
Desde hace varios años, y algunas mudanzas, me acompaña entre mis cosas una pequeña reproducción del cuadro Alegoría de la pintura, de Vermeer. Esta obra, a la que también se conoce como El Taller del artista o simplemente El taller, muestra, en el apacible y silencioso idioma de este pintor, uno de los espacios más atrayentes de la creación artística, aquél donde nace la inspiración y donde el artista se topa cara a cara con sus miedos y también con la fantasía y el misterio del arte. Se parezca o no al inmaculado atelier de Vermeer, el taller es el sitio donde acontece el trabajo, ese hábito prodigioso desde donde el hombre se proyecta a los demás y saca lo mejor de sí.
El taller de un artista es un espacio de construcción permanente. Allí los objetos adquieren importancia más allá de su costo o valor económico mientras que otros se vuelven imprescindibles (¡cuanto le importan al pintor sus trapos, al escultor un viejo pedazo de madera que usa para medir las proporciones, al escritor un gastado lápiz con una goma en la punta con el que anota los márgenes de sus libros adorados!). La labor cotidiana va modificando el orden del taller creando nuevas constelaciones de objetos en torno al trabajo del momento, al fruto del presente. El artista convive con esos objetos que le sirven a sus fines concretos o que lo estimulan desde el silencio de su presencia (recuerdo ahora las figuras de cartón que poblaban una parte del estudio de Diego Rivera en San Angel Inn, en Estados Unidos e imagino el goce que le producía mirarlas).
En principio me gustaría distinguir los talleres de los artistas según el arte al que están dedicados. Quizás los que en mayor medida se acercan al imaginario colectivo sean los de los escritores, pintores y escultores, donde en el sedentarismo de la actividad los vincula necesariamente a ese espacio. En el caso de muchos músicos, bailarines o actores, el taller parece tener menor importancia porque mucho del trabajo ocurre en salas de ensayos, teatros, fosos de orquestas y los lugares donde se desarrollan las artes colectivas.
Vamos entonces a la búsqueda de los "ratones de taller". Hace un tiempo leí la entrevista a un escritor donde decía que cada día va a su taller (en este caso distante del domicilio) por la mañana, en un horario fijo, como si se tratara de un oficinista, y que se obliga a permanecer allí una determinada cantidad de horas, a veces produciendo, otras leyendo, otras pensando, pero siempre en el ámbito del trabajo; de esta manera encontraba la motivación para la invención.
En el contacto con las cosas del taller – un poco en serio, un poco en broma Camilo José Cela dijo una vez en una entrevista, “hay que querer a las cosas, no tanto a la gente”-, este recorte del mundo y este aislamiento, el artista va construyendo, como si de un edificio se tratara, su labor, sus hábitos, en definitiva: su obra.
La variedad de talleres y estilos de trabajo es enorme.
Escritores como Onetti, Cortázar o Sabato declararon alguna vez no tener una disciplina permanente de trabajo; otros, como García Máquez o Vargas Llosa se reconocen como trabajadores del arte, con una rutina diaria propia de titanes –muy curiosa era la forma de trabajo de Balzac con jornadas larguísimas de trabajo sostenidas a fuerza de café-.
En mi caso la rutina de trabajo es variable pero prefiero laborar por la mañana. Aún sabiendo que a esas horas la cabeza tiende a la dispersión ese es el momento donde mi mente suele estar más fresca y el cuerpo más fuerte.
El trabajo suele comenzar con la lectura, la escritura o la escucha de algo de música. Luego viene el contacto visual, silencioso con el material, y al final el trabajo práctico, en general por tramos cortos, de no más de una hora y espaciados entre sí por espacios de 20 minutos de descanso. Pienso que la etapa más importante del trabajo es el contacto silencioso con el material. Este momento ha ido cobrando importancia con el tiempo. En la lectura silente de una partitura, en la observación de cada detalle lejos de las limitaciones del instrumento, y en el ejercicio de imaginación que comporta he ido encontrando los momentos más felices de mi actividad creativa. Cuando era más joven la ansiedad de encontrarme con el sonido, de resolver los problemas de ejecución cuanto antes con más voluntad que intuición o inteligencia, me privaba de ese momento ahora capital. Creo, y en esto quizás estemos de acuerdo con artistas de otras artes, que uno debe ir al material cuando exista una idea previa en la mente, y mientras más acabada mejor. Aunque al cabo de muchos años de oficio este proceso se desarrolle inconscientemente pareciendo que es el material el que sugiere las formas, creo que todo nace de una idea previa –inconsciente o no- , de una inteligencia que señala y dirige el esfuerzo y el músculo.
El taller de un artista es un espacio de construcción permanente. Allí los objetos adquieren importancia más allá de su costo o valor económico mientras que otros se vuelven imprescindibles (¡cuanto le importan al pintor sus trapos, al escultor un viejo pedazo de madera que usa para medir las proporciones, al escritor un gastado lápiz con una goma en la punta con el que anota los márgenes de sus libros adorados!). La labor cotidiana va modificando el orden del taller creando nuevas constelaciones de objetos en torno al trabajo del momento, al fruto del presente. El artista convive con esos objetos que le sirven a sus fines concretos o que lo estimulan desde el silencio de su presencia (recuerdo ahora las figuras de cartón que poblaban una parte del estudio de Diego Rivera en San Angel Inn, en Estados Unidos e imagino el goce que le producía mirarlas).
En principio me gustaría distinguir los talleres de los artistas según el arte al que están dedicados. Quizás los que en mayor medida se acercan al imaginario colectivo sean los de los escritores, pintores y escultores, donde en el sedentarismo de la actividad los vincula necesariamente a ese espacio. En el caso de muchos músicos, bailarines o actores, el taller parece tener menor importancia porque mucho del trabajo ocurre en salas de ensayos, teatros, fosos de orquestas y los lugares donde se desarrollan las artes colectivas.
Vamos entonces a la búsqueda de los "ratones de taller". Hace un tiempo leí la entrevista a un escritor donde decía que cada día va a su taller (en este caso distante del domicilio) por la mañana, en un horario fijo, como si se tratara de un oficinista, y que se obliga a permanecer allí una determinada cantidad de horas, a veces produciendo, otras leyendo, otras pensando, pero siempre en el ámbito del trabajo; de esta manera encontraba la motivación para la invención.
En el contacto con las cosas del taller – un poco en serio, un poco en broma Camilo José Cela dijo una vez en una entrevista, “hay que querer a las cosas, no tanto a la gente”-, este recorte del mundo y este aislamiento, el artista va construyendo, como si de un edificio se tratara, su labor, sus hábitos, en definitiva: su obra.
La variedad de talleres y estilos de trabajo es enorme.
Escritores como Onetti, Cortázar o Sabato declararon alguna vez no tener una disciplina permanente de trabajo; otros, como García Máquez o Vargas Llosa se reconocen como trabajadores del arte, con una rutina diaria propia de titanes –muy curiosa era la forma de trabajo de Balzac con jornadas larguísimas de trabajo sostenidas a fuerza de café-.
En mi caso la rutina de trabajo es variable pero prefiero laborar por la mañana. Aún sabiendo que a esas horas la cabeza tiende a la dispersión ese es el momento donde mi mente suele estar más fresca y el cuerpo más fuerte.
El trabajo suele comenzar con la lectura, la escritura o la escucha de algo de música. Luego viene el contacto visual, silencioso con el material, y al final el trabajo práctico, en general por tramos cortos, de no más de una hora y espaciados entre sí por espacios de 20 minutos de descanso. Pienso que la etapa más importante del trabajo es el contacto silencioso con el material. Este momento ha ido cobrando importancia con el tiempo. En la lectura silente de una partitura, en la observación de cada detalle lejos de las limitaciones del instrumento, y en el ejercicio de imaginación que comporta he ido encontrando los momentos más felices de mi actividad creativa. Cuando era más joven la ansiedad de encontrarme con el sonido, de resolver los problemas de ejecución cuanto antes con más voluntad que intuición o inteligencia, me privaba de ese momento ahora capital. Creo, y en esto quizás estemos de acuerdo con artistas de otras artes, que uno debe ir al material cuando exista una idea previa en la mente, y mientras más acabada mejor. Aunque al cabo de muchos años de oficio este proceso se desarrolle inconscientemente pareciendo que es el material el que sugiere las formas, creo que todo nace de una idea previa –inconsciente o no- , de una inteligencia que señala y dirige el esfuerzo y el músculo.
De talleres varios
Hay gestos superfluos que son más literarios que efectivos, como por ejemplo el trabajo en un bar. Reconozco que varias veces lo intenté sin llegar a nada, ni siquiera una carta completa he podido escribir en esos sitios a los que indefectiblemente vinculo la charla y el encuentro. El ruido de la vajilla, además del que viene de la calle, y las innumerables instancias que ocurren durante una hora en un bar son demasiados estímulos para mi concentración. Creo que, como muchas otras cosas, estos tics nos llegan del imaginario de las vanguardias de comienzos del siglo XX.
Hemingway cuenta en París era una fiesta, del trabajo en los bares - el más famoso era Closerie des Lilas, pero también cita al Dome, al Rotonde y al Café des Amateurs-, lugares que sin dudas resultaban mucho más propicios para estar que los tristes y gélidos cuartos de hotel donde moraba con su mujer y un hijo pequeño a comienzos de la década del veinte. Sin duda la calidez del ambiente, la posibilidad de tener un baño cerca, y la profusión de alcoholes claro está, eran la verdadera causa de su afición a los cafés y no el supuesto poder inspirador de estos sitios.
En general el mejor sitio para trabajar es el más favorable a la intimidad y al silencio. Sin embargo hay notables excepciones.
Héctor Murena cuenta en su ensayo La pugna contra el silencio: Florencio Sánchez, cuenta que el autor de M’hijo el dotor y Barranca abajo trabajaba rodeado de gente de su entorno a las que pedía que hablaran entre ellas sin pausa. Así se encontrara en la habitación de un hotel, en un café o en la cocina de su casa necesitaba del bullicio, incluso del ruido, para poder trabajar, cosa que hacía sin pausas y de un solo tirón. ¿Cosa rara no?
En lo personal prefiero los talleres que albergan muchos libros y muchos discos y también donde hay lugar para el descanso y para recibir a un amigo.
Así luzca como un santuario o como un burdel, valoro al taller del artista como un espacio desde donde el hombre, tan pobrecito, tan carente de todo, cada día se construye alas como las del Icaro, para ver si esta vez puede volar como el quiere.
Hasta la próxima
Pablo Izurieta, julio de 2008
Hay gestos superfluos que son más literarios que efectivos, como por ejemplo el trabajo en un bar. Reconozco que varias veces lo intenté sin llegar a nada, ni siquiera una carta completa he podido escribir en esos sitios a los que indefectiblemente vinculo la charla y el encuentro. El ruido de la vajilla, además del que viene de la calle, y las innumerables instancias que ocurren durante una hora en un bar son demasiados estímulos para mi concentración. Creo que, como muchas otras cosas, estos tics nos llegan del imaginario de las vanguardias de comienzos del siglo XX.
Hemingway cuenta en París era una fiesta, del trabajo en los bares - el más famoso era Closerie des Lilas, pero también cita al Dome, al Rotonde y al Café des Amateurs-, lugares que sin dudas resultaban mucho más propicios para estar que los tristes y gélidos cuartos de hotel donde moraba con su mujer y un hijo pequeño a comienzos de la década del veinte. Sin duda la calidez del ambiente, la posibilidad de tener un baño cerca, y la profusión de alcoholes claro está, eran la verdadera causa de su afición a los cafés y no el supuesto poder inspirador de estos sitios.
En general el mejor sitio para trabajar es el más favorable a la intimidad y al silencio. Sin embargo hay notables excepciones.
Héctor Murena cuenta en su ensayo La pugna contra el silencio: Florencio Sánchez, cuenta que el autor de M’hijo el dotor y Barranca abajo trabajaba rodeado de gente de su entorno a las que pedía que hablaran entre ellas sin pausa. Así se encontrara en la habitación de un hotel, en un café o en la cocina de su casa necesitaba del bullicio, incluso del ruido, para poder trabajar, cosa que hacía sin pausas y de un solo tirón. ¿Cosa rara no?
En lo personal prefiero los talleres que albergan muchos libros y muchos discos y también donde hay lugar para el descanso y para recibir a un amigo.
Así luzca como un santuario o como un burdel, valoro al taller del artista como un espacio desde donde el hombre, tan pobrecito, tan carente de todo, cada día se construye alas como las del Icaro, para ver si esta vez puede volar como el quiere.
Hasta la próxima
Pablo Izurieta, julio de 2008
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