miércoles, 20 de febrero de 2013

Aquellas pequeñas cosas

Cuando uno es un adolescente lo preocupan y desvelan los grandes sueños épicos, las hazañas, el éxito. Es bueno que esto no dure demasiado, no para acostumbrarse a la pequeñez de la vida en un gesto de resignación -esa triste forma de la sabiduría, al decir de Bioy Casares- sino para descubrir los placeres modestos, como son la mayoría de los placeres mundanos, y además para habitar la dimensión existencial que más nos conviene, es decir aquella que podemos manejar sin perjucio de nuestra salud.
En mi caso los años han despertado un gusto extraño por lo nimio, que en vez de medir como insignificante imagino como importante. Un pequeño dato como el horario de un servicio de larga distancia, una situación como la elección de la mesa de un bar, un encuentro con un desconocido o la contemplación de objetos como un cartel en la ruta me motivan historias, cálculos, hipótesis y suposiciones que mi imaginación eleva a la categoría de cuestiones importantes al punto de parecerme extraño que las demás personas no los valoren como tal.
Esto ha derivado naturalmente en una atención creciente sobre aspectos más o menos relegados de la realidad como son aquellas cosas que acompañana los hechos y que no "califican" para convertirse en aspectos dignos de ser contados o discutidos pero que sin embargo pueden resultar trascendentes para la relevancia del hecho. Por ejemplo, en una clase de historia la situación parte de la exposición del tema X  presentado por el profesor Y ante el auditorio Z. Podemos hablar un rato del hecho describiéndolo, calificándolo, midiéndolo pero también podemos pensar en lo que hay detrás del profesor, su historia, sus lecturas, sus renuncias, sus sueños; podemos pensar en el estilo de su comunicación, en porqué su voz suena descarnada, gastada o jovial; podemos medir la atención de los alumnos en base a su exiguo pasado, en sus expectativas, sus urgencias y hasta podemos detenernos en el ámbito físico que ocupan ambos para detectar las señales significativas que presenta. En esta operación banal y simple estamos pasando del mundo supuestamente real a la literatura.
Quizás suene muy proustiano pero en esos pliegues de la realidad se encuentra quizás lo más interesante de ella, quizás estén aquí, semi ocultas, las señales que nos permitan interpretar algo tan complejo como la contemporaneidad. Para mi es así y lo es en una forma creciente ya que este modo de ver desarrolla un sentido que se refina con el tiempo pasando a confundir los planos de la realidad, trastocándolos en un constante juego de figura y fondo donde ninguno es más importante que el otro o donde lo menos importante pasa a ser decisivo, sugerente y atractivo con mayor frecuencia.
Un escritor dijo una vez que su oficio consistía principalmente en espiar el escenario de la realidad desde detrás del telón para descubrir los hilos que nos mueven y nos hacen actuar como si fuéramos importantes.
Esto ocupa cada vez más espacio en mi consideración de los hechos y de eso tan complejo e inasible que llamamos realidad.
En el caso del arte, uno de los temas que más ha ocupado mi vida, muchas preguntas vinculadas a lo anterior se suscitan cuando pienso en los creadores de las obras que admiro, no en el sentido vulgar que expresa la curiosidad por saber a qué horas escribe tal o si la letra aparece primero que la música en el caso del compositor cual, sino más bien en esa chispa misteriosa que lleva a alguien a querer seguir escribiendo después de décadas de llevar haciéndolo, en la energía, impulso o magia que lleva a alguien a seguir conservando la infantil costumbre de imaginar mundos a partir de la realidad humana pero que la sobrepasa en estilo y talento, a ese momento donde la vida doméstica se funde con algo superior que solo podrá ser expresado a través de una de las formas de la belleza.
Hasta la próxima

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