domingo, 9 de septiembre de 2012

Maradona – Messi, épica y pragmatismo


Hace algunos meses que dejé de mirar fútbol. La violencia, dentro y fuera del césped, el obsceno negocio que ya nadie se preocupa en disimular y sobre todo el bajo nivel del juego me alejaron de la pantalla cada vez que hay un partido y mucho más de las canchas a las que alguna vez fui con entusiasmo y genuina emoción. Sin embargo, por esas cosas de la cultura y de las poderosas marcas de la infancia, sigo siendo un fanático exclusivo de este deporte más allá de las decepciones –tendré que reconocer finalmente la veracidad de ese canto primitivo que dice “es un sentimiento, no puedo parar”-. Quizás eso explique estas líneas que, a partir de una trillada y recurrente comparación, me llevan  a hablar de fútbol, como una de las cosas más queridas por mi.
Para comenzar voy a decir que yo no veo diferencias en las condiciones para el juego entre Messi y Maradona. No creo que exista otro jugador más parecido a Diego en su físico retacón, ideal para este deporte –que en su mejor expresión, por si alguien aún no lo sabe, se juega al ras del suelo-, en la potencia, la velocidad y los infinitos e inesperados recursos para evadir al rival. Los dos son goleadores sin ser exclusivamente delanteros y sobre todas las cosas, ambos pueden darse el lujo de los fuera de serie de tener que preocuparse solamente por  jugar tácticamente libres pues la conexión con su instinto es tan fuerte que siempre saben lo que tienen que hacer.
La diferencia sustancial que encuentro es una sola e intentaré describirla a continuación.

Un poco de historia
El ciclo virtuoso de Maradona dura tan solo cuatro años: desde el mundial del ’86, hasta el año 1990 donde gana el segundo scudetto para el Napoli y el subcampeonato del mundo con la selección argentina. En ese período se consagra campeón y subcampeón con Argentina - en un ciclo exitoso difícilmente repetible para nuestra selección- campeón de la copa UEFA y dos veces campeón del scudetto con el Nápoli. Un título mundial, otro continental y dos nacionales en el país donde jugaba son suficientes para su consagración definitiva.  Antes de eso tuvo lugar el ascenso a la categoría de mejor jugador del mundo, el coqueteo con la impunidad que le daba serlo y el comienzo de sus adicciones. Después de eso, la promesa permanente de una resurrección que nunca llegó.
Esos cuatro años fueron sin embargo suficientes para convertir a Maradona en un símbolo de inagotables significados, complejo, obviamente contradictorio y válido para aludir a un tiempo extinto, muy distinto del actual.

El último jugador épico
El mundial del 86’ lo lleva a convertirse en el mejor jugador del torneo y, por extensión, del mundo. Allí tiene lugar quizás el punto más alto de su carrera: el partido contra Inglaterra por los cuartos de final. Quien piense que ese fue un simple partido de fútbol se equivoca. Solo basta con revisar las entrevistas al respecto de los futbolistas que lo jugaron para comprender el real significado de este enfrentamiento.  Inglaterra se estaba consolidando como uno de los países más poderosos del planeta mediante la gestión implacable de M. Thatcher – luego de la caída del muro de Berlín tres años después y del ingreso al G8 esta aspiración se concretaría en su actual dimensión- y la victoria reciente en una guerra contra nuestro país, altamente desigual por cierto. “Nosotros jugamos por los muertos de las Malvinas”, dijo Maradona en un reportaje a Kusturica, ventilando una promesa interna del vestuario argentino en México. Por eso los dos goles de Maradona son emblemáticos. El primero, con una mano que sigo sin ver en las filmaciones, es sin dudas la mayor “mojada de oreja” deportiva al imperio imaginada, más insolente que pícara, más genial que intencionada. El segundo es simplemente el gol más lindo de la historia de los mundiales, que sirve de piedra de toque para inaugurar su condición de jugador épico. Un jugador proveniente de un país periférico, liderando un equipo con jugadores que se desempeñaban mayoritariamente en su tierra, se consagra como el mejor jugador del mundo y ganador del mundial fuera de su país en una época de enormes jugadores.

Dos años antes Maradona había sido comprado por el Nápoli, el equipo más popular del sur de Italia. Mucho se habló de la identificación del ídolo con este club y su ciudad. Indudablemente la condición periférica y marginal napolitana era el mejor ámbito imaginable para Maradona y el ambiente que necesitaba para desplegar su condición épica.

En la década del 80’ la diferencia entre el norte y sur italianos era más pronunciada que en la actualidad, Italia no era tan rica como ahora y las diferencias eran más marcadas. Cada gol de Diego, cada finta, cada triunfo eran victorias para su equipo al mismo tiempo que lo eran contra el hegemónico norte. Ese antagonismo le es necesario para expresar su odio intrínseco, la rabia del eterno marginado. Como un Espartaco redivivo, Maradona encabeza su ejército de esclavos para arrebatarle el poder a Roma con más astucia que riqueza, con más corazón que dinero, y lo consigue concitando tanto odio como fanatismo. Ese es su destino y la causa de su ocaso; por eso es un símbolo complejo y difícil de explicar.
El fin era previsible. La victoria sobre Italia en Nápoles en el mundial del 90’, logrando el inédito hecho de que los locales alienten a la Argentina por su pedido, es demasiado. Mermado por sus adicciones, por una insolencia que parece infinita, por sus acusaciones a la FIFA y sobre todo por el odio del poder al que estaba destinado fastidiar, Maradona cae en un proceso por consumo de cocaína que lo lleva a la inhabilitación de la Federación Italiana en marzo de 1991. Es un golpe de gracia en lo más alto de su carrera similar al que ocurriría tres años más tarde en EEUU, en circunstancias injustas (por una falta idéntica al jugador español Calderé le dieron una sola fecha de suspensión) que solo sirve para actualizar y reafirmar su conflictivo vínculo con el poder.

Esa derrota personal es mucho más que eso. Pocos años más tarde el mundo entraría en esta versión domesticada y previsible que transitamos ahora. Ya no son posibles las victorias sobre el imperio porque este es igual al poder económico y ha tomado formas complejas y viscosas difíciles de distinguir. El patriotismo se desintegró en la globalización y el espectáculo se independizó aislándose de otros significados y reivindicaciones. Acentúa esta tendencia aséptica que los mejores jugadores sudamericanos jueguen, casi en su totalidad, en el centro del poder futbolístico, es decir en Europa, y como símbolo ¿no es la pintura de los colores patrios en el rostro la evidencia de la epidérmica forma en que se vive la identificación con lo nacional en la actualidad? Con el G8 y el G 20 bien definidos las luchas norte-sur, desarrollo-sub-desarrollo son totalmente anacrónicas. De allí que la lucha que libró Maradona sea la clausura de una época donde la reivindicación era aún posible, donde aún era posible soñar con una “mojada de oreja” al imperio.

Maradona y la Argentina
Hay en el deseo de todos los argentinos que vivimos la época de Maradona un elemento de análisis que radica en esa cuasi plegaria colectiva por su vuelta que extendimos hasta el límite de la realidad. No era solo el pedido por un hombre que nos había dado alegría, era también el recuerdo de una época donde nacimos a la democracia creyendo por momentos que un renacer total era posible, donde las marcas del subdesarrollo podían disimularse con cierto decoro y podíamos presumir de ser los mejores del mundo en algo, donde nuestra romántica y adolescente idea progresista y socialista de la vida tenía un hombre capaz de defenderla peleándole con fiereza al imperio, donde pensábamos que era posible llegar desde el barro a los más alto en un momento donde hasta en los ranchos más humildes el padre trabajaba y la madre señalaba el norte de la dignidad.
Es por eso que un hombre se convierte en un símbolo: porque representa, en sus abismos y complejidades a un colectivo social. Porque con Maradona era posible ser pícaro y eficaz al mismo tiempo (¡qué distinto su rostro del bobalicón de Messi o Ronaldhino, o del hieráticamente soberbio de Cristiano Ronaldo!)  y sobre todo porque era factible llegar a lo más alto sin renunciar a las señas culturales particulares.

Messi, ídolo moderno
Le tocó a Messi un escenario totalmente distinto. Sin sur al que reivindicar, sin imperio al que humillar su desafío consiste en llevar al extremo el pragmatismo que lo caracteriza. Si alguna vez se identificó a Maradona con el jugador arquetípico de nuestro fútbol, eso no se repite con Messi. Con nuestro asumido subdesarrollo nada es más distinto ahora de nuestro país que este superdotado futbolístico. Ante el indisimulable fracaso colectivo, el hábito consolidado de hablar estérilmente sin conseguir cambiar la realidad aparece este fenómeno que es todo concreción, la imagen viva del éxito además de un motivo de orgullo y un placer a los sentidos. Maradona era el representante de un pueblo y una época, Messi un prodigio tan deslumbrante como lejano.

La diferencia
Es mínima y enorme al mismo tiempo. A uno le tocó ser el último gran jugador épico y el símbolo de una época donde la patria se mezclaba con el deporte y la historia. Al otro le toca nadar como pez en el agua dentro de la era del universo omnipotente del espectáculo donde todo nace y muere en si mismo. Las armas, el talento son similares, casi idénticos, la finalidad muy distinta.
El presidente de Argentinos Juniors en la época de Maradona dijo “Yo ya vi todo lo que tenía que ver”. Algo parecido nos puede pasar a los que asistimos a esa época que no alcanzábamos a comprender del todo mientras la transitábamos. Quizás Diego fue con su juego el canto de cisne de los deportistas que vivían el conflicto amor-dinero, patria-conveniencia, poder-deber antes de que esta lucha fuera imposible. Los que asistieron al misterio de Maradona me van a entender[i].  El misterio radica por ejemplo en desafiar siempre la lógica consagrando permanentemente lo inesperado, en defender gratuitamente la estética por sobre la potencia y sobre todo en ese plus que da el espíritu de haber vivido lo más bajo, que nunca se olvida[ii]. Este hecho lo eleva a esa categoría de deportista que se asemeja a los artistas en su preferencia por la estética y en la capacidad de concentrar la vida en un solo punto, un único gesto inflamado de belleza por obra y gracia de la intensidad creativa.
Este es mi homenaje a estos dos grandes del fútbol, parecidos, pero nunca iguales.

Pablo Izurieta, 10 de setiembre de 2012





[i] Una vez un amigo uruguayo me dijo que los argentinos teníamos en Perón, el Che Guevara y Maradona tres formas del misterio; ahora lo pienso yo también.
[ii] En este sentido cabe recordar que Diego, dueño de una enorme energía y potencia, prefirió siempre la sutileza a la fuerza. Sus goles más memorables (los dos goles a los ingleses y el gol a Italia en México 86, el tiro libre a la Juve, el gol a River con Filloy revolcándose en el barro por citar los que guardo más vívidamente en la memoria) son caricias a la pelota.

1 comentario:

Polera dijo...

Genial...., Maradona trasciende la barrera de lo deportivo. Es un simbolo positivo muy identificatorio de la lucha contra los poderes hegemónicos. Alguna vez los yankees, en una conferencia que dio Maradona en Harvard lo declararon "Maestro Inspirador". Creo que nada mas acertado que eso. Un artista realmente.