viernes, 24 de octubre de 2008

Por una sociedad coral



Los productos del arte y las huellas de la cultura son la voz que expresa y sintetiza nuestra alma, el único e inalienable refugio de nuestra espiritualidad colectiva.

Creo que a veces nos definimos más por lo que ignoramos que por lo que asumimos y sistemáticamente nuestro pueblo ha desoído a sus mejores hombres, siendo la muerte del honorable Doctor Favaloro un insultante ejemplo, un símbolo, una herida que aún duele.

¿Qué puede aportar la cultura en el sentido de la cohesión social? Quizás encontremos parte de la respuesta en la constatación de que ésta es el resultado de la labor de un colectivo y que se va construyendo con el tiempo en forma de cadena. Un escritor es primero un lector, un músico es un ser sensible al sonido antes que un hacedor. Algo que parece tan simple como esto es en realidad un hecho complejo que vincula a los seres con lazos misteriosos más allá del tiempo y la distancia -la cultura como trama-.

Hace unos años uno de mis profesores universitarios dijo algo que me impresionó. Palabras más o menos era: “... aún cuando un músico suba a un humilde escenario de pueblo estará participando de la historia de la música”. Aunque la sentencia puede parecer arriesgada pienso que contiene al menos una parte de verdad, sobre todo si el artista siente profundamente la familiaridad con un legado.

Cuando los lazos se rompen el hombre se pierde.
Janos Lavin, el protagonista de la novela Un pintor de hoy de John Berger, dice en un momento: “Es difícil dar empleo a un artista, por eso es libre. Nadie sabe realmente en que utilizarlo. Así que hace ejercicios; crea colores y formas, el arte abstracto, hasta que se decida que hacer con él”. Esto desnuda lo que significa la libertad para el artista: aquello que reclama visceralmente para sí mientras lo domina el deseo de ser escuchado, de que su obra encuentre el eco, la respuesta con la que él sueña al hacerla.

La libertad, cuando está solo en las palabras, suele significar la adscripción a intereses del momento, a exigencias oportunistas. Es el compromiso el que libera y, a manera de ejemplo quiero traer a la memoria el compromiso de Diego Rivera con la historia de México, el de nuestro Atahualpa Yupanqui con la tierra argentina y el alma de los campesinos y en la gran obra que testimonia ambas afinidades -¿Y qué es el arte verdadero sino un compromiso con la belleza?-
Lo que Berger quiere destacar es que el artista se desarrolla cuando sirve a algo, cuando encaja en algo.
A propósito quisiera comentar lo que leí hace poco en un libro que repasa la historia musical del Brasil escrito por Mario de Andrade; en un capítulo dice: “... siendo la música la más colectivista de las artes precisa de la colectividad para poder realizarse. Sea la colectividad de los intérpretes, sea la de los oyentes está sobrada e inmediatamente sujeta a las condiciones de la colectividad. La técnica individual importa menos que la colectiva”[1]. Esta última frase me parece prodigiosa y, para contextos como el nuestro, incluso novedosa.
¿Qué ha motivado que los argentinos desestimemos la posibilidad de fortalecer nuestra técnica colectiva; que confiemos tan poco en nuestra capacidad de llevar adelante proyectos culturales independientes cuando somos todo semilla, todo germen? Quizás nuestros repetidos fracasos sociales e institucionales sean la respuesta, quizás nos haga falta fundar un nuevo credo sobre las ruinas de nuestras humeantes instituciones culturales apoyados en lo mejor de nuestra tradición.

Sea como fuere las crisis recientes nos han demostrado que pueden ser un alimento para la creación. Solo nos falta aprender a sostener los esfuerzos y a prolongar el entusiasmo hasta que los frutos queden depositados en un nuevo grupo, en una nueva generación.
Hasta la próxima

[1] Mario de Andrade, Música del Brasil

jueves, 9 de octubre de 2008

Sobrevolando la cultura nacional (3)

-tercera entrega-

El trono del rey

El último tema que queremos tocar en esta colección de notas sobre la cultura argentina es un aspecto que, originado en el momento mismo de la conformación de nuestro país, marca hasta la actualidad nuestra vida política, económica y social: el centralismo.

Esta condición determinada por una ciudad capital que acumula el monopolio del poder político y el poder económico, influye como es lógico en las políticas culturales de un país que declara poseer una forma de gobierno representativa, republicana y federal, no siendo en efecto ninguna de las tres cosas.

En materia cultural Buenos Aires es la sede de numerosas instituciones de carácter nacional, que sin embargo desarrollan su actividad fundamental en la misma capital irradiando excepcionalmente su labor a las distintas regiones de nuestro país -tal es el caso de la Orquesta Sinfónica Nacional, el Coro Polifónico Nacional, el Ballet Folclórico Nacional, la Banda Sinfónica de Ciegos, el Coro Nacional de Jóvenes, el Coro Nacional de Niños, el Coro Polifónico Nacional de Ciegos “Carlos Larrimbe” y la Orquesta Nacional de Música Argentina “Juan de Dios Filiberto”-. Buenos Aires además concentra la sede de los diarios nacionales, las emisoras más importantes de radio, las principales editoriales, los canales de televisión de mayor alcance; todos estos elementos imprescindibles para la difusión de la actividad cultural. Simplemente como dato verificamos una estadística que indica que en la Capital Federal se invierten en cultura per cápita entre 90 y 100 pesos por año mientras que en el resto del país la inversión es de solo 30 pesos
[1].

Esta desigualdad, señalada entre otras en el agudísimo libro La Cabeza de Goliat (1946), de Ezequiel Martínez Estrada, determina que cualquier programa cultural de alcance nacional diseñado en Buenos Aires deba sufrir permanentes ajustes y modificaciones para ser viable en las regiones donde se implementa, ya que pocas veces los proyectos de este tipo contemplan las particularidades de cada región, muy diversas y peculiares en virtud de la enorme extensión de nuestro país.

En el libro mencionado Martínez Estrada se pregunta que pasaría si Buenos Aires, en su carácter de megalópolis, no existiera, para responderse inmediatamente “sería mejor”.

En esta línea de pensamiento propongo analizar qué le aporta Buenos Aires al interior y viceversa. Si consideramos lo caro que le sale el conjunto provincia de Buenos Aires-Ciudad Autónoma al interior estaremos respondiendo en parte al interrogante, con el simple dato de que el presupuesto nacional siempre se inclina a favor de aquél, aunque la población del interior sea mayor en su conjunto. Esta suerte de pendiente, que deriva los recursos de todo el vasto país a los pies del hombre de Corrientes y Esmeralda, como nombró Scalabrini Ortíz al porteño arquetípico, luce por lo menos injusta y es la causa de una tensión que de tanto en tanto (como ahora con el conflicto del campo) aflora en forma de crisis. Mientras tanto la distancia se mantiene y el país discurre por dos cauces distintos, con destinos diversos y hasta opuestos y con cosmovisiones que solo coinciden es ciertas pasiones epidérmicas.

En lo cultural el interior aporta los ricos y ancestrales valores de un legado que busca impulsarse y legitimarse desde la capital, el mismo que lograró en los años 60’ un movimiento con visos de universalidad. Y ahí está ese acervo que las regiones tienen para comunicar en voz baja, aquella que solo se escucha cuando el silencio y la intimidad lo permiten y cuando la sabiduría lo ha merecido.

Buenos Aires devuelve lo que le sobra de esa excesiva mirada sobre sí misma, que equivale en este caso a mirar hacia el exterior. Y lo que le sobra va del lumpen televisivo al descaro revisteril que se propaga infectamente por los hogares y hasta los pequeños cines y teatros del vasto –y dócil- interior. “A medida que pasan los años y los programas de televisión, las cosas se complican para peor. Lo que era un problema de la guaranguería de Buenos Aires se empieza a extender audiovisualmente por el interior”, dice Abel Posse en su libro Biblioteca Esencial (Emecé, 1991).

Qué pena da ver a pueblos rodeados de una naturaleza muchas veces deslumbrante y tan ricos histórica y culturalmente fascinándose con la impudicia que promueven cuatro o cinco alienados desde las productoras de televisión porteñas.

En este desigual comercio, agravado por la funesta globalización, se debate nuestra vapuleada cultura nacional a la espera de que los argentinos recuperemos la confianza en lo que podemos ofrecer a los demás y que alguna vez consideremos, aún en forma de remota posibilidad, que nuestro vecino pueda tener algo para comunicar al mundo.

Nos gustaría que estos pensamientos se entendieran menos como una diatriba contra la capital que como un modesto reclamo por la identidad, valioso manantial que cuanto más lejos está de la iconografía y los tradicionalistas más suele acercarse a la libertad.

Hasta la próxima


Pablo Izurieta

8 de octubre de 2008

[1] Dato expresado por el secretario de Cultura de la Nación, José Nun en la entrevista Luchar contra las tendencias, revista Ñ, Nº 257, del sábado 30 de agosto de 2008, Buenos Aires

jueves, 2 de octubre de 2008

Sobrevolando la cultura nacional (2)

-segunda entrega-

La fábrica de espejitos de colores

Hoy es casi una obviedad referirse al carácter colonialista de la cultura argentina; es un tópico por demás discutido en el pasado, que no por eso ha dejado de ser vigente; es más bien de esos asuntos que las modas intentan relegar pero que siguen influyendo en nuestra forma de ver y ejercer el arte, tema principal de este blog.

Desde la conformación de nuestro país existe entre nosotros una drástica división entre el arte clásico –académico, europeo, oficial- y el popular, agrupado habitualmente en conceptos reduccionistas muchas veces peyorativos como arte nativo, regional, americanista, indigenista, etc

Debido a factores de índole histórica, geográfica y cultural esta influencia impacta de diferente manera en la capital y el interior del país. En aquella encontramos una línea colonialista que se actualiza constantemente y que está marcada por una fascinación insólita por lo foráneo, traducida en una presunta afinidad (muchas veces más fanática y siempre más desmesurada que la original) por expresiones tan diversas y disímiles que resulta difícil asociarlas a un solo lugar geográfico, a una sola ciudad, en este caso, con fisonomía de isla cultural.

Salvo el breve interregno que marcó el auge del tango (décadas del 40’ y el 50’) la mirada del capitalino fue de la ópera al fox-trot, y de este al sinnúmero de estilos y corrientes que los centros de producción del espectáculo exportaban para los satélites culturales.

Hoy en día esta fascinación por lo extranjero está completamente asociada al desarrollo del mercado y lleva a desmesuras tales como el agotar funciones de un espectáculo antes que en ninguna otra parte del mundo con entradas que triplican en valor a las que se cobran en el país de origen.

No pretendemos acercarnos siquiera al determinismo o tiranía cultural, simplemente debemos reconocer la hegemonía de una cultura inserta en un medio que no es el original, además de lo insólito que resulta que una cultura (la argentina) revista mayor interés para los extranjeros que para aquellos a quienes está ligada histórica y geográficamente.

No se ataje el precavido sosteniendo que a el lo representa mejor la música de un sofisticado grupo inglés que una incomprensible baguala; es absolutamente probable y entendible en una ciudad como Buenos Aires que está mucho más cerca –culturalmente hablando- de Londres que de Tucumán. Identificaciones aparte, lo que resulta más difícil de perdonar es el desconocimiento
[1].

Es preciso reconocer una hegemonía para saber qué se está relegando; en este caso, la expresión vernácula, que, como suele suceder, resulta más denostada cuanto menos conocida es. Muchos sabemos lo difícil que es encontrar información o documentación sobre creadores argentinos y que difícil les resulta a los artistas del interior encontrar vías de contacto independientes de la conexión Buenos Aires.

A propósito de la música, he constatado más de una vez el desconocimiento de nuestra la producción nacional por parte de muchos de nuestros mejores intérpretes académicos. Esta ignorancia, que resulta inexplicable, lleva a veces a hechos insólitos
[2].

De ninguna manera pretendo dejar de reconocer los valores de la cultura universal pero me resisto a ver históricamente relegadas amplias zonas de la cultura propia que pueden aportarnos elementos y recursos válidos y vigentes. Después está el tema de las preferencias, pero estas son más bien personales y al hablar de cultura nos interesa la dimensión colectiva por sobre aquella.

No solo en la Capital se advierte esta característica colonialista. El llamado interior presenta un panorama complejo donde el colonialismo se reproduce a escala interna en la relación con Buenos Aires. Lo que provenga de la Gran Ciudad, resistida y admirada a la vez, tiene carta de prestigio y brillo de candilejas. Pero esto nos introducirá en el tema de la tercera entrega de estos ramplones (y arbitrarios) vuelos sobre aspectos de la cultura nacional: el Centralismo.

Hasta la próxima entrega.

Pablo Izurieta

Buenos Aires, 1 de octubre de 2008

[1] Ya señalaba Igor Stravinsky en su Poética Musical que una de las condiciones del intérprete clásico es conocer la música de su tierra
[2] recientemente he sabido de la cancelación del estreno de un concierto para guitarra y orquesta de autor argentino porque una orquesta profesional de provincias no podía tocarla ...