Hace algunos meses que dejé de mirar fútbol. La violencia,
dentro y fuera del césped, el obsceno negocio que ya nadie se preocupa en
disimular y sobre todo el bajo nivel del juego me alejaron de la pantalla cada
vez que hay un partido y mucho más de las canchas a las que alguna vez fui con
entusiasmo y genuina emoción. Sin embargo, por esas cosas de la cultura y de
las poderosas marcas de la infancia, sigo siendo un fanático exclusivo de este
deporte más allá de las decepciones –tendré que reconocer finalmente la veracidad
de ese canto primitivo que dice “es un sentimiento, no puedo parar”-. Quizás
eso explique estas líneas que, a partir de una trillada y recurrente comparación,
me llevan a hablar de fútbol, como una de
las cosas más queridas por mi.
Para comenzar voy a decir que yo no veo diferencias en las
condiciones para el juego entre Messi y Maradona. No creo que exista otro
jugador más parecido a Diego en su físico retacón, ideal para este deporte –que
en su mejor expresión, por si alguien aún no lo sabe, se juega al ras del suelo-,
en la potencia, la velocidad y los infinitos e inesperados recursos para evadir
al rival. Los dos son goleadores sin ser exclusivamente delanteros y sobre
todas las cosas, ambos pueden darse el lujo de los fuera de serie de tener que
preocuparse solamente por jugar tácticamente
libres pues la conexión con su instinto es tan fuerte que siempre saben lo que
tienen que hacer.
La diferencia sustancial que encuentro es una sola e
intentaré describirla a continuación.
Un poco de historia
El ciclo virtuoso de Maradona dura tan solo cuatro años:
desde el mundial del ’86, hasta el año 1990 donde gana el segundo scudetto para el Napoli y el subcampeonato
del mundo con la selección argentina. En ese período se consagra campeón y subcampeón
con Argentina - en un ciclo exitoso difícilmente repetible para nuestra
selección- campeón de la copa UEFA y dos veces campeón del scudetto con el Nápoli. Un título mundial, otro continental y dos
nacionales en el país donde jugaba son suficientes para su consagración
definitiva. Antes de eso tuvo lugar el
ascenso a la categoría de mejor jugador del mundo, el coqueteo con la impunidad
que le daba serlo y el comienzo de sus adicciones. Después de eso, la promesa
permanente de una resurrección que nunca llegó.
Esos cuatro años fueron sin embargo suficientes para
convertir a Maradona en un símbolo de inagotables significados, complejo,
obviamente contradictorio y válido para aludir a un tiempo extinto, muy
distinto del actual.
El último jugador
épico
El mundial del 86’ lo lleva a convertirse en el mejor
jugador del torneo y, por extensión, del mundo. Allí tiene lugar quizás el
punto más alto de su carrera: el partido contra Inglaterra por los cuartos de
final. Quien piense que ese fue un simple partido de fútbol se equivoca. Solo
basta con revisar las entrevistas al respecto de los futbolistas que lo jugaron
para comprender el real significado de este enfrentamiento. Inglaterra se estaba consolidando como uno de
los países más poderosos del planeta mediante la gestión implacable de M. Thatcher
– luego de la caída del muro de Berlín tres años después y del ingreso al G8 esta aspiración se concretaría en su
actual dimensión- y la victoria reciente en una guerra contra nuestro país,
altamente desigual por cierto. “Nosotros jugamos por los muertos de las
Malvinas”, dijo Maradona en un reportaje a Kusturica, ventilando una promesa interna
del vestuario argentino en México. Por eso los dos goles de Maradona son
emblemáticos. El primero, con una mano que sigo sin ver en las filmaciones, es
sin dudas la mayor “mojada de oreja” deportiva al imperio imaginada, más insolente que
pícara, más genial que intencionada. El segundo es simplemente el gol más lindo
de la historia de los mundiales, que sirve de piedra de toque para inaugurar su
condición de jugador épico. Un jugador proveniente de un país periférico,
liderando un equipo con jugadores que se desempeñaban mayoritariamente en su
tierra, se consagra como el mejor jugador del mundo y ganador del mundial fuera de su país en una
época de enormes jugadores.
Dos años antes Maradona había sido comprado por el Nápoli,
el equipo más popular del sur de Italia. Mucho se habló de la identificación
del ídolo con este club y su ciudad. Indudablemente la condición periférica y
marginal napolitana era el mejor ámbito imaginable para Maradona y el ambiente
que necesitaba para desplegar su condición épica.
En la década del 80’ la diferencia entre el norte y sur
italianos era más pronunciada que en la actualidad, Italia no era tan rica como
ahora y las diferencias eran más marcadas. Cada gol de Diego, cada finta, cada
triunfo eran victorias para su equipo al mismo tiempo que lo eran contra el hegemónico
norte. Ese antagonismo le es necesario para expresar su odio intrínseco, la
rabia del eterno marginado. Como un Espartaco redivivo, Maradona encabeza su
ejército de esclavos para arrebatarle el poder a Roma con más astucia que riqueza,
con más corazón que dinero, y lo consigue concitando tanto odio como fanatismo.
Ese es su destino y la causa de su ocaso; por eso es un símbolo complejo y difícil
de explicar.
El fin era previsible. La victoria sobre Italia en Nápoles en
el mundial del 90’, logrando el inédito hecho de que los locales alienten a la
Argentina por su pedido, es demasiado. Mermado por sus adicciones, por una
insolencia que parece infinita, por sus acusaciones a la FIFA y sobre todo por
el odio del poder al que estaba destinado fastidiar, Maradona cae en un proceso
por consumo de cocaína que lo lleva a la inhabilitación de la Federación
Italiana en marzo de 1991. Es un golpe de gracia en lo más alto de su carrera similar
al que ocurriría tres años más tarde en EEUU, en circunstancias injustas (por una falta idéntica al jugador español Calderé le dieron una sola fecha de suspensión) que solo sirve para actualizar y reafirmar su conflictivo vínculo con el poder.
Esa derrota personal es mucho más que eso. Pocos años más
tarde el mundo entraría en esta versión domesticada y previsible que transitamos
ahora. Ya no son posibles las victorias sobre el imperio porque este es igual
al poder económico y ha tomado formas complejas y viscosas difíciles de
distinguir. El patriotismo se desintegró en la globalización y el espectáculo
se independizó aislándose de otros significados y reivindicaciones. Acentúa esta
tendencia aséptica que los mejores jugadores sudamericanos jueguen, casi en su
totalidad, en el centro del poder futbolístico, es decir en Europa, y como
símbolo ¿no es la pintura de los colores patrios en el rostro la evidencia de
la epidérmica forma en que se vive la identificación con lo nacional en la
actualidad? Con el G8 y el G 20 bien definidos las luchas norte-sur,
desarrollo-sub-desarrollo son totalmente anacrónicas. De allí que la lucha que
libró Maradona sea la clausura de una época donde la reivindicación era aún
posible, donde aún era posible soñar con una “mojada de oreja” al imperio.
Maradona y la
Argentina
Hay en el deseo de todos los argentinos que vivimos la época
de Maradona un elemento de análisis que radica en esa cuasi plegaria colectiva
por su vuelta que extendimos hasta el límite de la realidad. No era solo el
pedido por un hombre que nos había dado alegría, era también el recuerdo de una
época donde nacimos a la democracia creyendo por momentos que un renacer total
era posible, donde las marcas del subdesarrollo podían disimularse con cierto
decoro y podíamos presumir de ser los mejores del mundo en algo, donde nuestra
romántica y adolescente idea progresista y socialista de la vida tenía un
hombre capaz de defenderla peleándole con fiereza al imperio, donde pensábamos
que era posible llegar desde el barro a los más alto en un momento donde hasta en
los ranchos más humildes el padre trabajaba y la madre señalaba el norte de la
dignidad.
Es por eso que un hombre se convierte en un símbolo: porque
representa, en sus abismos y complejidades a un colectivo social. Porque con
Maradona era posible ser pícaro y eficaz al mismo tiempo (¡qué distinto su
rostro del bobalicón de Messi o Ronaldhino, o del hieráticamente soberbio de
Cristiano Ronaldo!) y sobre todo porque era
factible llegar a lo más alto sin renunciar a las señas culturales particulares.
Messi, ídolo moderno
Le tocó a Messi un escenario totalmente distinto. Sin sur al
que reivindicar, sin imperio al que humillar su desafío consiste en llevar al
extremo el pragmatismo que lo caracteriza. Si alguna vez se identificó a
Maradona con el jugador arquetípico de nuestro fútbol, eso no se repite con
Messi. Con nuestro asumido subdesarrollo nada es más distinto ahora de nuestro
país que este superdotado futbolístico. Ante el indisimulable fracaso
colectivo, el hábito consolidado de hablar estérilmente sin conseguir cambiar
la realidad aparece este fenómeno que es todo concreción, la imagen viva del
éxito además de un motivo de orgullo y un placer a los sentidos. Maradona era el
representante de un pueblo y una época, Messi un prodigio tan deslumbrante como
lejano.
La diferencia
Es mínima y enorme al mismo tiempo. A uno le tocó ser el
último gran jugador épico y el símbolo de una época donde la patria se mezclaba
con el deporte y la historia. Al otro le toca nadar como pez en el agua dentro
de la era del universo omnipotente del espectáculo donde todo nace y muere en si mismo. Las armas, el talento son similares, casi idénticos, la finalidad muy distinta.
El presidente de Argentinos Juniors en la época de Maradona
dijo “Yo ya vi todo lo que tenía que ver”. Algo parecido nos puede pasar a los
que asistimos a esa época que no alcanzábamos a comprender del todo mientras la
transitábamos. Quizás Diego fue con su juego el canto de cisne de los
deportistas que vivían el conflicto amor-dinero, patria-conveniencia,
poder-deber antes de que esta lucha fuera imposible. Los que asistieron al
misterio de Maradona me van a entender[i]. El misterio radica por ejemplo en desafiar
siempre la lógica consagrando permanentemente lo inesperado, en defender
gratuitamente la estética por sobre la potencia y sobre todo en ese plus que da
el espíritu de haber vivido lo más bajo, que nunca se olvida[ii].
Este hecho lo eleva a esa categoría de deportista que se asemeja a los artistas
en su preferencia por la estética y en la capacidad de concentrar la vida en un
solo punto, un único gesto inflamado de belleza por obra y gracia de la intensidad creativa.
Este es mi homenaje a estos dos grandes del fútbol,
parecidos, pero nunca iguales.
Pablo Izurieta, 10 de
setiembre de 2012
[i] Una vez
un amigo uruguayo me dijo que los argentinos teníamos en Perón, el Che Guevara
y Maradona tres formas del misterio; ahora lo pienso yo también.
[ii] En este
sentido cabe recordar que Diego, dueño de una enorme energía y potencia,
prefirió siempre la sutileza a la fuerza. Sus goles más memorables (los dos
goles a los ingleses y el gol a Italia en México 86, el tiro libre a la Juve,
el gol a River con Filloy revolcándose en el barro por citar los que guardo más
vívidamente en la memoria) son caricias a la pelota.


1 comentario:
Genial...., Maradona trasciende la barrera de lo deportivo. Es un simbolo positivo muy identificatorio de la lucha contra los poderes hegemónicos. Alguna vez los yankees, en una conferencia que dio Maradona en Harvard lo declararon "Maestro Inspirador". Creo que nada mas acertado que eso. Un artista realmente.
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