Nosotros los argentinos tenemos una tendencia histórica a la sentencia, a la clarividencia y a los juicios categóricos, todos igualmente impunes: antes de preguntar opinamos, antes de manifestar un pensamiento dictaminamos y antes de ponderar un pensamiento o nos defendemos o atacamos.
Una sentencia reciente es la que dictamina la muerte del kirchnerismo mientras yo humildemente pienso que esto no ha sucedido ya que si hablamos de él es porque existe como existe y existirá el Quijote hasta la primera generación que lo olvide y condene al mismo final que nos espera a todos. Y como existe seguiremos hablando de él y seguirá gravitando por influencia o por rechazo en nuestra vida política.
Yo me acostumbré a pensar a este fenómeno político y cultural a la luz de un prisma particular analizando algunos ángulos poco transitados y que probablemente nunca integren las categorías de análisis hegemónicas ni los titulares de la prensa.
Pensé abundantemente en la mala educación personal del kirchnerismo que propagó, en una pedagogía ruin, los disvalores del ninguneo, la agresión, el insulto, el imperio del ojo por ojo, el doblar la apuesta a la violencia, la soberbia intrínseca, todo desde el púlpito gubernamental[i], sabiendo que las cualidades personales no constituyen una categoría oficial de análisis de la realidad.
Ahora quiero hablar del abuso de la palabra con el conocimiento de que es un factor igualmente devaluado a la hora de analizar la política de los últimos años.
Hace poco un amigo, inflamado por la ira que le despierta el gobierno actual, me decía que él se sentía representado por la figura de la ex presidente mucho más que por cualquier político argentino contemporáneo. Mientras me decía esto yo pensaba en que no había seres menos semejantes que mi amigo, cauto casi siempre, sensible, agradable, honesto y humilde y la citada mandataria. Me pregunté entonces qué es lo que hace que alguien se sienta cercano a un opuesto de esta manera y creo que la respuesta está en la palabra.
El uso de la palabra entre nosotros es abusivo en general. Nuestra inclinación a la hipérbole, el tránsito hasta el desgaste y desactivación de algunas palabras, el exceso de verbo, su profusión inmoderada para tocar todos los temas y sobre todo el error de contentarnos con nombrar un problema para creer que solo con eso nos acercamos a la solución, nos han llevado a la peligrosa situación que deviene del mal uso de nuestro código principal.
El lenguaje es un bien inmaterial de uso necesario y obligado y esto debería llevarnos a cuidarlo, a reflexionar sobre su uso y a intentar enriquecerlo como un bien común de propiedad exclusiva de nuestra cultura[ii].
Los peligros del mal uso del lenguaje se evidencian como nunca en fenómenos fácticos como la política y creo que acabamos de vivir un momento histórico marcado por el uso abusivo del lenguaje -¿Qué otra cosa que el uso intencionado e insidioso de la palabra podría hacer pensar a mi amigo en su filiación con alguien a quien no conoce y, que lo que se conoce de ella es literalmente su opuesto? -.
La palabra nombra, representa, da entidad a las cosas, las vuelve reales. En eso estamos entrenados por la educación y lo estamos mucho más que en otros aspectos como la percepción, la sensibilidad poética, plástica o visual o la cualidad de “ver” formas en el tiempo, que es lo que construye la música.
En cuanto al kirchnerismo éste construyó, más que un relato una realidad propia a partir de su particular uso de la palabra, que denominamos de abusivo porque se perpetró en forma pertinaz, agresiva y que se presentó como la expresión de la realidad genuina por sobre la realidad “inventada”, interesada o espuria de los medios hegemónicos y luego por sobre todo lo que no fuera el propio discurso, trasladando una interpretación falaz de la realidad, que todos sabemos que es una construcción constante, diversa y por lo tanto inasible.
La realidad, hecha de palabras y de hechos, se describe y analiza con las primeras pero se prueba y se comprueba con los segundos, por eso, mientras los hechos oscuros eran compensados por palabras, la balanza de la opinión adicta se sostuvo altiva -claro que entre los viandazos que los sometió el propio uso de la palabra[iii]- pero cuando se perdió el micrófono oficial los hechos empezaron a tomar su lugar.
Sin embargo debió suceder algo extraordinario para que los hechos compensaran el abuso de las palabras y apareció el secretario del anterior ministro de planificación lanzando bolsos millonarios por sobre el paredón de una casa de retiros religiosos, y debió suceder además de esa manera improbable para que los hechos se asemejaran en importancia a castillos de palabras que parecían insuperables. Entonces vimos a los incautos simpatizantes kirchneristas reprobar con asco –no sabemos si fingido o verdadero- por primera vez un hecho, ni más ni menos vergozante que otros hechos, solo que este estaba huérfano de argumentos, aislado de las palabras, o estas eran más débiles y lejanas.
Ahora, a seis meses del fin del gobierno kirchnerista, la realidad fáctica se ha impuesto de manera brutal y nosotros no estamos hechos para soportar esto fácilmente. Cuando las cosas tienden a costar lo que valen, cuando los hechos no están disfrazados de palabras, cuando no podemos justificar nuestra existencia en la imagen de un enemigo nos sentimos incómodos, desheredados. El elogio de la elocuencia de la doctora era, ahora lo sabemos, el del placebo que hacía a muchos dormir tranquilos sabiendo que la altura moral estaba salvaguardada por su discurso.
¡Qué duro ser argentino y vivir entre las dudas ancestrales que nos desvelan y preferimos postergar siempre!
En fin, habrá que seguir sufriendo hasta que alguien nos enamore de vuelta y nos construya un nuevo castillo igual que los del Quijote, hecho de leyendas, de delirios, de fantasmas.
Pablo, 8 de julio de 2016
[i] Por este y otros gestos, evidencia de sus prácticas y políticas es que el kirchnerismo me parece mucho más un neo chavismo que una vuelta al peronismo original. Aspecto sumamente evidente y que, en nuestro afán de mirarnos siempre el ombligo, no hemos considerado como tal. Chávez no tuvo ningún Perón en su historia y por eso recurrió a la autoridad de Bolívar hasta el hartazgo. Aquí, el progresismo regresivo que encarnó el kircherismo invocó la memoria de Perón y Eva recuperando hasta la iconografía de aquel período.
[ii] Sabemos que cada país y cultura tiene un uso particular del idioma, en cuyas modificaciones están las señas de su historia, su realidad, sus logros y fracasos
[iii] Ver cómo cambió la consideración de la figura de Scioli en pocos días entre los simpatizantes kirchneristas por obra y gracia de la unción de la “jefa” fue todo un espectáculo para los espectadores atentos a las lógicas delirantes del populismo

1 comentario:
Me encantó!!! Espero ansioso la segunda parte de este artículo. Un abrazo. Juan 25/10/2017
Publicar un comentario