
Razón y emoción - Pathos y ethos
Desde la modernidad el pensamiento griego ha sido acusado de haber instalado en la conciencia de occidente una forma maniquea de percibir la realidad, donde los conflictos se expresan y resuelven en la lucha entre opuestos. Los ecos del racionalismo y el empirismo resuenan en nosotros ante cada experiencia. Debido al influjo del primero intentamos explicar o emitir una opinión ante cada nuevo evento, ante cada hecho que nos tiene de testigos.
Si hablamos de arte este proceso lleva necesariamente a un conflicto, pues la naturaleza de sus obras es sobre todo sensible e implica fundamentalmente a la emoción siéndole extraño cualquier otro proceso.
Confieso que en mí la mirada crítica es innata, casi espontánea, por eso, ante un hecho estético, debo esforzarme por liberar la sensibilidad de los vicios del pensamiento y de las estrecheces de la mirada del crítico. Pienso entonces: el sentimiento es un hecho completo e in-mediato (que no necesita de mediadores), el pensamiento en cambio es limitado, necesariamente un recorte de la experiencia; el sentimiento es indefectiblemente personal mientras que el pensamiento está modificado y condicionado por un sinfín de factores externos.
Como en casi todo los órdenes lo deseable es una proporcionada conjunción de los factores, tanto en la apreciación como en la producción. Hay artistas que poseen una obra llena de refinamiento mientras que su formación teórica es sumamente limitada. La erudición, por otra parte, no es sinónimo de estatura artística. La supremacía de un aspecto por sobre el otro es inevitable, la hegemonía un defecto –en lo personal he notado que en general los artistas demasiado emotivos abruman mientras que los muy cerebrales aburren-.
Creo que resulta beneficioso que el interés por el conocimiento y la curiosidad por diferentes expresiones y saberes acompañen los procesos creativos del artista logrando ese necesario equilibrio entre cultura e invención.
Hilda Herrera y el espejo de la emoción
En una pequeña sala de conciertos en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires Hilda Herrera presentó en una fría noche de agosto el recital “Argentina desde el piano”. Yo había conocido a esta pianista, compositora y docente cordobesa oriunda de Capilla del Monte, en un taller de música argentina que dictó en la ciudad de Paraná en el año 2001, adonde había ido invitada por el querido maestro Walter Heinze. Recuerdo de aquel seminario su extenso conocimiento de las numerosas especies de nuestro folclore y de la importancia que ella, instrumentista consumada, otorga a la poesía y a los poetas de nuestras canciones.
El recital de esa noche fue un hecho artístico pleno, surcado por la emoción y marcado por la variedad (característica innegable de nuestro folclore), el juego y la improvisación -esta última aparece en Hilda Herrera y en muchos de nuestro mejores músicos populares, menos como un alarde metódico que como un recurso natural y espontáneo propio del género folclórico-.
Hilda “Nena” Herrera ha hechos suyas las expresiones de la tierra y, en el camino que marcaron nuestros grandes artistas populares, con Atahualpa Yupanqui como emblema, ha construido su propia historia musical con retazos –es humanamente imposible abarcarla toda-de la música argentina. Esta simbiosis ha logrado que sus emociones lleven forma de tonadas, chacareras, tangos y milongas, a las que inevitablemente ha adornado con su impronta elegante, su aliento conmovido, su canto reverencial.
Una antigua zamba de autor anónimo fue el comienzo del recital; una chacarera de nuestro más grande maestro, Atahualpa Yupanqui, el cierre. Difícil imaginar un mejor comienzo y un mejor final. Entre ambas pasaron gatos, chacareras, tangos y la conmovedora interpretación de una milonga pampeana, entre obras propias y de otros autores.
La ausencia de un programa estampado en un papel, los comentarios entre graciosos y emotivos de la intérprete además de la concesión a algún pedido de la audiencia dieron al recital un tinte cercano, casi de respetuoso fogón criollo, si me permiten la expresión.
Sin embargo yo creo que a esto lo hizo Hilda Herrera para ocultar su modestia consciente de que su arte es arte mayor porque nace del corazón, porque es testimonio de su propia vida y de la de sus compañeros de ruta y porque además es el arte que aprendió de sus mayores.
Una vez terminando el concierto y mientras salía del teatro, me asaltó el crítico que había estado agazapado durante una hora y cuarto dentro de mí para preguntarse: ¿porqué nuestros maestros populares están casi siempre confinados a las pequeñas salas siéndoles esquiva la posibilidad de actuar en los teatros principales?, ¿porqué un ciclo llamado “Nuestros pianistas” presenta solo dos recitales completos de música argentina y de ellos uno solo, el de Hilda Herrera, música folclórica?, ¿porqué se siguen imponiendo las definiciones y categorías a la justa valoración de un arte –entendido esto a la luz del sentido limitado y peyorativo que tiene la palabra “folclore” en los ámbitos musicales “autorizados”-?; ¿a qué se debe la eterna lucha de los músicos folclóricos argentinos por encontrar un lugar digno y a la altura de su valía en la gran capital de la nación?
Quizás mis preguntas no tengan respuesta, incluso es posible que sean vanas y necesariamente postergables. Por suerte la alegría por el recital, que se prolongó en un bodegón cercano al calor de nuestra comida típica, se impuso a aquellas preocupaciones y el recuerdo de esa larga hora de arte fue más fuerte que cualquier consideración.
Una vez más ganó el sentimiento.
Desde la modernidad el pensamiento griego ha sido acusado de haber instalado en la conciencia de occidente una forma maniquea de percibir la realidad, donde los conflictos se expresan y resuelven en la lucha entre opuestos. Los ecos del racionalismo y el empirismo resuenan en nosotros ante cada experiencia. Debido al influjo del primero intentamos explicar o emitir una opinión ante cada nuevo evento, ante cada hecho que nos tiene de testigos.
Si hablamos de arte este proceso lleva necesariamente a un conflicto, pues la naturaleza de sus obras es sobre todo sensible e implica fundamentalmente a la emoción siéndole extraño cualquier otro proceso.
Confieso que en mí la mirada crítica es innata, casi espontánea, por eso, ante un hecho estético, debo esforzarme por liberar la sensibilidad de los vicios del pensamiento y de las estrecheces de la mirada del crítico. Pienso entonces: el sentimiento es un hecho completo e in-mediato (que no necesita de mediadores), el pensamiento en cambio es limitado, necesariamente un recorte de la experiencia; el sentimiento es indefectiblemente personal mientras que el pensamiento está modificado y condicionado por un sinfín de factores externos.
Como en casi todo los órdenes lo deseable es una proporcionada conjunción de los factores, tanto en la apreciación como en la producción. Hay artistas que poseen una obra llena de refinamiento mientras que su formación teórica es sumamente limitada. La erudición, por otra parte, no es sinónimo de estatura artística. La supremacía de un aspecto por sobre el otro es inevitable, la hegemonía un defecto –en lo personal he notado que en general los artistas demasiado emotivos abruman mientras que los muy cerebrales aburren-.
Creo que resulta beneficioso que el interés por el conocimiento y la curiosidad por diferentes expresiones y saberes acompañen los procesos creativos del artista logrando ese necesario equilibrio entre cultura e invención.
Hilda Herrera y el espejo de la emoción
En una pequeña sala de conciertos en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires Hilda Herrera presentó en una fría noche de agosto el recital “Argentina desde el piano”. Yo había conocido a esta pianista, compositora y docente cordobesa oriunda de Capilla del Monte, en un taller de música argentina que dictó en la ciudad de Paraná en el año 2001, adonde había ido invitada por el querido maestro Walter Heinze. Recuerdo de aquel seminario su extenso conocimiento de las numerosas especies de nuestro folclore y de la importancia que ella, instrumentista consumada, otorga a la poesía y a los poetas de nuestras canciones.
El recital de esa noche fue un hecho artístico pleno, surcado por la emoción y marcado por la variedad (característica innegable de nuestro folclore), el juego y la improvisación -esta última aparece en Hilda Herrera y en muchos de nuestro mejores músicos populares, menos como un alarde metódico que como un recurso natural y espontáneo propio del género folclórico-.
Hilda “Nena” Herrera ha hechos suyas las expresiones de la tierra y, en el camino que marcaron nuestros grandes artistas populares, con Atahualpa Yupanqui como emblema, ha construido su propia historia musical con retazos –es humanamente imposible abarcarla toda-de la música argentina. Esta simbiosis ha logrado que sus emociones lleven forma de tonadas, chacareras, tangos y milongas, a las que inevitablemente ha adornado con su impronta elegante, su aliento conmovido, su canto reverencial.
Una antigua zamba de autor anónimo fue el comienzo del recital; una chacarera de nuestro más grande maestro, Atahualpa Yupanqui, el cierre. Difícil imaginar un mejor comienzo y un mejor final. Entre ambas pasaron gatos, chacareras, tangos y la conmovedora interpretación de una milonga pampeana, entre obras propias y de otros autores.
La ausencia de un programa estampado en un papel, los comentarios entre graciosos y emotivos de la intérprete además de la concesión a algún pedido de la audiencia dieron al recital un tinte cercano, casi de respetuoso fogón criollo, si me permiten la expresión.
Sin embargo yo creo que a esto lo hizo Hilda Herrera para ocultar su modestia consciente de que su arte es arte mayor porque nace del corazón, porque es testimonio de su propia vida y de la de sus compañeros de ruta y porque además es el arte que aprendió de sus mayores.
Una vez terminando el concierto y mientras salía del teatro, me asaltó el crítico que había estado agazapado durante una hora y cuarto dentro de mí para preguntarse: ¿porqué nuestros maestros populares están casi siempre confinados a las pequeñas salas siéndoles esquiva la posibilidad de actuar en los teatros principales?, ¿porqué un ciclo llamado “Nuestros pianistas” presenta solo dos recitales completos de música argentina y de ellos uno solo, el de Hilda Herrera, música folclórica?, ¿porqué se siguen imponiendo las definiciones y categorías a la justa valoración de un arte –entendido esto a la luz del sentido limitado y peyorativo que tiene la palabra “folclore” en los ámbitos musicales “autorizados”-?; ¿a qué se debe la eterna lucha de los músicos folclóricos argentinos por encontrar un lugar digno y a la altura de su valía en la gran capital de la nación?
Quizás mis preguntas no tengan respuesta, incluso es posible que sean vanas y necesariamente postergables. Por suerte la alegría por el recital, que se prolongó en un bodegón cercano al calor de nuestra comida típica, se impuso a aquellas preocupaciones y el recuerdo de esa larga hora de arte fue más fuerte que cualquier consideración.
Una vez más ganó el sentimiento.
Pablo Izurieta
Buenos Aires, 3 de agosto de 2008
1 comentario:
Valoro el comentario porque pone en su lugar a uno de nuestros grandes artistas "desconocidos";
saludos a Pablo y esperamos más comentarios de música,
Rubén
(falta incorporar a la nota la discografía de la intérprete para poder conocerla mejor)
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