jueves, 25 de septiembre de 2008

Sobrevolando la cultura nacional

-primera entrega-

"Por amor al arte"

Si bien es cierto que nuestro país no ha hecho una costumbre del cultivo y disfrute del arte –el aserto es de Eduardo Mallea-, existe en una parte importante de nuestro conglomerado social (quizás por influencia de la labor de la generación del 80’, quizás por lo mismo que señalamos arriba, ya que lo que no se conoce se desdeña o se venera) una suerte de devoción por la cosas de la cultura, entendidas por buena parte de nosotros como algo puro, incontaminado, cercano a lo sagrado, venerable.

Esto habla claramente de una concepción romántica de la cultura, que se fundamenta y explica por la fuerte influencia europea de las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX, en plenos períodos romántico y neorromántico.

Varias evidencias lo demuestran, entre ellas la escisión entre los conceptos de arte y comercio; la idea de que las cosas del arte deben permanecer en la esfera de lo gratuito, de lo incontaminado por el dinero; la existencia de programas culturales que proclaman la gratuidad de su oferta pero nunca el intento de elevar el nivel productivo de los artistas, entre otras.

Los artistas argentinos convivimos con esta sombra que se corporiza a menudo cuando reclaman de nosotros esfuerzos altruistas, argumentando que “total, lo hacen porque les gusta”.
Otro costado de este mismo aspecto, y como contrapartida, lo constituyen aquellos esfuerzos titánicos llevados a cabo por nobles emprendedores de nuestro país que, con la sola fuerza de su pasión y entusiasmo, emprenden tareas quijotescas en medio de enormes dificultades (pienso ahora en los muchos entusiastas que en las grandes ciudades o en los pequeños pueblos de la Argentina conducen programas de radio, dirigen coros, escriben proclamas y pintan murales quitándole horas al sueño, como un gesto de resistencia cultural, reviviendo un recurso inalienable del ser humano).
De la misma manera que la cultura de un pueblo no puede fundarse sobre los casos excepcionales, tampoco puede hacerlo invocando la tarea de quienes dan todo sin recibir nada a cambio, porque es oportunista, porque no es justo y porque además estos esfuerzos muchas veces, y debido a su naturaleza, son efímeros.
Y no crean que esta es una diatriba más contra el estado, aunque si lo incluya. En lo personal, a la invocación a trabajar por amor al arte la he escuchado más veces de los propios colegas que de los funcionarios con que he tratado -por otra parte ajenos en todo a las experiencias e intereses artísticos-.

Mi breve experiencia en el extranjero me sirvió para ver que la cultura puede ser entendida de maneras muy distintas a la nuestra; por ejemplo en aquellas sociedades donde el arte está inserto en una cadena productiva que reclama ciertos méritos y que, al menos en lo económico, aparece como más justa.

El desafío consiste entonces en, sin abandonar el entusiasmo que nos es propio, trabajar en el sentido de profesionalización de la actividad artística como una condición ni más ni menos que de su supervivencia.

Hasta la próxima

Pablo Izurieta
Buenos Aires, 25 de setiembre de 2008

martes, 2 de septiembre de 2008

Prestar oídos

La expresión está pasada de moda, ¿la acción que sugiere también?.
La labor del intérprete musical es ardua; por un lado implica el dominio del instrumento elegido, lo que lleva muchos años adquirir, aún en el caso de los más dotados. En forma paralela se debe educar la sensibilidad y adquirir un criterio personal frente a las muchas posibilidades que ofrece la profesión, para luego dedicarse a ensanchar cada día el camino que se ha elegido.
Sin embargo esto no es todo; es simplemente una parte de un proceso que se completará adquiriendo su real sentido y dimensión en el contacto con el público. Para que ello se produzca es indispensable un compromiso de ambas partes, en principio del intérprete, para con el compositor, consigo mismo y con el oyente; este último deberá, por su parte, esforzarse para comprender lo que está sucediendo en el singular e irrepetible momento del concierto. Sin este pacto tácito entre ambas partes el hecho artístico simplemente no se produce –es como una cita entre dos personas a la cual una no asiste, o mejor, a la que acude un impostor que fingirá interés y, si se anima, hasta improvisará extrovertidos gestos y exclamaciones de aprobación-.
Ahora bien, el cumplimiento del compromiso al que aludimos otorga al público genuinos beneficios más allá, claro está, del goce estético. Por un lado lo proveerá de elementos para una crítica fundada y digna de ser tenida en cuenta; por otro la posibilidad de la aprobación o la reprobación igualmente fundadas (¿quién dijo que toda ejecución merece el aplauso?).“La música es un ruido sin sentido hasta que se encuentra con una mente receptora”, dijo el compositor alemán Paul Hindemith, invitándonos de alguna manera a un encuentro que, si se torna asiduo y exigente, terminará por darnos buenos públicos y contribuirá a la formación de mejores intérpretes. Por último nos parece oportuno rescatar la instancia del concierto público como una posibilidad de encuentro a través de un hecho estético (y por lo tanto elevado) que contribuya a enriquecer nuestra sensibilidad además de significar una experiencia franca y directa en este mundo nuestro de sustitutos y de máscaras.