
“que triste la gente sin otra finalidad en la vida que
la de hacer hijos sin saber porqué ni para qué”
Caín, José Saramago
Mi hermano Ramiro, que sin haber leído demasiado tiene buen ojo para los libros, me regaló para mi último cumpleaños el Caín de Saramago. Confieso que otras veces el estilo verborrágico y lineal del premio Nobel me desanimó a las pocas páginas. Esta vez sin embargo, la potencia e interés del texto me cautivaron desde el comienzo y llegué hasta la última página con la misma expectativa.
No te asustes porque este no será el comentario arbitrario y pedante de un libro, más bien intentaré dar forma a un pensamiento que saltó para mí del argumento como un pez del fuentón. Me refiero a un tema que el libro toca descarnadamente: la paternidad.
La punta del ovillo apareció tras el epígrafe que abre estas líneas y que inmediatamente me llevó a pensar en la idea de la dimensiones humanas.
El punto es muy sencillo. Los seres humanos habitamos dos dimensiones humanas básicas: la personal y la social. Ambas son inevitables, ambas nos reclaman y tienen la característica de ser de difícil compensación -rara vez el éxito de una se compensa con la fortuna de la otra-.
Sigamos adelante. El hecho que principia la vida es la procreación (origen de la persona), las numerosas repeticiones de este hecho conforman los grupos sociales (origen de las sociedades).
La paternidad
En la psicología del que procrea imaginamos que la importancia y rotundez del suceso de dar vida obliga al sujeto a correrse del centro exclusivo de sus preocupaciones personales para admitir al nuevo miembro, cuyas vicisitudes lo afectarán irremediablemente. Podemos concluir entonces que el que procrea inaugura preocupaciones sociales que antes ignoraba. Su mundo social se amplía con la llegada de un nuevo ser por el que además deberá responder y el compromiso con el entorno se renueva y adquiere mayos consistencia -de allí pensamos que los padres que inculcan en sus hijos una actitud especulativa, desconfiada y violenta respecto de los demás y como una forma de defensa del entorno, incurren en el doble error de la agresividad y la contradicción, ya que, habiendo provocado el hecho social básico, pretender negarlo-.
Lo social
El ser humano está llamado a la vida social. Casi todo lo que hace o ha hecho ha sido inspirado y modificado por los demás y a ellos está destinado. Los grupos humanos se organizaron históricamente en torno a las demandas y producciones de los hombres particulares y logran su cohesión cuando se acuerdan las reglas que protegerán a los individuos y propiciarán su desarrollo.
Hoy lo social atraviesa una enorme crisis mundial. Los paradigmas del capitalismo han entronizado la búsqueda del éxito y del dinero desplazando a las demás preocupaciones humanas. En este contexto la educación ha sido sustituida por la información –cuanto más utilitaria mejor-, el trabajo por la explotación, la cultura por la diversión, la diversión por el aturdimiento, la salud por la estética, la belleza por la provocación, la sexualidad por la promiscuidad, el descanso por la pereza, el bienestar por la acumulación y la vocación por el oportunismo, entre otros males.[1]
La Argentina
En nuestro país esa confusión adquiere un perfil característico teñido de nuestros propios males y debilidades.
Podemos comenzar por decir que, en conceptos de Roberto Arlt, el argentino se ha tornado desconfiado. Carezco de los conocimientos necesarios para precisar el origen de este mal, pero creo que parte de nuestra desconfianza se basa en el fracaso de nuestro país en el sentido de lo social: como no puedo, por incapacidad o falta de hábito unirme a los otros en un sentido positivo, los desdeño o subestimo.
la de hacer hijos sin saber porqué ni para qué”
Caín, José Saramago
Mi hermano Ramiro, que sin haber leído demasiado tiene buen ojo para los libros, me regaló para mi último cumpleaños el Caín de Saramago. Confieso que otras veces el estilo verborrágico y lineal del premio Nobel me desanimó a las pocas páginas. Esta vez sin embargo, la potencia e interés del texto me cautivaron desde el comienzo y llegué hasta la última página con la misma expectativa.
No te asustes porque este no será el comentario arbitrario y pedante de un libro, más bien intentaré dar forma a un pensamiento que saltó para mí del argumento como un pez del fuentón. Me refiero a un tema que el libro toca descarnadamente: la paternidad.
La punta del ovillo apareció tras el epígrafe que abre estas líneas y que inmediatamente me llevó a pensar en la idea de la dimensiones humanas.
El punto es muy sencillo. Los seres humanos habitamos dos dimensiones humanas básicas: la personal y la social. Ambas son inevitables, ambas nos reclaman y tienen la característica de ser de difícil compensación -rara vez el éxito de una se compensa con la fortuna de la otra-.
Sigamos adelante. El hecho que principia la vida es la procreación (origen de la persona), las numerosas repeticiones de este hecho conforman los grupos sociales (origen de las sociedades).
La paternidad
En la psicología del que procrea imaginamos que la importancia y rotundez del suceso de dar vida obliga al sujeto a correrse del centro exclusivo de sus preocupaciones personales para admitir al nuevo miembro, cuyas vicisitudes lo afectarán irremediablemente. Podemos concluir entonces que el que procrea inaugura preocupaciones sociales que antes ignoraba. Su mundo social se amplía con la llegada de un nuevo ser por el que además deberá responder y el compromiso con el entorno se renueva y adquiere mayos consistencia -de allí pensamos que los padres que inculcan en sus hijos una actitud especulativa, desconfiada y violenta respecto de los demás y como una forma de defensa del entorno, incurren en el doble error de la agresividad y la contradicción, ya que, habiendo provocado el hecho social básico, pretender negarlo-.
Lo social
El ser humano está llamado a la vida social. Casi todo lo que hace o ha hecho ha sido inspirado y modificado por los demás y a ellos está destinado. Los grupos humanos se organizaron históricamente en torno a las demandas y producciones de los hombres particulares y logran su cohesión cuando se acuerdan las reglas que protegerán a los individuos y propiciarán su desarrollo.
Hoy lo social atraviesa una enorme crisis mundial. Los paradigmas del capitalismo han entronizado la búsqueda del éxito y del dinero desplazando a las demás preocupaciones humanas. En este contexto la educación ha sido sustituida por la información –cuanto más utilitaria mejor-, el trabajo por la explotación, la cultura por la diversión, la diversión por el aturdimiento, la salud por la estética, la belleza por la provocación, la sexualidad por la promiscuidad, el descanso por la pereza, el bienestar por la acumulación y la vocación por el oportunismo, entre otros males.[1]
La Argentina
En nuestro país esa confusión adquiere un perfil característico teñido de nuestros propios males y debilidades.
Podemos comenzar por decir que, en conceptos de Roberto Arlt, el argentino se ha tornado desconfiado. Carezco de los conocimientos necesarios para precisar el origen de este mal, pero creo que parte de nuestra desconfianza se basa en el fracaso de nuestro país en el sentido de lo social: como no puedo, por incapacidad o falta de hábito unirme a los otros en un sentido positivo, los desdeño o subestimo.
En la Argentina todos somos pelotudos para otro, y esto es fundamentalmente producto de la desconfianza que suscitamos en el prójimo.
El problema es que la desconfianza es un sentimiento que nos empequeñece y que además recorta nuestra personalidad. ¡Cuánta energía empleamos en evitar la burla o la violencia a la que nos expone la desconfianza!
El problema es que la desconfianza es un sentimiento que nos empequeñece y que además recorta nuestra personalidad. ¡Cuánta energía empleamos en evitar la burla o la violencia a la que nos expone la desconfianza!
Para ejemplificar copio dos oraciones del famoso escrito de Julián Marías sobre los argentinos:
Cada uno (de los argentinos) es un genio y los genios no se llevan bien entre ellos; por eso es fácil reunirlos, pero unirlos... imposible.
Tienen un espantoso temor al ridículo, pero se describen a si mismo como liberados.
Cada uno (de los argentinos) es un genio y los genios no se llevan bien entre ellos; por eso es fácil reunirlos, pero unirlos... imposible.
Tienen un espantoso temor al ridículo, pero se describen a si mismo como liberados.
La desconfianza, aunque esté medianamente justificada en los tiempos que corren, adquiere tintes dramáticos cuando nos lleva a convertirnos en enemigos de nuestros compatriotas. ¿Qué significan la violencia urbana, los 22 muertos por día en accidentes de tránsito, los piquetes, el enfrentamiento entre delincuentes y no delincuentes que muestra diarios casos de justicia por mano propia, sino una enorme crisis de los lazos sociales?
La incapacidad para construir acuerdos sociales fuertes y prósperos debilita a las sociedades minando su capacidad para desarrollar anticuerpos contra los males globales.
No quiero afligirlo mi querido lector con frases sospechadas de pesimismo. Debemos mencionar también que las cosas pueden cambiarse y le propongo una acción inicial: erradicar de nosotros la maledicencia, defecto egoísta que se extiende entre los argentinos como el aceite sobre el agua.
La incapacidad para construir acuerdos sociales fuertes y prósperos debilita a las sociedades minando su capacidad para desarrollar anticuerpos contra los males globales.
No quiero afligirlo mi querido lector con frases sospechadas de pesimismo. Debemos mencionar también que las cosas pueden cambiarse y le propongo una acción inicial: erradicar de nosotros la maledicencia, defecto egoísta que se extiende entre los argentinos como el aceite sobre el agua.
Si desaparecieran de nuestros hábitos la risita socarrona y dejara de repetirse la criolla postal de dos personas hablando mal de un tercero que hace instantes estaba con ellos creo que habremos dado un paso.
Los hijos
Luego de este rodeo vuelvo al tema del comienzo para expresarlo en unas pocas preguntas en torno de la señalada desconfianza en el prójimo y en la crisis de lo social:
¿es consciente el hombre contemporáneo de la naturaleza social de la procreación y de los compromisos que entraña?
¿puede un hombre procrear libremente y sin cuestionamientos cuando desconfía esencialmente del grupo social al que pertenece?
¿puede este mismo individuo proyectar su familia solo desde un ángulo individual sin considerar las condiciones sociales en las que ese nuevo ser crecerá?
¿puede un hombre ético alentar el crecimiento de una familia sin contribuir al crecimiento del entorno?
¿es ético procrear en un medio en el que la dignidad de los hombres no está garantizada?
Y por último: ¿de dónde saca fuerzas el hombre para dar vida cuando no cree en el futuro?
Final
Los argentinos somos demasiado sentimentales en nuestros juicios, y especialmente cuando hablamos de los hijos, dándole al tema un tinte de desbordada emotividad. Vuelvo a Marías:
No le habléis de lógica. La lógica implica razonamiento y mesura. Los argentinos son hiperbólicos y desmesurados, van de un extremo a otro con sus opiniones y sus acciones.
Una simple observación me indica que las principales causas de la procreación son dos: el descuido (léase irresponsabilidad) o la confirmación de la seguridad económica de los futuros padres.
Luego vienen los dislates. Alguna vez escuché con estupor decir a alguien que iba a tener tantos hijos como la tía X o como Charles Ingalls. Tampoco puedo digerir fácilmente las planificaciones familiares con una agenda en la mano. Más bien pienso que el nacimiento de los hijos proviene de una compleja ecuación entre el tiempo biológico (personal) y el cronológico (histórico - social).
En la cima desesperada del mundo contemporáneo uno podría pensar como Discépolo en Cambalache “todo es igual, nada es mejor”, a lo que debemos responder: de ninguna manera. Sin temor a parecer demasiado kantianos en la severidad de los juicios morales hay que recordar que no hay nada que justifique nuestras faltas personales. Me refiero a que ni siquiera una debacle exterior nos redime de ellas: los errores individuales no se conmutan por las injusticias colectivas.
Hasta aquí esta reflexión que solo ha intentado defender el derecho a preguntarnos sobre los asuntos humanos, además de poner en evidencia la condena social a quienes no tienen hijos culpándolos de egoísmo, comodidad o desamor sin considerar que hay razones de tipo ético que influyen en decisiones tan importantes como la procreación. Quizás solo se trate de una justificación personal. De todas maneras, si estas palabras suscitaron en algún momento la reflexión en torno de alguno de los temas que plantea, habrán cumplido ampliamente su cometido.
Pablo Izurieta, Córdoba, enero de 2010
Los hijos
Luego de este rodeo vuelvo al tema del comienzo para expresarlo en unas pocas preguntas en torno de la señalada desconfianza en el prójimo y en la crisis de lo social:
¿es consciente el hombre contemporáneo de la naturaleza social de la procreación y de los compromisos que entraña?
¿puede un hombre procrear libremente y sin cuestionamientos cuando desconfía esencialmente del grupo social al que pertenece?
¿puede este mismo individuo proyectar su familia solo desde un ángulo individual sin considerar las condiciones sociales en las que ese nuevo ser crecerá?
¿puede un hombre ético alentar el crecimiento de una familia sin contribuir al crecimiento del entorno?
¿es ético procrear en un medio en el que la dignidad de los hombres no está garantizada?
Y por último: ¿de dónde saca fuerzas el hombre para dar vida cuando no cree en el futuro?
Final
Los argentinos somos demasiado sentimentales en nuestros juicios, y especialmente cuando hablamos de los hijos, dándole al tema un tinte de desbordada emotividad. Vuelvo a Marías:
No le habléis de lógica. La lógica implica razonamiento y mesura. Los argentinos son hiperbólicos y desmesurados, van de un extremo a otro con sus opiniones y sus acciones.
Una simple observación me indica que las principales causas de la procreación son dos: el descuido (léase irresponsabilidad) o la confirmación de la seguridad económica de los futuros padres.
Luego vienen los dislates. Alguna vez escuché con estupor decir a alguien que iba a tener tantos hijos como la tía X o como Charles Ingalls. Tampoco puedo digerir fácilmente las planificaciones familiares con una agenda en la mano. Más bien pienso que el nacimiento de los hijos proviene de una compleja ecuación entre el tiempo biológico (personal) y el cronológico (histórico - social).
En la cima desesperada del mundo contemporáneo uno podría pensar como Discépolo en Cambalache “todo es igual, nada es mejor”, a lo que debemos responder: de ninguna manera. Sin temor a parecer demasiado kantianos en la severidad de los juicios morales hay que recordar que no hay nada que justifique nuestras faltas personales. Me refiero a que ni siquiera una debacle exterior nos redime de ellas: los errores individuales no se conmutan por las injusticias colectivas.
Hasta aquí esta reflexión que solo ha intentado defender el derecho a preguntarnos sobre los asuntos humanos, además de poner en evidencia la condena social a quienes no tienen hijos culpándolos de egoísmo, comodidad o desamor sin considerar que hay razones de tipo ético que influyen en decisiones tan importantes como la procreación. Quizás solo se trate de una justificación personal. De todas maneras, si estas palabras suscitaron en algún momento la reflexión en torno de alguno de los temas que plantea, habrán cumplido ampliamente su cometido.
Pablo Izurieta, Córdoba, enero de 2010
[1] Esto nos lleva a perder de vista los proyectos realmente importantes en una comunidad o una familia, que son, en el plano personal, la salud, la educación, el desarrollo de las propias capacidades y la cultura; y en el social la capacidad de asociarse, la solidaridad, la generosidad.
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