Si al cabo de leer estas líneas usted
concluye que son obra de alguien que tiende a realizar juicios
hiperbólicos, poco realistas y hasta fanáticos le confieso que no
me afligiré, sobre todo en virtud de la actual tendencia a exagerar
lo malo y minimizar y hasta ignorar lo bueno o meritorio.
Tampoco será este un comentario formal
y desapasionado. Si espera leer juicios como: “Ramiro Gallo, dueño
de una voz propia dentro del tango actual, lidera un conjunto
afiatado y equilibrado donde cada instrumento cumple su rol a partir
de una orquestación hábil e imaginativa...”, le pido que desista
de la lectura porque nada me interesa menos que aburrir con clichés
que solo buscan el impreciso tópico de informar dejando de lado la
emoción y la vivencia personal ante un hecho estético.
Describir una obra de arte entraña
dificultades similares a los intentos por aludir con precisión al
alba o al milagro del agua, ante ellos solo nos queda intentar
representar una experiencia, la nuestra, sabiendo que, cuando se
producen, introducen cambios sutiles en nuestras vidas, tan
importantes como nuestra sensibilidad lo permita.
Un concierto de Ramiro Gallo y su
quinteto nos coloca frente a una música sólida, completa y sin
evidencias claras de sus influencias, quizás porque sus influencias
son todas las que puede otorgar la tradición a un músico de
talento. Y cuando decimos completa lo hacemos en virtud de los
múltiples requisitos que debe reunir una obra para entrar en la
discusión de la historia, es decir: conocimiento técnico,
experiencia práctica, nivel instrumental, fluidez en la escritura,
naturalidad, variedad, instinto 1,
todo ello solo posible de ser reunido gracias al talento, en este
caso con ribetes geniales, del creador aludido.
Músicos de talento hay muchos,
arriesgados indagadores de los secretos de la armonía y el
contrapunto otros tantos, pero artistas que construyan una música
que invite al oyente a entrar en ella porque antes ha captado los
matices de la respiración humana, es una cosa muy distinta.
Nada hay de extraño en la naturaleza y
sin embargo nos sorprende siempre; nada suena extraño en el arte de
Ramiro Gallo y sin embargo en sus conciertos tenemos la sensación de
estar asistiendo al último eslabón de la cadena de un género cuya
historia y arquetipos aparecen siempre como demasiado amenazantes
ante lo nuevo.
Una música que se vale del carácter y
la excelencia para mostrar todos los matices de la expresividad
musical es inconfundiblemente obra de un fuera de serie, de un músico
destinado a ocupar un lugar definitivo en nuestro panorama musical y
eso pasa con la música de Gallo.
En un momento del concierto, y ante la
evidencia de que estaba frente a alguien capaz de reunir lo que acabo
de describir, pensé que la música que escuchaba se acercaba por su
valor a la música clásica, como en un intento de la mente por
encontrar un espejo donde mirar sin caer al vacío. Inmediatamente
pensé que “clásico” es mucho menos un puñado de personajes
famosos que una categoría universal con visos marmóreos, un canon inamovible, una cumbre infranqueable y por lo tanto tranquilizante: nada puede ser más alto que esto. Allí
mismo, y entre tema y tema, advertí que estaba frente a un nuevo
clásico argentino que reunía lo que mis admirados “muertitos”(y entre ellos Chopin a quien amo)
quizás reunieron para los músicos y amantes de la música de otras
épocas y otros pueblos2.
Entonces pensé que era hora de que esas presencias lejanas e
inconmovibles fueran dejando la celda de mi mente, que por un rato bajaran del podio para dejarme
escuchar minuciosamente la música que se presentaba para mí en ese
momento como algo familiar y totalmente nuevo a la vez: quizás como un nuevo
clásico, argentino y contemporáneo.
El arte puede servir para abrir puertas
a la mente y valoro grandemente que, más allá de lo dicho, haya
músicos en la Argentina capaz de hacernos vivir experiencias
semejantes.
Feliz año nuevo
Pablo Izurieta,
15 de diciembre de 2013
1Utilizamos
la palabra instinto para aludir en este caso a la capacidad del
artista para leer su realidad y a partir de eso la capacidad para
dialogar con ella a través de ese complejo entramado que construyen
la tradición, la actualidad musical, la influencia de los públicos
y las posibilidades prácticas con que se cuenta
2En
mi caso he superado hace tiempo el complejo colonialista -harto
evidente en la música académica- que señala que la música
nacional a priori siempre es menos que la de otros lugares

