
Los productos del arte y las huellas de la cultura son la voz que expresa y sintetiza nuestra alma, el único e inalienable refugio de nuestra espiritualidad colectiva.
Creo que a veces nos definimos más por lo que ignoramos que por lo que asumimos y sistemáticamente nuestro pueblo ha desoído a sus mejores hombres, siendo la muerte del honorable Doctor Favaloro un insultante ejemplo, un símbolo, una herida que aún duele.
¿Qué puede aportar la cultura en el sentido de la cohesión social? Quizás encontremos parte de la respuesta en la constatación de que ésta es el resultado de la labor de un colectivo y que se va construyendo con el tiempo en forma de cadena. Un escritor es primero un lector, un músico es un ser sensible al sonido antes que un hacedor. Algo que parece tan simple como esto es en realidad un hecho complejo que vincula a los seres con lazos misteriosos más allá del tiempo y la distancia -la cultura como trama-.
Hace unos años uno de mis profesores universitarios dijo algo que me impresionó. Palabras más o menos era: “... aún cuando un músico suba a un humilde escenario de pueblo estará participando de la historia de la música”. Aunque la sentencia puede parecer arriesgada pienso que contiene al menos una parte de verdad, sobre todo si el artista siente profundamente la familiaridad con un legado.
Cuando los lazos se rompen el hombre se pierde.
Janos Lavin, el protagonista de la novela Un pintor de hoy de John Berger, dice en un momento: “Es difícil dar empleo a un artista, por eso es libre. Nadie sabe realmente en que utilizarlo. Así que hace ejercicios; crea colores y formas, el arte abstracto, hasta que se decida que hacer con él”. Esto desnuda lo que significa la libertad para el artista: aquello que reclama visceralmente para sí mientras lo domina el deseo de ser escuchado, de que su obra encuentre el eco, la respuesta con la que él sueña al hacerla.
La libertad, cuando está solo en las palabras, suele significar la adscripción a intereses del momento, a exigencias oportunistas. Es el compromiso el que libera y, a manera de ejemplo quiero traer a la memoria el compromiso de Diego Rivera con la historia de México, el de nuestro Atahualpa Yupanqui con la tierra argentina y el alma de los campesinos y en la gran obra que testimonia ambas afinidades -¿Y qué es el arte verdadero sino un compromiso con la belleza?-
Lo que Berger quiere destacar es que el artista se desarrolla cuando sirve a algo, cuando encaja en algo.
A propósito quisiera comentar lo que leí hace poco en un libro que repasa la historia musical del Brasil escrito por Mario de Andrade; en un capítulo dice: “... siendo la música la más colectivista de las artes precisa de la colectividad para poder realizarse. Sea la colectividad de los intérpretes, sea la de los oyentes está sobrada e inmediatamente sujeta a las condiciones de la colectividad. La técnica individual importa menos que la colectiva”[1]. Esta última frase me parece prodigiosa y, para contextos como el nuestro, incluso novedosa.
¿Qué ha motivado que los argentinos desestimemos la posibilidad de fortalecer nuestra técnica colectiva; que confiemos tan poco en nuestra capacidad de llevar adelante proyectos culturales independientes cuando somos todo semilla, todo germen? Quizás nuestros repetidos fracasos sociales e institucionales sean la respuesta, quizás nos haga falta fundar un nuevo credo sobre las ruinas de nuestras humeantes instituciones culturales apoyados en lo mejor de nuestra tradición.
Sea como fuere las crisis recientes nos han demostrado que pueden ser un alimento para la creación. Solo nos falta aprender a sostener los esfuerzos y a prolongar el entusiasmo hasta que los frutos queden depositados en un nuevo grupo, en una nueva generación.
Hasta la próxima
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