacio de construcción permanente. Allí los objetos adquieren importancia más allá de su costo o valor económico mientras que otros se vuelven imprescindibles (¡cuanto le importan al pintor sus trapos, al escultor un viejo pedazo de madera que usa para medir las proporciones, al escritor un gastado lápiz con una goma en la punta con el que anota los márgenes de sus libros adorados!). La labor cotidiana va modificando el orden del taller creando nuevas constelaciones de objetos en torno al trabajo del momento, al fruto del presente. El artista convive con esos objetos que le sirven a sus fines concretos o que lo estimulan desde el silencio de su presencia (recuerdo ahora las figuras de cartón que poblaban una parte del estudio de Diego Rivera en San Angel Inn, en Estados Unidos e imagino el goce que le producía mirarlas).


En principio me gustaría distinguir los talleres de los artistas según el arte al que están dedicados. Quizás los que en mayor medida se acercan al imaginario colectivo sean los de los escritores, pintores y escultores, donde en el sedentarismo de la actividad los vincula necesariamente a ese espacio. En el caso de muchos músicos, bailarines o actores, el taller parece tener menor importancia porque mucho del trabajo ocurre en salas de ensayos, teatros, fosos de orquestas y los lugares donde se desarrollan las artes colectivas.

Vamos entonces a la búsqueda de los "ratones de taller". Hace un tiempo leí la entrevista a un escritor donde decía que cada día va a su taller (en este caso distante del domicilio) por la mañana, en un horario fijo, como si se tratara de un oficinista, y que se obliga a permanecer allí una determinada cantidad de horas, a veces produciendo, otras leyendo, otras pensando, pero siempre en el ámbito del trabajo; de esta manera encontraba la motivación para la invención.
En el contacto con las cosas del taller – un poco en serio, un poco en broma Camilo José Cela dijo una vez en una entrevista, “hay que querer a las cosas, no tanto a la gente”-, este recorte del mundo y este aislamiento, el artista va construyendo, como si de un edificio se tratara, su labor, sus hábitos, en definitiva: su obra.
La variedad de talleres y estilos de trabajo es enorme.
Escritores como Onetti, Cortázar o Sabato declararon alguna vez no tener una disciplina permanente de trabajo; otros, como García Máquez o Vargas Llosa se reconocen como trabajadores del arte, con una rutina diaria propia de titanes –muy curiosa era la forma de trabajo de Balzac con jornadas larguísimas de trabajo sostenidas a fuerza de café-.

En mi caso la rutina de trabajo es variable pero prefiero laborar por la mañana. Aún sabiendo que a esas horas la cabeza tiende a la dispersión ese es el momento donde mi mente suele estar más fresca y el cuerpo más fuerte.
El trabajo suele comenzar con la lectura, la escritura o la escucha de algo de música. Luego viene el contacto visual, silencioso con el material, y al final el trabajo práctico, en general por tramos cortos, de no más de una hora y espaciados entre sí por espacios de 20 minutos de descanso. Pienso que la etapa más importante del trabajo es el contacto silencioso con el material. Este momento ha ido cobrando importancia con el tiempo. En la lectura silente de una partitura, en la observación de cada detalle lejos de las limitaciones del instrumento, y en el ejercicio de imaginación que comporta he ido encontrando los momentos más felices de mi actividad creativa. Cuando era más joven la ansiedad de encontrarme con el sonido, de resolver los problemas de ejecución cuanto antes con más voluntad que intuición o inteligencia, me privaba de ese momento ahora capital. Creo, y en esto quizás estemos de acuerdo con artistas de otras artes, que uno debe ir al material cuando exista una idea previa en la mente, y mientras más acabada mejor. Aunque al cabo de muchos años de oficio este proceso se desarrolle inconscientemente pareciendo que es el material el que sugiere las formas, creo que todo nace de una idea previa –inconsciente o no- , de una inteligencia que señala y dirige el esfuerzo y el músculo.

De talleres varios

Hay gestos superfluos que son más literarios que efectivos, como por ejemplo el trabajo en un bar. Reconozco que varias veces lo intenté sin llegar a nada, ni siquiera una carta completa he podido escribir en esos sitios a los que indefectiblemente vinculo la charla y el encuentro. El ruido de la vajilla, además del que viene de la calle, y las innumerables instancias que ocurren durante una hora en un bar son demasiados estímulos para mi concentración. Creo que, como muchas otras cosas, estos tics nos llegan del imaginario de las vanguardias de comienzos del siglo XX.
Hemingway cuenta en París era una fiesta, del trabajo en los bares - el más famoso era Closerie des Lilas, pero también cita al Dome, al Rotonde y al Café des Amateurs-, lugares que sin dudas resultaban mucho más propicios para estar que los tristes y gélidos cuartos de hotel donde moraba con su mujer y un hijo pequeño a comienzos de la década del veinte. Sin duda la calidez del ambiente, la posibilidad de tener un baño cerca, y la profusión de alcoholes claro está, eran la verdadera causa de su afición a los cafés y no el supuesto poder inspirador de estos sitios.

En general el mejor sitio para trabajar es el más favorable a la intimidad y al silencio. Sin embargo hay notables excepciones.
Héctor Murena cuenta en su ensayo La pugna contra el silencio: Florencio Sánchez, cuenta que el autor de M’hijo el dotor y Barranca abajo trabajaba rodeado de gente de su entorno a las que pedía que hablaran entre ellas sin pausa. Así se encontrara en la habitación de un hotel, en un café o en la cocina de su casa necesitaba del bullicio, incluso del ruido, para poder trabajar, cosa que hacía sin pausas y de un solo tirón. ¿Cosa rara no?

En lo personal prefiero los talleres que albergan muchos libros y muchos discos y también donde hay lugar para el descanso y para recibir a un amigo.

Así luzca como un santuario o como un burdel, valoro al taller del artista como un espacio desde donde el hombre, tan pobrecito, tan carente de todo, cada día se construye alas como las del Icaro, para ver si esta vez puede volar como el quiere.

Hasta la próxima

Pablo Izurieta, julio de 2008

Hilda Herrera en Buenos Aires


Razón y emoción - Pathos y ethos

Desde la modernidad el pensamiento griego ha sido acusado de haber instalado en la conciencia de occidente una forma maniquea de percibir la realidad, donde los conflictos se expresan y resuelven en la lucha entre opuestos. Los ecos del racionalismo y el empirismo resuenan en nosotros ante cada experiencia. Debido al influjo del primero intentamos explicar o emitir una opinión ante cada nuevo evento, ante cada hecho que nos tiene de testigos.
Si hablamos de arte este proceso lleva necesariamente a un conflicto, pues la naturaleza de sus obras es sobre todo sensible e implica fundamentalmente a la emoción siéndole extraño cualquier otro proceso.
Confieso que en mí la mirada crítica es innata, casi espontánea, por eso, ante un hecho estético, debo esforzarme por liberar la sensibilidad de los vicios del pensamiento y de las estrecheces de la mirada del crítico. Pienso entonces: el sentimiento es un hecho completo e in-mediato (que no necesita de mediadores), el pensamiento en cambio es limitado, necesariamente un recorte de la experiencia; el sentimiento es indefectiblemente personal mientras que el pensamiento está modificado y condicionado por un sinfín de factores externos.
Como en casi todo los órdenes lo deseable es una proporcionada conjunción de los factores, tanto en la apreciación como en la producción. Hay artistas que poseen una obra llena de refinamiento mientras que su formación teórica es sumamente limitada. La erudición, por otra parte, no es sinónimo de estatura artística. La supremacía de un aspecto por sobre el otro es inevitable, la hegemonía un defecto –en lo personal he notado que en general los artistas demasiado emotivos abruman mientras que los muy cerebrales aburren-.
Creo que resulta beneficioso que el interés por el conocimiento y la curiosidad por diferentes expresiones y saberes acompañen los procesos creativos del artista logrando ese necesario equilibrio entre cultura e invención.

Hilda Herrera y el espejo de la emoción

En una pequeña sala de conciertos en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires Hilda Herrera presentó en una fría noche de agosto el recital “Argentina desde el piano”. Yo había conocido a esta pianista, compositora y docente cordobesa oriunda de Capilla del Monte, en un taller de música argentina que dictó en la ciudad de Paraná en el año 2001, adonde había ido invitada por el querido maestro Walter Heinze. Recuerdo de aquel seminario su extenso conocimiento de las numerosas especies de nuestro folclore y de la importancia que ella, instrumentista consumada, otorga a la poesía y a los poetas de nuestras canciones.
El recital de esa noche fue un hecho artístico pleno, surcado por la emoción y marcado por la variedad (característica innegable de nuestro folclore), el juego y la improvisación -esta última aparece en Hilda Herrera y en muchos de nuestro mejores músicos populares, menos como un alarde metódico que como un recurso natural y espontáneo propio del género folclórico-.
Hilda “Nena” Herrera ha hechos suyas las expresiones de la tierra y, en el camino que marcaron nuestros grandes artistas populares, con Atahualpa Yupanqui como emblema, ha construido su propia historia musical con retazos –es humanamente imposible abarcarla toda-de la música argentina. Esta simbiosis ha logrado que sus emociones lleven forma de tonadas, chacareras, tangos y milongas, a las que inevitablemente ha adornado con su impronta elegante, su aliento conmovido, su canto reverencial.
Una antigua zamba de autor anónimo fue el comienzo del recital; una chacarera de nuestro más grande maestro, Atahualpa Yupanqui, el cierre. Difícil imaginar un mejor comienzo y un mejor final. Entre ambas pasaron gatos, chacareras, tangos y la conmovedora interpretación de una milonga pampeana, entre obras propias y de otros autores.
La ausencia de un programa estampado en un papel, los comentarios entre graciosos y emotivos de la intérprete además de la concesión a algún pedido de la audiencia dieron al recital un tinte cercano, casi de respetuoso fogón criollo, si me permiten la expresión.
Sin embargo yo creo que a esto lo hizo Hilda Herrera para ocultar su modestia consciente de que su arte es arte mayor porque nace del corazón, porque es testimonio de su propia vida y de la de sus compañeros de ruta y porque además es el arte que aprendió de sus mayores.

Una vez terminando el concierto y mientras salía del teatro, me asaltó el crítico que había estado agazapado durante una hora y cuarto dentro de mí para preguntarse: ¿porqué nuestros maestros populares están casi siempre confinados a las pequeñas salas siéndoles esquiva la posibilidad de actuar en los teatros principales?, ¿porqué un ciclo llamado “Nuestros pianistas” presenta solo dos recitales completos de música argentina y de ellos uno solo, el de Hilda Herrera, música folclórica?, ¿porqué se siguen imponiendo las definiciones y categorías a la justa valoración de un arte –entendido esto a la luz del sentido limitado y peyorativo que tiene la palabra “folclore” en los ámbitos musicales “autorizados”-?; ¿a qué se debe la eterna lucha de los músicos folclóricos argentinos por encontrar un lugar digno y a la altura de su valía en la gran capital de la nación?

Quizás mis preguntas no tengan respuesta, incluso es posible que sean vanas y necesariamente postergables. Por suerte la alegría por el recital, que se prolongó en un bodegón cercano al calor de nuestra comida típica, se impuso a aquellas preocupaciones y el recuerdo de esa larga hora de arte fue más fuerte que cualquier consideración.
Una vez más ganó el sentimiento.

Pablo Izurieta


Buenos Aires, 3 de agosto de 2008