
Hace poco vi la hermosa película “Balzac y la pequeña costurera china”. Los protagonistas son dos jóvenes universitarios que, junto a otros de su condición han sido enviados al campo por el régimen de Mao para realizar las duras tareas de labranza como parte de lo que se llamó la “reeducación campesina”. En las montañas y a través de unos viejos volúmenes salvados de la censura, descubren a Balzac.
En las admirables novelas del gran escritor francés, que leen en voz alta a la pequeña costurera del título de la película (apenas una adolescente hija de campesinos y analfabeta) los jóvenes descubren algo nuevo, exclamando uno de ellos que después de Balzac ha empezado a VER el mundo, como si hubiera despertado de un largo sueño para emprender la aventura del descubrimiento de la vida.
Nunca concebí a la cultura como algo distinto de un beneficio, de un regalo.
Quizás la sociedad y la escuela deban mirar a la historia con un espíritu más curioso y humilde porque probablemente, y mientras estamos embobados con lo que caracterizamos como “actual” o “divertido”, aguarden en aquella las respuestas a algunos de nuestros innumerables problemas.
No hay ninguna razón sustentable para que ignoremos las maravillosas obras que la humanidad ha producido en su transcurso siendo nosotros sus destinatarios naturales puesto que somos hombres y compartimos con todos los de nuestra raza rasgos únicos que nos identifican y hermanan más allá del tiempo y la distancia.
Como docente de Educación Artística en distintos niveles de enseñanza siempre he trabajado bajo la premisa “a los niños –y jóvenes- lo mejor”. Esto es: si puedo dejarme arrastrar por la destreza, carisma y buen gusto de un músico que, conocedor de su oficio, entrega lo mejor de sí desde un escenario; si puedo internarme en una pintura para percibir el mundo que nos muestra el artista enriqueciendo y verificando el propio; si puedo comprobar que alguien desde otro tiempo y un lugar muy distante del mío puede desde un libro por él compuesto hablarle a mi interioridad como probablemente ningún contemporáneo pueda hacerlo ¿porqué tengo que conformarme con productos diluidos, mediocres y grotescos que de ninguna manera hacen justicia a nuestra condición humana?
Es necesario decir que para que el milagro se produzca alguien debe mostrarnos eso que descubrió en un momento y que cambió su vida para siempre. Ese gesto generoso y libre nos ayudará a ver algo que maravilló y colmó a otros antes que a nosotros y que constituye el fabuloso legado de la humanidad.
Una vez que hemos admitido en nosotros ese tesoro –que comenzamos a VER algo nuevo, como el joven chino- este no nos abandonará hasta que decidamos olvidarlo o cambiarlo por otro- sería deseable que mejor que el anterior-.
El tiempo, la frecuentación y la curiosidad harán el resto y, más allá de convertirnos en expertos o no, seremos mejores gustadores de la vida y las bellezas del mundo. También es una manera de ser mejores seres humanos, más sensibles e inteligentes, porque, al igual que un hombre se realiza al lado de una mujer y viceversa, y el profesor lo hace en contacto con el alumno, nuestra interioridad crece cuando establece una correspondencia con elementos del mundo que sintetizan y a su vez describen al mundo todo.
Mentiríamos si dijéramos que para acceder al elevado goce de la cultura no debemos esforzarnos, ya que las mejores obras humanas reclaman de nosotros un espíritu curioso, una sensibilidad despierta y una predisposición del espíritu que revele entrega y un mínimo de conocimiento – algo así como una gimnasia de lo bello-; pero para esto no hay obstáculos más que los que nosotros mismos opongamos, ya que ni la edad, ni la condición social constituyen un impedimento.
“Haz tesoros que los hombres no puedan quitarte”
La frase escuchada en la niñez resonaba en mí mientras veía a los jóvenes chinos iniciar su aventura, que bien puede ser la de todos: la del espíritu y el conocimiento, para hacer la vida más grande e interesante.
En las admirables novelas del gran escritor francés, que leen en voz alta a la pequeña costurera del título de la película (apenas una adolescente hija de campesinos y analfabeta) los jóvenes descubren algo nuevo, exclamando uno de ellos que después de Balzac ha empezado a VER el mundo, como si hubiera despertado de un largo sueño para emprender la aventura del descubrimiento de la vida.
Nunca concebí a la cultura como algo distinto de un beneficio, de un regalo.
Quizás la sociedad y la escuela deban mirar a la historia con un espíritu más curioso y humilde porque probablemente, y mientras estamos embobados con lo que caracterizamos como “actual” o “divertido”, aguarden en aquella las respuestas a algunos de nuestros innumerables problemas.
No hay ninguna razón sustentable para que ignoremos las maravillosas obras que la humanidad ha producido en su transcurso siendo nosotros sus destinatarios naturales puesto que somos hombres y compartimos con todos los de nuestra raza rasgos únicos que nos identifican y hermanan más allá del tiempo y la distancia.
Como docente de Educación Artística en distintos niveles de enseñanza siempre he trabajado bajo la premisa “a los niños –y jóvenes- lo mejor”. Esto es: si puedo dejarme arrastrar por la destreza, carisma y buen gusto de un músico que, conocedor de su oficio, entrega lo mejor de sí desde un escenario; si puedo internarme en una pintura para percibir el mundo que nos muestra el artista enriqueciendo y verificando el propio; si puedo comprobar que alguien desde otro tiempo y un lugar muy distante del mío puede desde un libro por él compuesto hablarle a mi interioridad como probablemente ningún contemporáneo pueda hacerlo ¿porqué tengo que conformarme con productos diluidos, mediocres y grotescos que de ninguna manera hacen justicia a nuestra condición humana?
Es necesario decir que para que el milagro se produzca alguien debe mostrarnos eso que descubrió en un momento y que cambió su vida para siempre. Ese gesto generoso y libre nos ayudará a ver algo que maravilló y colmó a otros antes que a nosotros y que constituye el fabuloso legado de la humanidad.
Una vez que hemos admitido en nosotros ese tesoro –que comenzamos a VER algo nuevo, como el joven chino- este no nos abandonará hasta que decidamos olvidarlo o cambiarlo por otro- sería deseable que mejor que el anterior-.
El tiempo, la frecuentación y la curiosidad harán el resto y, más allá de convertirnos en expertos o no, seremos mejores gustadores de la vida y las bellezas del mundo. También es una manera de ser mejores seres humanos, más sensibles e inteligentes, porque, al igual que un hombre se realiza al lado de una mujer y viceversa, y el profesor lo hace en contacto con el alumno, nuestra interioridad crece cuando establece una correspondencia con elementos del mundo que sintetizan y a su vez describen al mundo todo.
Mentiríamos si dijéramos que para acceder al elevado goce de la cultura no debemos esforzarnos, ya que las mejores obras humanas reclaman de nosotros un espíritu curioso, una sensibilidad despierta y una predisposición del espíritu que revele entrega y un mínimo de conocimiento – algo así como una gimnasia de lo bello-; pero para esto no hay obstáculos más que los que nosotros mismos opongamos, ya que ni la edad, ni la condición social constituyen un impedimento.
“Haz tesoros que los hombres no puedan quitarte”
La frase escuchada en la niñez resonaba en mí mientras veía a los jóvenes chinos iniciar su aventura, que bien puede ser la de todos: la del espíritu y el conocimiento, para hacer la vida más grande e interesante.
Pablo Izurieta
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