jueves, 2 de octubre de 2008

Sobrevolando la cultura nacional (2)

-segunda entrega-

La fábrica de espejitos de colores

Hoy es casi una obviedad referirse al carácter colonialista de la cultura argentina; es un tópico por demás discutido en el pasado, que no por eso ha dejado de ser vigente; es más bien de esos asuntos que las modas intentan relegar pero que siguen influyendo en nuestra forma de ver y ejercer el arte, tema principal de este blog.

Desde la conformación de nuestro país existe entre nosotros una drástica división entre el arte clásico –académico, europeo, oficial- y el popular, agrupado habitualmente en conceptos reduccionistas muchas veces peyorativos como arte nativo, regional, americanista, indigenista, etc

Debido a factores de índole histórica, geográfica y cultural esta influencia impacta de diferente manera en la capital y el interior del país. En aquella encontramos una línea colonialista que se actualiza constantemente y que está marcada por una fascinación insólita por lo foráneo, traducida en una presunta afinidad (muchas veces más fanática y siempre más desmesurada que la original) por expresiones tan diversas y disímiles que resulta difícil asociarlas a un solo lugar geográfico, a una sola ciudad, en este caso, con fisonomía de isla cultural.

Salvo el breve interregno que marcó el auge del tango (décadas del 40’ y el 50’) la mirada del capitalino fue de la ópera al fox-trot, y de este al sinnúmero de estilos y corrientes que los centros de producción del espectáculo exportaban para los satélites culturales.

Hoy en día esta fascinación por lo extranjero está completamente asociada al desarrollo del mercado y lleva a desmesuras tales como el agotar funciones de un espectáculo antes que en ninguna otra parte del mundo con entradas que triplican en valor a las que se cobran en el país de origen.

No pretendemos acercarnos siquiera al determinismo o tiranía cultural, simplemente debemos reconocer la hegemonía de una cultura inserta en un medio que no es el original, además de lo insólito que resulta que una cultura (la argentina) revista mayor interés para los extranjeros que para aquellos a quienes está ligada histórica y geográficamente.

No se ataje el precavido sosteniendo que a el lo representa mejor la música de un sofisticado grupo inglés que una incomprensible baguala; es absolutamente probable y entendible en una ciudad como Buenos Aires que está mucho más cerca –culturalmente hablando- de Londres que de Tucumán. Identificaciones aparte, lo que resulta más difícil de perdonar es el desconocimiento
[1].

Es preciso reconocer una hegemonía para saber qué se está relegando; en este caso, la expresión vernácula, que, como suele suceder, resulta más denostada cuanto menos conocida es. Muchos sabemos lo difícil que es encontrar información o documentación sobre creadores argentinos y que difícil les resulta a los artistas del interior encontrar vías de contacto independientes de la conexión Buenos Aires.

A propósito de la música, he constatado más de una vez el desconocimiento de nuestra la producción nacional por parte de muchos de nuestros mejores intérpretes académicos. Esta ignorancia, que resulta inexplicable, lleva a veces a hechos insólitos
[2].

De ninguna manera pretendo dejar de reconocer los valores de la cultura universal pero me resisto a ver históricamente relegadas amplias zonas de la cultura propia que pueden aportarnos elementos y recursos válidos y vigentes. Después está el tema de las preferencias, pero estas son más bien personales y al hablar de cultura nos interesa la dimensión colectiva por sobre aquella.

No solo en la Capital se advierte esta característica colonialista. El llamado interior presenta un panorama complejo donde el colonialismo se reproduce a escala interna en la relación con Buenos Aires. Lo que provenga de la Gran Ciudad, resistida y admirada a la vez, tiene carta de prestigio y brillo de candilejas. Pero esto nos introducirá en el tema de la tercera entrega de estos ramplones (y arbitrarios) vuelos sobre aspectos de la cultura nacional: el Centralismo.

Hasta la próxima entrega.

Pablo Izurieta

Buenos Aires, 1 de octubre de 2008

[1] Ya señalaba Igor Stravinsky en su Poética Musical que una de las condiciones del intérprete clásico es conocer la música de su tierra
[2] recientemente he sabido de la cancelación del estreno de un concierto para guitarra y orquesta de autor argentino porque una orquesta profesional de provincias no podía tocarla ...

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