-tercera entrega-
El trono del rey
El último tema que queremos tocar en esta colección de notas sobre la cultura argentina es un aspecto que, originado en el momento mismo de la conformación de nuestro país, marca hasta la actualidad nuestra vida política, económica y social: el centralismo.
Esta condición determinada por una ciudad capital que acumula el monopolio del poder político y el poder económico, influye como es lógico en las políticas culturales de un país que declara poseer una forma de gobierno representativa, republicana y federal, no siendo en efecto ninguna de las tres cosas.
En materia cultural Buenos Aires es la sede de numerosas instituciones de carácter nacional, que sin embargo desarrollan su actividad fundamental en la misma capital irradiando excepcionalmente su labor a las distintas regiones de nuestro país -tal es el caso de la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Polifónico Nacional, el Ballet Folclórico Nacional, la Banda Sinfónica de Ciegos, el Coro Nacional de Jóvenes, el Coro Nacional de Niños, el Coro Polifónico Nacional de Ciegos “Carlos Larrimbe” y la Orquesta Nacional de Música Argentina “Juan de Dios Filiberto”-. Buenos Aires además concentra la sede de los diarios nacionales, las emisoras más importantes de radio, las principales editoriales, los canales de televisión de mayor alcance; todos estos elementos imprescindibles para la difusión de la actividad cultural. Simplemente como dato verificamos una estadística que indica que en la Capital Federal se invierten en cultura per cápita entre 90 y 100 pesos por año mientras que en el resto del país la inversión es de solo 30 pesos[1].
Esta desigualdad, señalada entre otras en el agudísimo libro La Cabeza de Goliat (1946), de Ezequiel Martínez Estrada, determina que cualquier programa cultural de alcance nacional diseñado en Buenos Aires deba sufrir permanentes ajustes y modificaciones para ser viable en las regiones donde se implementa, ya que pocas veces los proyectos de este tipo contemplan las particularidades de cada región, muy diversas y peculiares en virtud de la enorme extensión de nuestro país.
En el libro mencionado Martínez Estrada se pregunta que pasaría si Buenos Aires, en su carácter de megalópolis, no existiera, para responderse inmediatamente “sería mejor”.
En esta línea de pensamiento propongo analizar qué le aporta Buenos Aires al interior y viceversa. Si consideramos lo caro que le sale el conjunto provincia de Buenos Aires-Ciudad Autónoma al interior estaremos respondiendo en parte al interrogante, con el simple dato de que el presupuesto nacional siempre se inclina a favor de aquél, aunque la población del interior sea mayor en su conjunto. Esta suerte de pendiente, que deriva los recursos de todo el vasto país a los pies del hombre de Corrientes y Esmeralda, como nombró Scalabrini Ortíz al porteño arquetípico, luce por lo menos injusta y es la causa de una tensión que de tanto en tanto (como ahora con el conflicto del campo) aflora en forma de crisis. Mientras tanto la distancia se mantiene y el país discurre por dos cauces distintos, con destinos diversos y hasta opuestos y con cosmovisiones que solo coinciden es ciertas pasiones epidérmicas.
En lo cultural el interior aporta los ricos y ancestrales valores de un legado que busca impulsarse y legitimarse desde la capital, el mismo que lograró en los años 60’ un movimiento con visos de universalidad. Y ahí está ese acervo que las regiones tienen para comunicar en voz baja, aquella que solo se escucha cuando el silencio y la intimidad lo permiten y cuando la sabiduría lo ha merecido.
Buenos Aires devuelve lo que le sobra de esa excesiva mirada sobre sí misma, que equivale en este caso a mirar hacia el exterior. Y lo que le sobra va del lumpen televisivo al descaro revisteril que se propaga infectamente por los hogares y hasta los pequeños cines y teatros del vasto –y dócil- interior. “A medida que pasan los años y los programas de televisión, las cosas se complican para peor. Lo que era un problema de la guaranguería de Buenos Aires se empieza a extender audiovisualmente por el interior”, dice Abel Posse en su libro Biblioteca Esencial (Emecé, 1991).
Qué pena da ver a pueblos rodeados de una naturaleza muchas veces deslumbrante y tan ricos histórica y culturalmente fascinándose con la impudicia que promueven cuatro o cinco alienados desde las productoras de televisión porteñas.
En este desigual comercio, agravado por la funesta globalización, se debate nuestra vapuleada cultura nacional a la espera de que los argentinos recuperemos la confianza en lo que podemos ofrecer a los demás y que alguna vez consideremos, aún en forma de remota posibilidad, que nuestro vecino pueda tener algo para comunicar al mundo.
Nos gustaría que estos pensamientos se entendieran menos como una diatriba contra la capital que como un modesto reclamo por la identidad, valioso manantial que cuanto más lejos está de la iconografía y los tradicionalistas más suele acercarse a la libertad.
Hasta la próxima
Pablo Izurieta
8 de octubre de 2008
[1] Dato expresado por el secretario de Cultura de la Nación, José Nun en la entrevista Luchar contra las tendencias, revista Ñ, Nº 257, del sábado 30 de agosto de 2008, Buenos Aires
El trono del rey
El último tema que queremos tocar en esta colección de notas sobre la cultura argentina es un aspecto que, originado en el momento mismo de la conformación de nuestro país, marca hasta la actualidad nuestra vida política, económica y social: el centralismo.
Esta condición determinada por una ciudad capital que acumula el monopolio del poder político y el poder económico, influye como es lógico en las políticas culturales de un país que declara poseer una forma de gobierno representativa, republicana y federal, no siendo en efecto ninguna de las tres cosas.
En materia cultural Buenos Aires es la sede de numerosas instituciones de carácter nacional, que sin embargo desarrollan su actividad fundamental en la misma capital irradiando excepcionalmente su labor a las distintas regiones de nuestro país -tal es el caso de la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Polifónico Nacional, el Ballet Folclórico Nacional, la Banda Sinfónica de Ciegos, el Coro Nacional de Jóvenes, el Coro Nacional de Niños, el Coro Polifónico Nacional de Ciegos “Carlos Larrimbe” y la Orquesta Nacional de Música Argentina “Juan de Dios Filiberto”-. Buenos Aires además concentra la sede de los diarios nacionales, las emisoras más importantes de radio, las principales editoriales, los canales de televisión de mayor alcance; todos estos elementos imprescindibles para la difusión de la actividad cultural. Simplemente como dato verificamos una estadística que indica que en la Capital Federal se invierten en cultura per cápita entre 90 y 100 pesos por año mientras que en el resto del país la inversión es de solo 30 pesos[1].
Esta desigualdad, señalada entre otras en el agudísimo libro La Cabeza de Goliat (1946), de Ezequiel Martínez Estrada, determina que cualquier programa cultural de alcance nacional diseñado en Buenos Aires deba sufrir permanentes ajustes y modificaciones para ser viable en las regiones donde se implementa, ya que pocas veces los proyectos de este tipo contemplan las particularidades de cada región, muy diversas y peculiares en virtud de la enorme extensión de nuestro país.
En el libro mencionado Martínez Estrada se pregunta que pasaría si Buenos Aires, en su carácter de megalópolis, no existiera, para responderse inmediatamente “sería mejor”.
En esta línea de pensamiento propongo analizar qué le aporta Buenos Aires al interior y viceversa. Si consideramos lo caro que le sale el conjunto provincia de Buenos Aires-Ciudad Autónoma al interior estaremos respondiendo en parte al interrogante, con el simple dato de que el presupuesto nacional siempre se inclina a favor de aquél, aunque la población del interior sea mayor en su conjunto. Esta suerte de pendiente, que deriva los recursos de todo el vasto país a los pies del hombre de Corrientes y Esmeralda, como nombró Scalabrini Ortíz al porteño arquetípico, luce por lo menos injusta y es la causa de una tensión que de tanto en tanto (como ahora con el conflicto del campo) aflora en forma de crisis. Mientras tanto la distancia se mantiene y el país discurre por dos cauces distintos, con destinos diversos y hasta opuestos y con cosmovisiones que solo coinciden es ciertas pasiones epidérmicas.
En lo cultural el interior aporta los ricos y ancestrales valores de un legado que busca impulsarse y legitimarse desde la capital, el mismo que lograró en los años 60’ un movimiento con visos de universalidad. Y ahí está ese acervo que las regiones tienen para comunicar en voz baja, aquella que solo se escucha cuando el silencio y la intimidad lo permiten y cuando la sabiduría lo ha merecido.
Buenos Aires devuelve lo que le sobra de esa excesiva mirada sobre sí misma, que equivale en este caso a mirar hacia el exterior. Y lo que le sobra va del lumpen televisivo al descaro revisteril que se propaga infectamente por los hogares y hasta los pequeños cines y teatros del vasto –y dócil- interior. “A medida que pasan los años y los programas de televisión, las cosas se complican para peor. Lo que era un problema de la guaranguería de Buenos Aires se empieza a extender audiovisualmente por el interior”, dice Abel Posse en su libro Biblioteca Esencial (Emecé, 1991).
Qué pena da ver a pueblos rodeados de una naturaleza muchas veces deslumbrante y tan ricos histórica y culturalmente fascinándose con la impudicia que promueven cuatro o cinco alienados desde las productoras de televisión porteñas.
En este desigual comercio, agravado por la funesta globalización, se debate nuestra vapuleada cultura nacional a la espera de que los argentinos recuperemos la confianza en lo que podemos ofrecer a los demás y que alguna vez consideremos, aún en forma de remota posibilidad, que nuestro vecino pueda tener algo para comunicar al mundo.
Nos gustaría que estos pensamientos se entendieran menos como una diatriba contra la capital que como un modesto reclamo por la identidad, valioso manantial que cuanto más lejos está de la iconografía y los tradicionalistas más suele acercarse a la libertad.
Hasta la próxima
Pablo Izurieta
8 de octubre de 2008
[1] Dato expresado por el secretario de Cultura de la Nación, José Nun en la entrevista Luchar contra las tendencias, revista Ñ, Nº 257, del sábado 30 de agosto de 2008, Buenos Aires
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