domingo, 15 de diciembre de 2013

La noche que Chopin salió por la ventana

 Un espectador del Quinteto de Ramiro Gallo

Si al cabo de leer estas líneas usted concluye que son obra de alguien que tiende a realizar juicios hiperbólicos, poco realistas y hasta fanáticos le confieso que no me afligiré, sobre todo en virtud de la actual tendencia a exagerar lo malo y minimizar y hasta ignorar lo bueno o meritorio.
Tampoco será este un comentario formal y desapasionado. Si espera leer juicios como: “Ramiro Gallo, dueño de una voz propia dentro del tango actual, lidera un conjunto afiatado y equilibrado donde cada instrumento cumple su rol a partir de una orquestación hábil e imaginativa...”, le pido que desista de la lectura porque nada me interesa menos que aburrir con clichés que solo buscan el impreciso tópico de informar dejando de lado la emoción y la vivencia personal ante un hecho estético.

Describir una obra de arte entraña dificultades similares a los intentos por aludir con precisión al alba o al milagro del agua, ante ellos solo nos queda intentar representar una experiencia, la nuestra, sabiendo que, cuando se producen, introducen cambios sutiles en nuestras vidas, tan importantes como nuestra sensibilidad lo permita.

Un concierto de Ramiro Gallo y su quinteto nos coloca frente a una música sólida, completa y sin evidencias claras de sus influencias, quizás porque sus influencias son todas las que puede otorgar la tradición a un músico de talento. Y cuando decimos completa lo hacemos en virtud de los múltiples requisitos que debe reunir una obra para entrar en la discusión de la historia, es decir: conocimiento técnico, experiencia práctica, nivel instrumental, fluidez en la escritura, naturalidad, variedad, instinto 1, todo ello solo posible de ser reunido gracias al talento, en este caso con ribetes geniales, del creador aludido.

Músicos de talento hay muchos, arriesgados indagadores de los secretos de la armonía y el contrapunto otros tantos, pero artistas que construyan una música que invite al oyente a entrar en ella porque antes ha captado los matices de la respiración humana, es una cosa muy distinta.
Nada hay de extraño en la naturaleza y sin embargo nos sorprende siempre; nada suena extraño en el arte de Ramiro Gallo y sin embargo en sus conciertos tenemos la sensación de estar asistiendo al último eslabón de la cadena de un género cuya historia y arquetipos aparecen siempre como demasiado amenazantes ante lo nuevo.

Una música que se vale del carácter y la excelencia para mostrar todos los matices de la expresividad musical es inconfundiblemente obra de un fuera de serie, de un músico destinado a ocupar un lugar definitivo en nuestro panorama musical y eso pasa con la música de Gallo.

En un momento del concierto, y ante la evidencia de que estaba frente a alguien capaz de reunir lo que acabo de describir, pensé que la música que escuchaba se acercaba por su valor a la música clásica, como en un intento de la mente por encontrar un espejo donde mirar sin caer al vacío. Inmediatamente pensé que “clásico” es mucho menos un puñado de personajes famosos que una categoría universal con visos marmóreos, un canon inamovible, una cumbre infranqueable y por lo tanto tranquilizante: nada puede ser más alto que esto. Allí mismo, y entre tema y tema, advertí que estaba frente a un nuevo clásico argentino que reunía lo que mis admirados “muertitos”(y entre ellos Chopin a quien amo) quizás reunieron para los músicos y amantes de la música de otras épocas y otros pueblos2. Entonces pensé que era hora de que esas presencias lejanas e inconmovibles fueran dejando la celda de mi mente, que por un rato bajaran del podio para dejarme escuchar minuciosamente la música que se presentaba para mí en ese momento como algo familiar y totalmente nuevo a la vez: quizás como un nuevo clásico, argentino y contemporáneo.

El arte puede servir para abrir puertas a la mente y valoro grandemente que, más allá de lo dicho, haya músicos en la Argentina capaz de hacernos vivir experiencias semejantes.

Feliz año nuevo

Pablo Izurieta, 15 de diciembre de 2013


1Utilizamos la palabra instinto para aludir en este caso a la capacidad del artista para leer su realidad y a partir de eso la capacidad para dialogar con ella a través de ese complejo entramado que construyen la tradición, la actualidad musical, la influencia de los públicos y las posibilidades prácticas con que se cuenta
2En mi caso he superado hace tiempo el complejo colonialista -harto evidente en la música académica- que señala que la música nacional a priori siempre es menos que la de otros lugares

miércoles, 20 de febrero de 2013

Aquellas pequeñas cosas

Cuando uno es un adolescente lo preocupan y desvelan los grandes sueños épicos, las hazañas, el éxito. Es bueno que esto no dure demasiado, no para acostumbrarse a la pequeñez de la vida en un gesto de resignación -esa triste forma de la sabiduría, al decir de Bioy Casares- sino para descubrir los placeres modestos, como son la mayoría de los placeres mundanos, y además para habitar la dimensión existencial que más nos conviene, es decir aquella que podemos manejar sin perjucio de nuestra salud.
En mi caso los años han despertado un gusto extraño por lo nimio, que en vez de medir como insignificante imagino como importante. Un pequeño dato como el horario de un servicio de larga distancia, una situación como la elección de la mesa de un bar, un encuentro con un desconocido o la contemplación de objetos como un cartel en la ruta me motivan historias, cálculos, hipótesis y suposiciones que mi imaginación eleva a la categoría de cuestiones importantes al punto de parecerme extraño que las demás personas no los valoren como tal.
Esto ha derivado naturalmente en una atención creciente sobre aspectos más o menos relegados de la realidad como son aquellas cosas que acompañana los hechos y que no "califican" para convertirse en aspectos dignos de ser contados o discutidos pero que sin embargo pueden resultar trascendentes para la relevancia del hecho. Por ejemplo, en una clase de historia la situación parte de la exposición del tema X  presentado por el profesor Y ante el auditorio Z. Podemos hablar un rato del hecho describiéndolo, calificándolo, midiéndolo pero también podemos pensar en lo que hay detrás del profesor, su historia, sus lecturas, sus renuncias, sus sueños; podemos pensar en el estilo de su comunicación, en porqué su voz suena descarnada, gastada o jovial; podemos medir la atención de los alumnos en base a su exiguo pasado, en sus expectativas, sus urgencias y hasta podemos detenernos en el ámbito físico que ocupan ambos para detectar las señales significativas que presenta. En esta operación banal y simple estamos pasando del mundo supuestamente real a la literatura.
Quizás suene muy proustiano pero en esos pliegues de la realidad se encuentra quizás lo más interesante de ella, quizás estén aquí, semi ocultas, las señales que nos permitan interpretar algo tan complejo como la contemporaneidad. Para mi es así y lo es en una forma creciente ya que este modo de ver desarrolla un sentido que se refina con el tiempo pasando a confundir los planos de la realidad, trastocándolos en un constante juego de figura y fondo donde ninguno es más importante que el otro o donde lo menos importante pasa a ser decisivo, sugerente y atractivo con mayor frecuencia.
Un escritor dijo una vez que su oficio consistía principalmente en espiar el escenario de la realidad desde detrás del telón para descubrir los hilos que nos mueven y nos hacen actuar como si fuéramos importantes.
Esto ocupa cada vez más espacio en mi consideración de los hechos y de eso tan complejo e inasible que llamamos realidad.
En el caso del arte, uno de los temas que más ha ocupado mi vida, muchas preguntas vinculadas a lo anterior se suscitan cuando pienso en los creadores de las obras que admiro, no en el sentido vulgar que expresa la curiosidad por saber a qué horas escribe tal o si la letra aparece primero que la música en el caso del compositor cual, sino más bien en esa chispa misteriosa que lleva a alguien a querer seguir escribiendo después de décadas de llevar haciéndolo, en la energía, impulso o magia que lleva a alguien a seguir conservando la infantil costumbre de imaginar mundos a partir de la realidad humana pero que la sobrepasa en estilo y talento, a ese momento donde la vida doméstica se funde con algo superior que solo podrá ser expresado a través de una de las formas de la belleza.
Hasta la próxima