sábado, 9 de julio de 2016

El abuso de las palabras, por Pablo Izurieta



Nosotros los argentinos tenemos una tendencia histórica a la sentencia, a la clarividencia  y a los juicios categóricos, todos igualmente impunes: antes de preguntar opinamos, antes de manifestar un pensamiento dictaminamos y antes de ponderar un pensamiento o nos defendemos o atacamos.
Una sentencia reciente es la que dictamina la muerte del kirchnerismo mientras yo humildemente pienso que esto no ha sucedido ya  que si hablamos de él es porque existe como existe y existirá el Quijote hasta la primera generación que lo olvide y condene al mismo final que nos espera a todos. Y como existe seguiremos hablando de él y seguirá gravitando por influencia o por rechazo en nuestra vida política.
Yo me acostumbré a pensar a este fenómeno político y cultural a la luz de un prisma particular analizando algunos ángulos poco transitados y que probablemente nunca integren las categorías de análisis hegemónicas ni los titulares de la prensa.
Pensé abundantemente en la mala educación personal del kirchnerismo que propagó, en una pedagogía ruin, los disvalores del ninguneo, la agresión, el insulto, el imperio del ojo por ojo, el doblar la apuesta a la violencia, la soberbia intrínseca, todo desde el púlpito gubernamental[i], sabiendo que las cualidades personales no constituyen una categoría oficial de análisis de la realidad.
Ahora quiero hablar del abuso de la palabra con el conocimiento de que es un factor igualmente devaluado a la hora de analizar la política de los últimos años.

Hace poco un amigo, inflamado por la ira que le despierta el gobierno actual, me decía que él se sentía representado por la figura de la ex presidente mucho más que por cualquier político argentino contemporáneo. Mientras me decía esto yo pensaba en que no había seres menos semejantes que mi amigo, cauto casi siempre, sensible, agradable, honesto y humilde y la citada mandataria. Me pregunté entonces qué es lo que hace que alguien se sienta cercano a un opuesto de esta manera y creo que la respuesta está en la palabra.

El uso de la palabra entre nosotros es abusivo en general. Nuestra inclinación a la hipérbole, el tránsito hasta el desgaste y desactivación de algunas palabras, el exceso de verbo, su profusión inmoderada para tocar todos los temas y sobre todo el error de contentarnos con nombrar un problema para creer que solo con eso nos acercamos a la solución, nos han llevado a la peligrosa situación que deviene del mal uso de nuestro código principal.
El lenguaje es un bien inmaterial de uso necesario y obligado y esto debería llevarnos a cuidarlo, a reflexionar sobre su uso y a intentar enriquecerlo como un bien común de propiedad exclusiva de nuestra cultura[ii].
Los peligros del mal uso del lenguaje se evidencian como nunca en fenómenos fácticos como la política y creo que acabamos de vivir un momento histórico marcado por el uso abusivo del lenguaje -¿Qué otra cosa que el uso intencionado e insidioso de la palabra podría hacer pensar a mi amigo en su filiación con alguien a quien no conoce y, que lo que se conoce de ella es literalmente su opuesto? -.

La palabra nombra, representa, da entidad a las cosas, las vuelve reales. En eso estamos entrenados por la educación y lo estamos mucho más que en otros aspectos como la percepción, la sensibilidad poética, plástica o visual o la cualidad de “ver” formas en el tiempo, que es lo que construye la música.

En cuanto al kirchnerismo éste construyó, más que un relato una realidad propia a partir de su particular uso de la palabra, que denominamos de abusivo porque se perpetró en forma pertinaz, agresiva y que se presentó como la expresión de la realidad genuina por sobre la realidad “inventada”, interesada o espuria de los medios hegemónicos y luego por sobre todo lo que no fuera el propio discurso, trasladando una interpretación falaz de la realidad, que todos sabemos que es una construcción constante, diversa y por lo tanto inasible.
La realidad, hecha de palabras y de hechos, se describe y analiza con las primeras pero se prueba y se comprueba con los segundos, por eso, mientras los hechos oscuros eran compensados por palabras, la balanza de la opinión adicta se sostuvo altiva -claro que entre los viandazos que los sometió el propio uso de la palabra[iii]- pero cuando se perdió el micrófono oficial los hechos empezaron a tomar su lugar.
Sin embargo debió suceder algo extraordinario para que los hechos compensaran el abuso de las palabras y apareció el secretario del anterior ministro de planificación lanzando bolsos millonarios por sobre el paredón de una casa de retiros religiosos, y debió suceder además de esa manera improbable para que los hechos se asemejaran en importancia a castillos de palabras que parecían insuperables. Entonces vimos a los incautos simpatizantes kirchneristas reprobar con asco –no sabemos si fingido o verdadero- por primera vez un hecho, ni más ni menos vergozante que otros hechos, solo que este estaba huérfano de argumentos, aislado de las palabras, o estas eran más débiles y lejanas.

Ahora, a seis meses del fin del gobierno kirchnerista, la realidad fáctica se ha impuesto de manera brutal y nosotros no estamos hechos para soportar esto fácilmente. Cuando las cosas tienden a costar lo que valen, cuando los hechos no están disfrazados de palabras, cuando no podemos  justificar nuestra existencia en la imagen de un enemigo nos sentimos incómodos, desheredados. El elogio de la elocuencia de la doctora era, ahora lo sabemos, el del placebo que hacía a muchos dormir tranquilos sabiendo que la altura moral estaba salvaguardada por su discurso.
¡Qué duro ser argentino y vivir entre las dudas ancestrales que nos desvelan y preferimos postergar siempre! 
En fin, habrá que seguir sufriendo hasta que alguien nos enamore de vuelta y nos construya un nuevo castillo igual que los del Quijote, hecho de leyendas, de delirios, de fantasmas.
Pablo, 8 de julio de 2016

[i] Por este y otros gestos, evidencia de sus prácticas y políticas es que el kirchnerismo me parece mucho más un neo chavismo que una vuelta al peronismo original. Aspecto sumamente evidente y que, en nuestro afán de mirarnos siempre el ombligo, no hemos considerado como tal. Chávez no tuvo ningún Perón en su historia y por eso recurrió a la autoridad de Bolívar hasta el hartazgo. Aquí, el progresismo regresivo que encarnó el kircherismo invocó la memoria de Perón y Eva recuperando hasta la iconografía de aquel período.
[ii] Sabemos que cada país y cultura tiene un uso particular del idioma, en cuyas modificaciones están las señas de su historia, su realidad, sus logros y fracasos
[iii] Ver cómo cambió la consideración de la figura de Scioli en pocos días entre los simpatizantes kirchneristas por obra y gracia de la unción de la “jefa” fue todo un espectáculo para los espectadores atentos a las lógicas delirantes del populismo

domingo, 15 de diciembre de 2013

La noche que Chopin salió por la ventana

 Un espectador del Quinteto de Ramiro Gallo

Si al cabo de leer estas líneas usted concluye que son obra de alguien que tiende a realizar juicios hiperbólicos, poco realistas y hasta fanáticos le confieso que no me afligiré, sobre todo en virtud de la actual tendencia a exagerar lo malo y minimizar y hasta ignorar lo bueno o meritorio.
Tampoco será este un comentario formal y desapasionado. Si espera leer juicios como: “Ramiro Gallo, dueño de una voz propia dentro del tango actual, lidera un conjunto afiatado y equilibrado donde cada instrumento cumple su rol a partir de una orquestación hábil e imaginativa...”, le pido que desista de la lectura porque nada me interesa menos que aburrir con clichés que solo buscan el impreciso tópico de informar dejando de lado la emoción y la vivencia personal ante un hecho estético.

Describir una obra de arte entraña dificultades similares a los intentos por aludir con precisión al alba o al milagro del agua, ante ellos solo nos queda intentar representar una experiencia, la nuestra, sabiendo que, cuando se producen, introducen cambios sutiles en nuestras vidas, tan importantes como nuestra sensibilidad lo permita.

Un concierto de Ramiro Gallo y su quinteto nos coloca frente a una música sólida, completa y sin evidencias claras de sus influencias, quizás porque sus influencias son todas las que puede otorgar la tradición a un músico de talento. Y cuando decimos completa lo hacemos en virtud de los múltiples requisitos que debe reunir una obra para entrar en la discusión de la historia, es decir: conocimiento técnico, experiencia práctica, nivel instrumental, fluidez en la escritura, naturalidad, variedad, instinto 1, todo ello solo posible de ser reunido gracias al talento, en este caso con ribetes geniales, del creador aludido.

Músicos de talento hay muchos, arriesgados indagadores de los secretos de la armonía y el contrapunto otros tantos, pero artistas que construyan una música que invite al oyente a entrar en ella porque antes ha captado los matices de la respiración humana, es una cosa muy distinta.
Nada hay de extraño en la naturaleza y sin embargo nos sorprende siempre; nada suena extraño en el arte de Ramiro Gallo y sin embargo en sus conciertos tenemos la sensación de estar asistiendo al último eslabón de la cadena de un género cuya historia y arquetipos aparecen siempre como demasiado amenazantes ante lo nuevo.

Una música que se vale del carácter y la excelencia para mostrar todos los matices de la expresividad musical es inconfundiblemente obra de un fuera de serie, de un músico destinado a ocupar un lugar definitivo en nuestro panorama musical y eso pasa con la música de Gallo.

En un momento del concierto, y ante la evidencia de que estaba frente a alguien capaz de reunir lo que acabo de describir, pensé que la música que escuchaba se acercaba por su valor a la música clásica, como en un intento de la mente por encontrar un espejo donde mirar sin caer al vacío. Inmediatamente pensé que “clásico” es mucho menos un puñado de personajes famosos que una categoría universal con visos marmóreos, un canon inamovible, una cumbre infranqueable y por lo tanto tranquilizante: nada puede ser más alto que esto. Allí mismo, y entre tema y tema, advertí que estaba frente a un nuevo clásico argentino que reunía lo que mis admirados “muertitos”(y entre ellos Chopin a quien amo) quizás reunieron para los músicos y amantes de la música de otras épocas y otros pueblos2. Entonces pensé que era hora de que esas presencias lejanas e inconmovibles fueran dejando la celda de mi mente, que por un rato bajaran del podio para dejarme escuchar minuciosamente la música que se presentaba para mí en ese momento como algo familiar y totalmente nuevo a la vez: quizás como un nuevo clásico, argentino y contemporáneo.

El arte puede servir para abrir puertas a la mente y valoro grandemente que, más allá de lo dicho, haya músicos en la Argentina capaz de hacernos vivir experiencias semejantes.

Feliz año nuevo

Pablo Izurieta, 15 de diciembre de 2013


1Utilizamos la palabra instinto para aludir en este caso a la capacidad del artista para leer su realidad y a partir de eso la capacidad para dialogar con ella a través de ese complejo entramado que construyen la tradición, la actualidad musical, la influencia de los públicos y las posibilidades prácticas con que se cuenta
2En mi caso he superado hace tiempo el complejo colonialista -harto evidente en la música académica- que señala que la música nacional a priori siempre es menos que la de otros lugares

miércoles, 20 de febrero de 2013

Aquellas pequeñas cosas

Cuando uno es un adolescente lo preocupan y desvelan los grandes sueños épicos, las hazañas, el éxito. Es bueno que esto no dure demasiado, no para acostumbrarse a la pequeñez de la vida en un gesto de resignación -esa triste forma de la sabiduría, al decir de Bioy Casares- sino para descubrir los placeres modestos, como son la mayoría de los placeres mundanos, y además para habitar la dimensión existencial que más nos conviene, es decir aquella que podemos manejar sin perjucio de nuestra salud.
En mi caso los años han despertado un gusto extraño por lo nimio, que en vez de medir como insignificante imagino como importante. Un pequeño dato como el horario de un servicio de larga distancia, una situación como la elección de la mesa de un bar, un encuentro con un desconocido o la contemplación de objetos como un cartel en la ruta me motivan historias, cálculos, hipótesis y suposiciones que mi imaginación eleva a la categoría de cuestiones importantes al punto de parecerme extraño que las demás personas no los valoren como tal.
Esto ha derivado naturalmente en una atención creciente sobre aspectos más o menos relegados de la realidad como son aquellas cosas que acompañana los hechos y que no "califican" para convertirse en aspectos dignos de ser contados o discutidos pero que sin embargo pueden resultar trascendentes para la relevancia del hecho. Por ejemplo, en una clase de historia la situación parte de la exposición del tema X  presentado por el profesor Y ante el auditorio Z. Podemos hablar un rato del hecho describiéndolo, calificándolo, midiéndolo pero también podemos pensar en lo que hay detrás del profesor, su historia, sus lecturas, sus renuncias, sus sueños; podemos pensar en el estilo de su comunicación, en porqué su voz suena descarnada, gastada o jovial; podemos medir la atención de los alumnos en base a su exiguo pasado, en sus expectativas, sus urgencias y hasta podemos detenernos en el ámbito físico que ocupan ambos para detectar las señales significativas que presenta. En esta operación banal y simple estamos pasando del mundo supuestamente real a la literatura.
Quizás suene muy proustiano pero en esos pliegues de la realidad se encuentra quizás lo más interesante de ella, quizás estén aquí, semi ocultas, las señales que nos permitan interpretar algo tan complejo como la contemporaneidad. Para mi es así y lo es en una forma creciente ya que este modo de ver desarrolla un sentido que se refina con el tiempo pasando a confundir los planos de la realidad, trastocándolos en un constante juego de figura y fondo donde ninguno es más importante que el otro o donde lo menos importante pasa a ser decisivo, sugerente y atractivo con mayor frecuencia.
Un escritor dijo una vez que su oficio consistía principalmente en espiar el escenario de la realidad desde detrás del telón para descubrir los hilos que nos mueven y nos hacen actuar como si fuéramos importantes.
Esto ocupa cada vez más espacio en mi consideración de los hechos y de eso tan complejo e inasible que llamamos realidad.
En el caso del arte, uno de los temas que más ha ocupado mi vida, muchas preguntas vinculadas a lo anterior se suscitan cuando pienso en los creadores de las obras que admiro, no en el sentido vulgar que expresa la curiosidad por saber a qué horas escribe tal o si la letra aparece primero que la música en el caso del compositor cual, sino más bien en esa chispa misteriosa que lleva a alguien a querer seguir escribiendo después de décadas de llevar haciéndolo, en la energía, impulso o magia que lleva a alguien a seguir conservando la infantil costumbre de imaginar mundos a partir de la realidad humana pero que la sobrepasa en estilo y talento, a ese momento donde la vida doméstica se funde con algo superior que solo podrá ser expresado a través de una de las formas de la belleza.
Hasta la próxima

domingo, 9 de septiembre de 2012

Maradona – Messi, épica y pragmatismo


Hace algunos meses que dejé de mirar fútbol. La violencia, dentro y fuera del césped, el obsceno negocio que ya nadie se preocupa en disimular y sobre todo el bajo nivel del juego me alejaron de la pantalla cada vez que hay un partido y mucho más de las canchas a las que alguna vez fui con entusiasmo y genuina emoción. Sin embargo, por esas cosas de la cultura y de las poderosas marcas de la infancia, sigo siendo un fanático exclusivo de este deporte más allá de las decepciones –tendré que reconocer finalmente la veracidad de ese canto primitivo que dice “es un sentimiento, no puedo parar”-. Quizás eso explique estas líneas que, a partir de una trillada y recurrente comparación, me llevan  a hablar de fútbol, como una de las cosas más queridas por mi.
Para comenzar voy a decir que yo no veo diferencias en las condiciones para el juego entre Messi y Maradona. No creo que exista otro jugador más parecido a Diego en su físico retacón, ideal para este deporte –que en su mejor expresión, por si alguien aún no lo sabe, se juega al ras del suelo-, en la potencia, la velocidad y los infinitos e inesperados recursos para evadir al rival. Los dos son goleadores sin ser exclusivamente delanteros y sobre todas las cosas, ambos pueden darse el lujo de los fuera de serie de tener que preocuparse solamente por  jugar tácticamente libres pues la conexión con su instinto es tan fuerte que siempre saben lo que tienen que hacer.
La diferencia sustancial que encuentro es una sola e intentaré describirla a continuación.

Un poco de historia
El ciclo virtuoso de Maradona dura tan solo cuatro años: desde el mundial del ’86, hasta el año 1990 donde gana el segundo scudetto para el Napoli y el subcampeonato del mundo con la selección argentina. En ese período se consagra campeón y subcampeón con Argentina - en un ciclo exitoso difícilmente repetible para nuestra selección- campeón de la copa UEFA y dos veces campeón del scudetto con el Nápoli. Un título mundial, otro continental y dos nacionales en el país donde jugaba son suficientes para su consagración definitiva.  Antes de eso tuvo lugar el ascenso a la categoría de mejor jugador del mundo, el coqueteo con la impunidad que le daba serlo y el comienzo de sus adicciones. Después de eso, la promesa permanente de una resurrección que nunca llegó.
Esos cuatro años fueron sin embargo suficientes para convertir a Maradona en un símbolo de inagotables significados, complejo, obviamente contradictorio y válido para aludir a un tiempo extinto, muy distinto del actual.

El último jugador épico
El mundial del 86’ lo lleva a convertirse en el mejor jugador del torneo y, por extensión, del mundo. Allí tiene lugar quizás el punto más alto de su carrera: el partido contra Inglaterra por los cuartos de final. Quien piense que ese fue un simple partido de fútbol se equivoca. Solo basta con revisar las entrevistas al respecto de los futbolistas que lo jugaron para comprender el real significado de este enfrentamiento.  Inglaterra se estaba consolidando como uno de los países más poderosos del planeta mediante la gestión implacable de M. Thatcher – luego de la caída del muro de Berlín tres años después y del ingreso al G8 esta aspiración se concretaría en su actual dimensión- y la victoria reciente en una guerra contra nuestro país, altamente desigual por cierto. “Nosotros jugamos por los muertos de las Malvinas”, dijo Maradona en un reportaje a Kusturica, ventilando una promesa interna del vestuario argentino en México. Por eso los dos goles de Maradona son emblemáticos. El primero, con una mano que sigo sin ver en las filmaciones, es sin dudas la mayor “mojada de oreja” deportiva al imperio imaginada, más insolente que pícara, más genial que intencionada. El segundo es simplemente el gol más lindo de la historia de los mundiales, que sirve de piedra de toque para inaugurar su condición de jugador épico. Un jugador proveniente de un país periférico, liderando un equipo con jugadores que se desempeñaban mayoritariamente en su tierra, se consagra como el mejor jugador del mundo y ganador del mundial fuera de su país en una época de enormes jugadores.

Dos años antes Maradona había sido comprado por el Nápoli, el equipo más popular del sur de Italia. Mucho se habló de la identificación del ídolo con este club y su ciudad. Indudablemente la condición periférica y marginal napolitana era el mejor ámbito imaginable para Maradona y el ambiente que necesitaba para desplegar su condición épica.

En la década del 80’ la diferencia entre el norte y sur italianos era más pronunciada que en la actualidad, Italia no era tan rica como ahora y las diferencias eran más marcadas. Cada gol de Diego, cada finta, cada triunfo eran victorias para su equipo al mismo tiempo que lo eran contra el hegemónico norte. Ese antagonismo le es necesario para expresar su odio intrínseco, la rabia del eterno marginado. Como un Espartaco redivivo, Maradona encabeza su ejército de esclavos para arrebatarle el poder a Roma con más astucia que riqueza, con más corazón que dinero, y lo consigue concitando tanto odio como fanatismo. Ese es su destino y la causa de su ocaso; por eso es un símbolo complejo y difícil de explicar.
El fin era previsible. La victoria sobre Italia en Nápoles en el mundial del 90’, logrando el inédito hecho de que los locales alienten a la Argentina por su pedido, es demasiado. Mermado por sus adicciones, por una insolencia que parece infinita, por sus acusaciones a la FIFA y sobre todo por el odio del poder al que estaba destinado fastidiar, Maradona cae en un proceso por consumo de cocaína que lo lleva a la inhabilitación de la Federación Italiana en marzo de 1991. Es un golpe de gracia en lo más alto de su carrera similar al que ocurriría tres años más tarde en EEUU, en circunstancias injustas (por una falta idéntica al jugador español Calderé le dieron una sola fecha de suspensión) que solo sirve para actualizar y reafirmar su conflictivo vínculo con el poder.

Esa derrota personal es mucho más que eso. Pocos años más tarde el mundo entraría en esta versión domesticada y previsible que transitamos ahora. Ya no son posibles las victorias sobre el imperio porque este es igual al poder económico y ha tomado formas complejas y viscosas difíciles de distinguir. El patriotismo se desintegró en la globalización y el espectáculo se independizó aislándose de otros significados y reivindicaciones. Acentúa esta tendencia aséptica que los mejores jugadores sudamericanos jueguen, casi en su totalidad, en el centro del poder futbolístico, es decir en Europa, y como símbolo ¿no es la pintura de los colores patrios en el rostro la evidencia de la epidérmica forma en que se vive la identificación con lo nacional en la actualidad? Con el G8 y el G 20 bien definidos las luchas norte-sur, desarrollo-sub-desarrollo son totalmente anacrónicas. De allí que la lucha que libró Maradona sea la clausura de una época donde la reivindicación era aún posible, donde aún era posible soñar con una “mojada de oreja” al imperio.

Maradona y la Argentina
Hay en el deseo de todos los argentinos que vivimos la época de Maradona un elemento de análisis que radica en esa cuasi plegaria colectiva por su vuelta que extendimos hasta el límite de la realidad. No era solo el pedido por un hombre que nos había dado alegría, era también el recuerdo de una época donde nacimos a la democracia creyendo por momentos que un renacer total era posible, donde las marcas del subdesarrollo podían disimularse con cierto decoro y podíamos presumir de ser los mejores del mundo en algo, donde nuestra romántica y adolescente idea progresista y socialista de la vida tenía un hombre capaz de defenderla peleándole con fiereza al imperio, donde pensábamos que era posible llegar desde el barro a los más alto en un momento donde hasta en los ranchos más humildes el padre trabajaba y la madre señalaba el norte de la dignidad.
Es por eso que un hombre se convierte en un símbolo: porque representa, en sus abismos y complejidades a un colectivo social. Porque con Maradona era posible ser pícaro y eficaz al mismo tiempo (¡qué distinto su rostro del bobalicón de Messi o Ronaldhino, o del hieráticamente soberbio de Cristiano Ronaldo!)  y sobre todo porque era factible llegar a lo más alto sin renunciar a las señas culturales particulares.

Messi, ídolo moderno
Le tocó a Messi un escenario totalmente distinto. Sin sur al que reivindicar, sin imperio al que humillar su desafío consiste en llevar al extremo el pragmatismo que lo caracteriza. Si alguna vez se identificó a Maradona con el jugador arquetípico de nuestro fútbol, eso no se repite con Messi. Con nuestro asumido subdesarrollo nada es más distinto ahora de nuestro país que este superdotado futbolístico. Ante el indisimulable fracaso colectivo, el hábito consolidado de hablar estérilmente sin conseguir cambiar la realidad aparece este fenómeno que es todo concreción, la imagen viva del éxito además de un motivo de orgullo y un placer a los sentidos. Maradona era el representante de un pueblo y una época, Messi un prodigio tan deslumbrante como lejano.

La diferencia
Es mínima y enorme al mismo tiempo. A uno le tocó ser el último gran jugador épico y el símbolo de una época donde la patria se mezclaba con el deporte y la historia. Al otro le toca nadar como pez en el agua dentro de la era del universo omnipotente del espectáculo donde todo nace y muere en si mismo. Las armas, el talento son similares, casi idénticos, la finalidad muy distinta.
El presidente de Argentinos Juniors en la época de Maradona dijo “Yo ya vi todo lo que tenía que ver”. Algo parecido nos puede pasar a los que asistimos a esa época que no alcanzábamos a comprender del todo mientras la transitábamos. Quizás Diego fue con su juego el canto de cisne de los deportistas que vivían el conflicto amor-dinero, patria-conveniencia, poder-deber antes de que esta lucha fuera imposible. Los que asistieron al misterio de Maradona me van a entender[i].  El misterio radica por ejemplo en desafiar siempre la lógica consagrando permanentemente lo inesperado, en defender gratuitamente la estética por sobre la potencia y sobre todo en ese plus que da el espíritu de haber vivido lo más bajo, que nunca se olvida[ii]. Este hecho lo eleva a esa categoría de deportista que se asemeja a los artistas en su preferencia por la estética y en la capacidad de concentrar la vida en un solo punto, un único gesto inflamado de belleza por obra y gracia de la intensidad creativa.
Este es mi homenaje a estos dos grandes del fútbol, parecidos, pero nunca iguales.

Pablo Izurieta, 10 de setiembre de 2012





[i] Una vez un amigo uruguayo me dijo que los argentinos teníamos en Perón, el Che Guevara y Maradona tres formas del misterio; ahora lo pienso yo también.
[ii] En este sentido cabe recordar que Diego, dueño de una enorme energía y potencia, prefirió siempre la sutileza a la fuerza. Sus goles más memorables (los dos goles a los ingleses y el gol a Italia en México 86, el tiro libre a la Juve, el gol a River con Filloy revolcándose en el barro por citar los que guardo más vívidamente en la memoria) son caricias a la pelota.

martes, 25 de octubre de 2011

La novedad figurativa - nota crítica a la Exposición de Alvaro Izurieta en Santa Fe


“La novedad figurativa” es el nombre de la exposición que se inauguró el 13 de octubre a las 20, en el complejo de salas Luis León de los Santos del Museo Provincial de Bellas Artes Rosa Galisteo de Rodríguez de Santa Fe.


Si bien la metamorfosis pictórica del siglo XX trajo verdaderos aportes a la aventura creativa, el legado histórico de la figuración, continúa y continuará posibilitando expresiones personales y novedosas. En la Argentina esta tradición ha dado ejemplos que iluminan su cultura artística y de los cuales el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez es fiel depositario.


La obra de Alvaro Izurieta se inscribe en este apasionante legado, con fundamento y originalidad y con la particularidad de haber arribado en el actual momento de su madurez creativa a completar un legado con un fuerte acento identitario. Sus viajes de estudio a Europa, desde el primero -a finales de la década del setenta hasta el realizado en el presente año-, han marcado siempre un punto de inflexión en el camino del artista.

Mientras que en el primero se afirma el compromiso con el oficio y la tradición figurativa, los subsiguientes motivan el inicio de verdaderas aventuras creativas en torno a temas como el color y la audacia compositiva. Por obra y gracia de los códigos artísticos este conjunto de experiencias confluyen en un arte genuinamente argentino, que aparece como un proceso natural, no buscado, producto de vivir aquí, sentir como sentimos aquí y asumir la condición de identidad de una manera cabal.

Esto es evidente en el pudor y recato en la representación de las figuras, el tratamiento de los temas pictóricos universales desde un enfoque libre y diverso, las tonalidades del paisaje inconfundiblemente argentinos, inconfundiblemente serranos-, y otros aspectos que reflejan el drama -expresado en clave artística, es decir simbólica- de lo que somos: habitantes de la periferia acostumbrados a mirar los cánones desde demasiado lejos como para sentirnos parte central de los procesos trascendentes del arte universal, lo que nos obliga a ese exceso de la imaginación que nos inflama y convierte, como al resto de Sudamérica, en una reserva creativa del mundo.


Pablo Izurieta

domingo, 23 de octubre de 2011

El arte en los tiempos del confort


-Esta nota comenzó a escribirse en un colectivo de la línea 163 que va de Flores a Hurlingham, en el conurbano bonaerense al día siguiente de haber llegado de una gira de un mes en el extranjero-

Como me había pasado otras veces a la vuelta de un viaje la mirada se dirigía a esas cosas que los hábitos ocultan. De esta manera el trayecto me resultaba sorprendente desde la observación de los íconos publicitarios hasta los hábitos de la gente en la calle. En eso estaba cuando abrí el diario que tenía en mis manos con la intención de tener noticias recientes sobre el país. Se trataba de una publicación barrial que siempre incluye notas sobre los personajes famosos del Flores. Sin saberlo, ese modesto pasquín iba a mostrarme dos frases que motivarían mi reflexión por varios días. Ambas pertenecen a escritores del barrio de generaciones muy distantes. La primera tiene que ver con el título de esta nota y pertenece a César Aira. La segunda es de Roberto Artl, y será motivo de otra nota de este blog. En el artículo titulado El misterioso señor Aira, el entrevistado dispara: “Los artistas de hoy tienen una desventaja histórica: pertenecen al mundo del confort”. Luego la nota discurrió por otros derroteros dialécticos y, para mi pesar, no ahondó en el concepto mencionado. Al terminar de leerla bajé el diario y, más o menos a la altura de Liniers, ya estaba completamente sumido en la reflexión sobre esa frase. Lo que más me llamaba la atención era la palabra histórica, con su marca de algo implacable, inevitable, que sobrepasa nuestras pequeñas individualidades. Luego pensé, como dice la frase, en que la señal más fuerte de nuestro tiempo histórico es sin dudas el auge del confort.

Cualquiera puede observar que aún las personas humildes pueden gozar del acceso a bienes culturales y de entretenimiento impensados hace unos pocos años, por más que en este proceso haya mucho de engaño y nos encontremos ante los pequeños milagros tecnológicos hogareños como un sediento en medio del mar: rodeados de lo que necesitamos sin poder tomarlo. Naturalmente un hombre de clase media, que es de donde provienen habitualmente los artistas, puede acceder en un mismo día, y sin moverse de su casa, al catálogo de una biblioteca universitaria, a fragmentos del último recital de su orquesta favorita y a un clásico del cine. Estas circunstancias inauditas son la culminación de muchos esfuerzos humanos y una marca del actual estado de bienestar.

Ahora que estamos en regla con las obviedades podemos pensar en que quizás el confort aleje al hombre de las experiencias profundamente humanas, que son aquellas de las que el arte se nutre. Las grandes obras del siglo XX fueron realizadas en su mayoría por hombres y mujeres que vivieron grandes dificultades cuando no algunas de las calamidades propias del siglo como sus grandes y traumáticas transformaciones sociales, las guerras, dictaduras y penurias que las jóvenes generaciones de la clase media de buena parte del mundo no podemos ni siquiera imaginar. Aquella vieja película que mostraba a un joven Caruso tosiendo entre los sacos de harina de la panadería paterna o, más cerca nuestro, las biografías que describen al niño Piazzolla abriéndose camino a golpes en los suburbios neoyorquinos, pasaron hoy a formar parte de las leyendas del arte y nos suenan tan lejanas como las hazañas de Alejandro Magno o las crueldades de Robespierre.

Es preciso reconocer la invalorable riqueza de las experiencias básicas, que son las que nos ponen en contacto con el espíritu humano de todas las épocas.

El desamparo, el miedo, la muerte, la soledad, el hambre, la aventura, el peligro, el aire de las montañas en el rostro, el silencio en medio de la naturaleza y muchas otras experiencias activan lazos con remotas vivencias de los hombres que habitaron este mundo mucho antes que nosotros y nos hermanan con ellos, y quizás con los hombres futuros.

Si la búsqueda creativa se aleja demasiado de este venero comienza a recurrir a estímulos débiles y sofisticados, más o menos tecnocráticos y siempre ultrarracionales y artificiosos. El producto suele ser un arte universitario que indaga en juegos y retruécanos, pero rara vez se adentra en la simple experiencia de la imaginación pura o en la emoción lisa y llana considerando cualquier lazo con la tradición como un paso atrás en la aventura artística. Sin embargo, como siempre es preciso provenir de algún sitio, este ejercicio se produce al amparo de la invención de una escuela o tendencia, lugar de límites y alcances imprecisos donde caben todos los devaneos y todas las audacias a excepción de las que provienen de la simple imaginación infantil que mora en el interior de todo artista verdadero.

Arte vano, podríamos decir de aquél que encuentra una satisfacción en sí mismo expresado en el regodeo narcisista, cuando no de la factura, de los argumentos que explican una obra.

La capacidad del artista de “soñar el sueño de la sociedad”, en palabras de Sábato, le otorga al artista un rango particular y también una responsabilidad: buscar, cada uno en su camino, nada más y nada menos que la verdad. Al escribir esto pienso en la búsqueda desesperada de Gauguin, que estimaba su viaje a las Islas Marquesas como su principal obra. Ahora podemos sentir que viajó por sí mismo y por todos los artistas que buscan el origen, el auténtico símbolo de donde nacerán todos los recursos, la imagen primigenia que engendre todas las demás. El ídolo primitivo.

Pablo Izurieta, Buenos Aires, 2011

viernes, 2 de abril de 2010

Los hijos y el futuro


“que triste la gente sin otra finalidad en la vida que
la de hacer hijos sin saber porqué ni para qué”

Caín, José Saramago

Mi hermano Ramiro, que sin haber leído demasiado tiene buen ojo para los libros, me regaló para mi último cumpleaños el Caín de Saramago. Confieso que otras veces el estilo verborrágico y lineal del premio Nobel me desanimó a las pocas páginas. Esta vez sin embargo, la potencia e interés del texto me cautivaron desde el comienzo y llegué hasta la última página con la misma expectativa.
No te asustes porque este no será el comentario arbitrario y pedante de un libro, más bien intentaré dar forma a un pensamiento que saltó para mí del argumento como un pez del fuentón. Me refiero a un tema que el libro toca descarnadamente: la paternidad.

La punta del ovillo apareció tras el epígrafe que abre estas líneas y que inmediatamente me llevó a pensar en la idea de la dimensiones humanas.
El punto es muy sencillo. Los seres humanos habitamos dos dimensiones humanas básicas: la personal y la social. Ambas son inevitables, ambas nos reclaman y tienen la característica de ser de difícil compensación -rara vez el éxito de una se compensa con la fortuna de la otra-.
Sigamos adelante. El hecho que principia la vida es la procreación (origen de la persona), las numerosas repeticiones de este hecho conforman los grupos sociales (origen de las sociedades).

La paternidad
En la psicología del que procrea imaginamos que la importancia y rotundez del suceso de dar vida obliga al sujeto a correrse del centro exclusivo de sus preocupaciones personales para admitir al nuevo miembro, cuyas vicisitudes lo afectarán irremediablemente. Podemos concluir entonces que el que procrea inaugura preocupaciones sociales que antes ignoraba. Su mundo social se amplía con la llegada de un nuevo ser por el que además deberá responder y el compromiso con el entorno se renueva y adquiere mayos consistencia -de allí pensamos que los padres que inculcan en sus hijos una actitud especulativa, desconfiada y violenta respecto de los demás y como una forma de defensa del entorno, incurren en el doble error de la agresividad y la contradicción, ya que, habiendo provocado el hecho social básico, pretender negarlo-.

Lo social
El ser humano está llamado a la vida social. Casi todo lo que hace o ha hecho ha sido inspirado y modificado por los demás y a ellos está destinado. Los grupos humanos se organizaron históricamente en torno a las demandas y producciones de los hombres particulares y logran su cohesión cuando se acuerdan las reglas que protegerán a los individuos y propiciarán su desarrollo.
Hoy lo social atraviesa una enorme crisis mundial. Los paradigmas del capitalismo han entronizado la búsqueda del éxito y del dinero desplazando a las demás preocupaciones humanas. En este contexto la educación ha sido sustituida por la información –cuanto más utilitaria mejor-, el trabajo por la explotación, la cultura por la diversión, la diversión por el aturdimiento, la salud por la estética, la belleza por la provocación, la sexualidad por la promiscuidad, el descanso por la pereza, el bienestar por la acumulación y la vocación por el oportunismo, entre otros males.[1]

La Argentina
En nuestro país esa confusión adquiere un perfil característico teñido de nuestros propios males y debilidades.
Podemos comenzar por decir que, en conceptos de Roberto Arlt, el argentino se ha tornado desconfiado. Carezco de los conocimientos necesarios para precisar el origen de este mal, pero creo que parte de nuestra desconfianza se basa en el fracaso de nuestro país en el sentido de lo social: como no puedo, por incapacidad o falta de hábito unirme a los otros en un sentido positivo, los desdeño o subestimo.

En la Argentina todos somos pelotudos para otro, y esto es fundamentalmente producto de la desconfianza que suscitamos en el prójimo.
El problema es que la desconfianza es un sentimiento que nos empequeñece y que además recorta nuestra personalidad. ¡Cuánta energía empleamos en evitar la burla o la violencia a la que nos expone la desconfianza!

Para ejemplificar copio dos oraciones del famoso escrito de Julián Marías sobre los argentinos:

Cada uno (de los argentinos) es un genio y los genios no se llevan bien entre ellos; por eso es fácil reunirlos, pero unirlos... imposible.
Tienen un espantoso temor al ridículo, pero se describen a si mismo como liberados.


La desconfianza, aunque esté medianamente justificada en los tiempos que corren, adquiere tintes dramáticos cuando nos lleva a convertirnos en enemigos de nuestros compatriotas. ¿Qué significan la violencia urbana, los 22 muertos por día en accidentes de tránsito, los piquetes, el enfrentamiento entre delincuentes y no delincuentes que muestra diarios casos de justicia por mano propia, sino una enorme crisis de los lazos sociales?
La incapacidad para construir acuerdos sociales fuertes y prósperos debilita a las sociedades minando su capacidad para desarrollar anticuerpos contra los males globales.

No quiero afligirlo mi querido lector con frases sospechadas de pesimismo. Debemos mencionar también que las cosas pueden cambiarse y le propongo una acción inicial: erradicar de nosotros la maledicencia, defecto egoísta que se extiende entre los argentinos como el aceite sobre el agua.


Si desaparecieran de nuestros hábitos la risita socarrona y dejara de repetirse la criolla postal de dos personas hablando mal de un tercero que hace instantes estaba con ellos creo que habremos dado un paso.

Los hijos
Luego de este rodeo vuelvo al tema del comienzo para expresarlo en unas pocas preguntas en torno de la señalada desconfianza en el prójimo y en la crisis de lo social:
¿es consciente el hombre contemporáneo de la naturaleza social de la procreación y de los compromisos que entraña?
¿puede un hombre procrear libremente y sin cuestionamientos cuando desconfía esencialmente del grupo social al que pertenece?
¿puede este mismo individuo proyectar su familia solo desde un ángulo individual sin considerar las condiciones sociales en las que ese nuevo ser crecerá?
¿puede un hombre ético alentar el crecimiento de una familia sin contribuir al crecimiento del entorno?
¿es ético procrear en un medio en el que la dignidad de los hombres no está garantizada?
Y por último: ¿de dónde saca fuerzas el hombre para dar vida cuando no cree en el futuro?

Final
Los argentinos somos demasiado sentimentales en nuestros juicios, y especialmente cuando hablamos de los hijos, dándole al tema un tinte de desbordada emotividad. Vuelvo a Marías:

No le habléis de lógica. La lógica implica razonamiento y mesura. Los argentinos son hiperbólicos y desmesurados, van de un extremo a otro con sus opiniones y sus acciones.


Una simple observación me indica que las principales causas de la procreación son dos: el descuido (léase irresponsabilidad) o la confirmación de la seguridad económica de los futuros padres.
Luego vienen los dislates. Alguna vez escuché con estupor decir a alguien que iba a tener tantos hijos como la tía X o como Charles Ingalls. Tampoco puedo digerir fácilmente las planificaciones familiares con una agenda en la mano. Más bien pienso que el nacimiento de los hijos proviene de una compleja ecuación entre el tiempo biológico (personal) y el cronológico (histórico - social).

En la cima desesperada del mundo contemporáneo uno podría pensar como Discépolo en Cambalache “todo es igual, nada es mejor”, a lo que debemos responder: de ninguna manera. Sin temor a parecer demasiado kantianos en la severidad de los juicios morales hay que recordar que no hay nada que justifique nuestras faltas personales. Me refiero a que ni siquiera una debacle exterior nos redime de ellas: los errores individuales no se conmutan por las injusticias colectivas.

Hasta aquí esta reflexión que solo ha intentado defender el derecho a preguntarnos sobre los asuntos humanos, además de poner en evidencia la condena social a quienes no tienen hijos culpándolos de egoísmo, comodidad o desamor sin considerar que hay razones de tipo ético que influyen en decisiones tan importantes como la procreación. Quizás solo se trate de una justificación personal. De todas maneras, si estas palabras suscitaron en algún momento la reflexión en torno de alguno de los temas que plantea, habrán cumplido ampliamente su cometido.


Pablo Izurieta, Córdoba, enero de 2010


[1] Esto nos lleva a perder de vista los proyectos realmente importantes en una comunidad o una familia, que son, en el plano personal, la salud, la educación, el desarrollo de las propias capacidades y la cultura; y en el social la capacidad de asociarse, la solidaridad, la generosidad.